Capítulo 3. Una invitación a un paseo
Una invitación a un paseo
S u Mei no vuelve a casa. Permanece bajo la marquesina del teatro mucho después de que la mayoría de los espectadores se ha dispersado por las calles de Shanghái, cuando los últimos automóviles se alejan de la acera con un ronroneo suave y distante, los estudiantes continúan discutiendo la función mientras desaparecen entre los tranvías y las luces eléctricas, y las mujeres extranjeras que ocupaban los mejores palcos regresan a sus hoteles envueltas en perfumes caros y chales ligeros, como si nada de lo que acaba de suceder sobre el escenario pudiera acompañarlas más allá de la puerta del teatro.
Ella debería haber hecho lo mismo.
Una señorita educada, incluso una señorita moderna, incluso una joven que trabaja para una revista ilustrada y presume de ciertas libertades que sus tías consideran impropias no espera sola a un actor a la salida de una función nocturna.
Mucho menos a un actor dan , uno de esos hombres cuya fama provoca una fascinación incómoda en la buena sociedad, una mezcla de admiración, deseo, sospecha y crueldad que las personas respetables toleran desde la seguridad de una butaca, pero rara vez permiten que atraviese el umbral de sus salones.
Su Mei conoce perfectamente esas reglas porque ha crecido rodeada de ellas.
Las conoce desde que era una niña y las mujeres mayores de su familia comenzaron a enseñárselas con la paciencia meticulosa con la que se enseña a bordar o a escribir una caligrafía correcta: cómo sentarse, cómo inclinar la cabeza, cómo agradecer un cumplido sin parecer vanidosa, cómo reír sin llamar demasiado la atención, cómo mirar sin parecer desafiante y cómo caminar por la ciudad dando la impresión de que una mujer puede moverse libremente por ella, aunque cada calle, cada escaparate y cada conversación se encarguen de recordarle lo contrario.
Las conoce también porque su padre se las repite con creciente insistencia desde hace meses, como si temiera que toda la educación recibida durante años pudiera evaporarse de pronto.
Su Zhengde, comerciante respetable, viudo desde hacía seis años y convencido de que la modernidad era una herramienta magnífica para hacer negocios, pero una influencia peligrosa para las hijas, había comenzado a repetir la misma frase durante las cenas con una frecuencia que a Su Mei le resultaba cada vez más difícil soportar.
«Ya es hora de que sientes la cabeza».
Ahora la escucha de nuevo dentro de su memoria mientras permanece apoyada contra una de las columnas de la entrada, observando a los últimos espectadores abandonar el edificio.
«Sentar la cabeza».
Como si la cabeza fuera una criatura inquieta que hubiera que domesticar.
Como si dibujar demasiado, leer demasiado, aceptar encargos para una gaceta cultural, caminar sola por Shanghái o cortarse el cabello a la altura de la mandíbula fueran síntomas de una enfermedad pasajera que el matrimonio pudiera curar mediante una ceremonia respetable, una casa bien administrada y un apellido distinto.
Su padre no es cruel, o al menos eso se repite ella cada vez que la rabia amenaza con subirle a la garganta demasiado deprisa.
Nunca le ha prohibido dibujar. Nunca la ha encerrado.
Nunca le ha ordenado aceptar al hombre que ha elegido para ella.
Sin embargo, desde hace algún tiempo habla de él con esa serenidad estratégica que utilizan los comerciantes cuando un acuerdo ya está cerrado antes incluso de ser presentado como una posibilidad.
Ese hombre se llama Gu Shaoting.
Es hijo de una poderosa familia vinculada a la banca, ha estudiado en colegios extranjeros, viste con elegancia y posee esa clase de fortuna que lo vuelve aún más respetable.
Su Mei lo ha visto dos veces. La primera, él le habló durante media hora sobre pintura europea con el mismo entusiasmo con el que podría haber enumerado estadísticas de importación y exportación; la segunda, le explicó que admiraba a las mujeres inteligentes siempre que supieran conservar su «corazón doméstico», expresión que desde entonces le provoca el mismo deseo irracional de romper algo que le producen ciertas porcelanas excesivamente perfectas.
Quizá por eso sigue allí.
Porque volver a casa significaría regresar también a ese futuro cuidadosamente ordenado que otros han diseñado para ella.
Porque la libreta que aprieta contra el costado pesa menos que las expectativas que la esperan al otro lado de la ciudad.
Y porque quiere verlo salir.
Quiere descubrir si el hombre que regresa después de Yu Ji se parece en algo al personaje que acaba de conmover a centenares de personas desde el escenario, o si, por el contrario, existe una distancia insalvable entre ambos.
Quiere saber si la mirada que él le dirigió en el camerino pertenecía al actor o al hombre, y aunque todavía no se atreve a formularlo con absoluta claridad, sospecha que la respuesta importa más de lo que debería.
El teatro tarda en devolver a sus criaturas al mundo real.
