Tinta, seda y más que un amor de verano Capítulo 3. Una invitación a un paseo #2
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Capítulo 3. Una invitación a un paseo #2

Durante unos instantes permanece en silencio, y Su Mei no sabe si en él pesa más la prudencia o la curiosidad, si está calculando el riesgo de caminar con ella por Shanghái a una hora impropia o si, por el contrario, acaba de comprender que negarse sería una forma demasiado evidente de admitir que aquella caminata significa algo.

Finalmente, se coloca la chaqueta sobre el hombro, ajusta la pequeña bolsa que lleva en la mano y señala la avenida con una inclinación leve de cabeza.

—Al Bund, entonces.

Y comienzan a caminar.

Al principio lo hacen manteniendo una distancia prudente, casi ceremonial, como si ambos fueran conscientes de que existe una línea invisible que todavía no deberían cruzar y, al mismo tiempo, de que el simple hecho de encontrarse allí ya constituye una pequeña transgresión.

Su Mei avanza junto a las fachadas iluminadas por las últimas luces de los comercios, mientras Yuesheng ocupa el lado más próximo a la calzada siguiendo una costumbre tan antigua que ninguno de los dos se detiene a cuestionarla.

No se tocan. Ni siquiera cuando una bicicleta cargada de cajas los obliga a acercarse durante un instante para dejarla pasar.

Durante los primeros minutos tampoco hablan demasiado.

Bajo la luz dorada de las farolas, las fachadas de piedra parecen más antiguas, más solemnes, como si pertenecieran a una ciudad soñada en lugar de a la Shanghái bulliciosa y moderna que existe durante el día.

El Huangpu [6] avanza lentamente junto al paseo, oscuro y silencioso en apariencia, aunque bajo la superficie continúan moviéndose barcos, corrientes y destinos invisibles.

La niebla asciende desde el río y difumina las luces lejanas hasta convertirlas en manchas temblorosas de oro y plata, mientras las sirenas de las embarcaciones resuenan a intervalos irregulares, profundas y melancólicas, atravesando la oscuridad como llamadas procedentes de otro mundo.

Su Mei siente que cada metro recorrido la aleja un poco más de la vida que otros han imaginado para ella.

No de una forma dramática, ni siquiera rebelde, sino con la lentitud casi imperceptible de las cosas que empiezan siendo pequeñas y terminan transformándolo todo.

Si su padre pudiera verla en aquel momento, caminando junto a un actor de ópera por una avenida todavía caliente por el sol del día, con el cabello corto pegado a las mejillas por la humedad y la libreta apretada contra el costado como si fuera un objeto de valor, seguramente no levantaría la voz.

Su Zhengde jamás levantaba la voz. La miraría con aquella expresión silenciosa de decepción que ella siempre había encontrado más difícil de soportar que cualquier enfado y, después, comenzaría a hablar de Gu Shaoting con la misma paciencia con la que un comerciante enumera las ventajas de una inversión segura.

La sola idea hace que sonría para sí misma.

—¿Algo le está resultando divertido? —pregunta Yuesheng, que parece haber advertido el cambio en su expresión.

—Estaba imaginando lo que diría mi padre si pudiera vernos ahora.

—¿Y qué diría?

—Probablemente empezaría por preguntarme por qué estoy paseando por la ciudad a medianoche con un actor.

—Eso parece una pregunta razonable.

—Después mencionaría a Gu Shaoting, el hombre con el que quiere que me case.

—Entonces ese pobre hombre va a acompañarnos durante toda la noche.

Su Mei deja escapar una risa breve.

—Me temo que sí.

La respuesta parece divertirlo más de lo que esperaba, porque durante unos instantes la rigidez que aún conservaba en los hombros se relaja ligeramente.

Siguen caminando.

Las calles van transformándose a medida que avanzan hacia el río.

Las fachadas comerciales dejan paso a edificios más altos, algunos de ellos iluminados todavía por oficinas donde hombres en mangas de camisa continúan trabajando pese a la hora.

La humedad aumenta poco a poco y trae consigo el olor del agua, del carbón, de la madera mojada y de las mercancías descargadas en los muelles.

—¿Siempre camina después de actuar? —pregunta Su Mei al cabo de un rato.

Yuesheng tarda unos segundos en responder.

—Cuando puedo.

—¿Para dejar atrás el personaje?

Él contempla durante un momento las luces que se reflejan en un escaparate oscuro antes de responder.

—Para comprobar que todavía tengo piernas propias.

La frase provoca en ella una sonrisa, pero también algo parecido a la inquietud. Porque bajo la ligereza de aquellas palabras percibe una verdad más profunda.

—Eso suena menos a broma de lo que debería.

—No era una broma.

El silencio que sigue ya no resulta incómodo.

Su Mei vuelve a observarlo mientras avanzan.

Sin maquillaje, sin los bordados, sin la luz teatral transformando cada gesto en algo extraordinario, Yuesheng parece un hombre completamente distinto y, sin embargo, conserva algo imposible de ocultar.

Hay una precisión involuntaria en todos sus movimientos, una elegancia que no nace de la vanidad, sino de la costumbre.

La forma en que evita un charco sin romper el ritmo de sus pasos, la manera en que aparta apenas un hombro para dejar pasar a un vendedor nocturno o incluso el modo en que inclina la cabeza al escuchar revelan los años de disciplina que han modelado su cuerpo.

Como si el escenario hubiera terminado instalándose dentro de él.

—¿Y las tiene? —pregunta ella.

—¿El qué?

—Piernas propias.

Esta vez la sonrisa aparece antes.

—Esta noche no estoy seguro.

—¿Por Yu Ji?

Yuesheng deja escapar una respiración leve.

—Por todo lo que viene después.

Su Mei comprende de inmediato. Los aplausos. Las felicitaciones. Las expectativas. Las comparaciones con Mei Lanfang.

Todo aquello que el público entrega a los artistas con entusiasmo y que luego ellos deben cargar a solas.

—Debe de ser agotador.

—A veces.

—No parecía agotado sobre el escenario.

—Los actores cobramos precisamente para ocultar ciertas cosas.

La respuesta queda suspendida entre ellos mientras la avenida se abre poco a poco hacia el río.

A lo lejos empiezan a distinguirse las grandes fachadas del Bund, levantándose sobre la oscuridad con sus columnas, sus cúpulas y sus relojes iluminados, como si una parte de Europa hubiera sido arrancada de su continente y depositada frente al Huangpu para contemplar China desde una posición privilegiada.

Su Mei siempre ha encontrado algo extraño en aquellos edificios. Algo hermoso. Y también profundamente arrogante.

Pero esa noche apenas les presta atención.

Porque por primera vez desde que comenzó a entrevistarlo tiene la sensación de estar conociendo al hombre que existe detrás del personaje.

Y porque, por primera vez desde que salió del teatro, ninguno de los dos parece tener demasiada prisa por llegar a ninguna parte.