Primero aparecen los músicos cargando sus instrumentos, después dos jóvenes acróbatas que se empujan amistosamente mientras ríen, más tarde una actriz veterana atraviesa la calle con una cesta de mimbre en el brazo y un aspecto tan distinto al del personaje que interpretaba sobre el escenario que parece otra persona.
Un tramoyista cierra una puerta lateral.
Alguien apaga una hilera de bombillas dentro del vestíbulo.
Luo Wenqing sale unos minutos después acompañado por varios invitados importantes, habla demasiado alto, ríe demasiado fuerte y, al advertir la presencia de Su Mei, levanta una ceja con una expresión donde se mezclan la diversión y el cálculo, aunque ella finge no haberlo visto.
Cuando Yuesheng aparece, lo hace por la salida lateral reservada a los artistas.
Lleva un traje claro y sencillo, la camisa ligeramente abierta en el cuello y el cabello todavía húmedo por el agua con la que se ha retirado el maquillaje.
Sin el blanco ceremonial del rostro parece más joven, más humano y, de algún modo, también más vulnerable.
Queda todavía un leve enrojecimiento alrededor de los ojos y una fatiga concentrada en sus facciones, como si parte de la representación continuara resonando en algún lugar oculto de su cuerpo.
Su Mei da un paso antes de permitirse arrepentirse.
—Señor Lin.
Yuesheng se detiene, la reconoce de inmediato y su mirada recorre instintivamente la calle casi vacía, la hora tardía y la ausencia de acompañantes antes de regresar a ella con una atención nueva.
—Señorita Su.
—No he querido interrumpir las felicitaciones —dice ella, y aunque intenta que la frase suene ligera, casi casual, nota que en su voz queda todavía algo del temblor de la función, como si el aplauso de la sala siguiera adherido a las paredes del teatro y a la piel de quienes acaban de abandonarlo.
—Ha hecho bien —responde Yuesheng—. Las felicitaciones suelen interrumpirse solas cuando descubren que no queda más vino.
Su Mei sonríe, no tanto por la broma como por la naturalidad con que él parece desprenderse, al menos durante unos segundos, de la gravedad que había llevado consigo al salir por la puerta lateral.
—Entonces ha sobrevivido.
—¿A Yu Ji o a los comerciantes?
—A ambos.
Por primera vez aquella noche, Yuesheng sonríe también, y es una sonrisa breve, casi involuntaria, más verdadera que cualquiera de las que seguramente ha ofrecido dentro a los admiradores, a los críticos, a Luo Wenqing y a todos aquellos hombres que querían felicitarlo como si la belleza que acababan de presenciar les perteneciera un poco por haber sabido reconocerla.
Bajo la luz irregular de la marquesina, sin maquillaje y con el cabello aún húmedo, esa sonrisa lo vuelve más joven y, al mismo tiempo, más difícil de comprender.
Entre ellos se abre la calle nocturna, con el teatro a sus espaldas y la ciudad extendiéndose delante como una invitación peligrosa; pero también se levanta esa otra frontera, menos visible y por eso mismo más poderosa, hecha de prudencia, reputación, educación y todas las expectativas que Su Mei ha aprendido a obedecer incluso cuando no cree en ellas.
Ella sabe que Yuesheng podría despedirse en ese mismo instante, llamar un coche, acompañarla hasta la puerta, inclinar la cabeza con una cortesía impecable y devolverla sin escándalo al camino correcto.
Sería lo más sencillo, lo más apropiado, lo más seguro; sería, precisamente por eso, lo que cualquier hombre razonable haría.
—Quería caminar —dice ella antes de que él tenga ocasión de ofrecerle esa salida.
Yuesheng la observa con atención, sin censura inmediata, aunque sus ojos se detienen un instante en la calle casi vacía, en la hora, en la ausencia de una criada, de un hermano o de cualquier excusa que pudiera volver aceptable aquella escena si alguien decidiera contarla al día siguiente.
—¿A estas horas?
—Hace demasiado calor para volver encerrada en un coche.
—La reputación de una mujer no entiende de frío o calor.
—Y las prisiones no entienden de barrotes o de ausencia de ellos.
Esta vez él no sonríe, y el silencio que sigue tiene algo de reconocimiento, como si acabara de descubrir en la superficie perfectamente educada de la joven ilustradora una grieta por la que asoma una voluntad más obstinada, más peligrosa y quizá más verdadera que todas sus respuestas anteriores.
—Puedo acompañarla hasta que encuentre un coche —dice al fin.
—Podría acompañarme hasta el Bund.
Yuesheng mira hacia la avenida, hacia las luces que todavía arden en dirección al río, hacia ese tramo de ciudad donde la noche pertenece a quienes trabajan hasta demasiado tarde, beben mucho, esconden algo o simplemente no desean volver aún a casa.
—Eso no está precisamente cerca.
—Por eso lo propongo.