Capítulo 2. Adiós a mi concubina #4
Su Mei baja los ojos al dibujo.
—Esta noche existía.
—Esta noche usted estaba lejos.
—No tanto.
La respuesta queda suspendida entre ambos.
Yuesheng toma al fin la libreta. Sus dedos, todavía manchados de pigmento, rozan el borde del papel.
Mira la línea del rostro, la sombra incompleta de los ojos, la curva de la manga, y Su Mei siente una inquietud absurda, casi infantil, como si el juicio de aquel actor agotado importara más que el de todos los editores de la ciudad.
—Ha dibujado el momento anterior —dice él.
—¿Anterior a qué?
—A la decisión.
Su Mei se acerca un poco.
—¿Eso es malo?
—No. —Yuesheng le devuelve la libreta—. Casi nadie mira antes. Todos esperan la espada.
Ella observa el dibujo de nuevo, y solo entonces comprende lo que él ha visto: no a Yu Ji muriendo, sino a Yu Ji sabiendo que va a morir; no el sacrificio, sino la conciencia anterior al sacrificio. La diferencia le parece mínima y enorme.
—Toda la sala estaba fascinada —dice.
Yuesheng se gira hacia el espejo y toma un paño húmedo.
—La sala se fascina con facilidad.
—No es así y lo sabe.
Él empieza a retirar el blanco de la mejilla derecha. El maquillaje se deshace en vetas claras sobre la tela, y debajo aparece la piel enrojecida, joven, real.
—No quiere aceptarlo —sigue diciendo Su Mei.
—Aceptar qué.
—Que ha sido extraordinario.
Yuesheng se queda quieto. En el espejo, sus ojos buscan los de ella, ya sin la distancia de la escena ni la defensa completa de la máscara.
—Lo extraordinario dura muy poco, señorita Su.
—Quizá por eso importa.
Él no contesta enseguida.
Fuera, alguien grita su nombre. Luego otra voz.
Luego un golpe de nudillos en una puerta cercana.
Las felicitaciones avanzan por el pasillo como una marea inevitable.
Pronto entrarán comerciantes, críticos, admiradores, Luo con su sonrisa de propietario de milagros, señoras que querrán tocar el borde de sus mangas, jóvenes que fingirán hablar de técnica para ocultar que han sido conmovidos.
Pronto Yuesheng volverá a ser el actor brillante, el heredero posible, la promesa, el joven dan al que todos comparan con un maestro ausente.
Pero todavía no.
Durante unos segundos, sigue sentado frente al espejo con media cara borrada y media cara perteneciendo a Yu Ji, dividido entre la persona y la aparición, entre la fatiga y la gloria.
Su Mei lo mira, y esta vez no piensa en dibujarlo.
Piensa, con una claridad que la asusta, que la fascinación de la sala había sido inmensa, sí, pero fácil de explicar: todos habían amado a Yu Ji porque Yu Ji estaba hecha para ser amada en el instante de su pérdida.
Lo suyo, en cambio, es más peligroso, porque había empezado antes de la muerte y continua después del aplauso, allí, en la pobreza íntima del camerino, cuando la belleza se desprende y mancha y deja al descubierto a un hombre joven que parece no saber qué hacer con el deseo ajeno salvo convertirlo otra vez en disciplina.
Y es entonces cuando comprende por qué las fotografías nunca terminan de hacerle justicia. Hay personas cuya belleza depende de la perfección.
La de Yuesheng depende de la contradicción.
La luz de las bombillas rodea su rostro mientras él se inclina ligeramente hacia el espejo.
El maquillaje borrado deja al descubierto la línea firme de la mandíbula, la sombra oscura de las pestañas y unos ojos que parecen mucho más serios de lo que ella había imaginado.
Son ojos acostumbrados a ser observados y, sin embargo, extrañamente solitarios.
Su Mei baja la vista de inmediato. No debería mirarlo de aquella manera.
—Mañana volveré —dice ella.
Yuesheng baja el paño.
—¿Por el dibujo de mi rostro?
Su Mei tarda un segundo en responder. Nota que se sonroja.
—Por el dibujo.
Él la mira como si entendiera la mentira y decidiera no humillarla.
—Entonces contémpleme mejor.
Ella asiente, guarda la libreta y sale antes de que lleguen los demás.
En el pasillo, el ruido la envuelve de nuevo.
Aplausos tardíos, felicitaciones, risas, nombres, pasos.
Pero mientras baja la escalera hacia la calle, Su Mei aún siente en la piel el silencio de la sala antes de romperse, ese instante en que todos, absolutamente todos, habían creído en la muerte de una mujer inventada.
Afuera, Shanghái sigue ardiendo.
El aire nocturno huele a polvo, carbón, verano y lluvia que no termina de caer.
Los carteles eléctricos parpadean sobre las fachadas; un automóvil pasa demasiado rápido, un vendedor de melones recoge su puesto, dos muchachas ríen bajo un farol.
La ciudad no sabe que, hace unos minutos, ha muerto Yu Ji en un escenario cercano, ni que un joven actor se está borrando el rostro frente a un espejo ni que una dibujante camina con la libreta apretada contra el pecho, como si llevara dentro una prueba delicada y peligrosa.
Su Mei se detiene bajo la marquesina del teatro y abre una última vez el cuaderno.
Debajo del dibujo escribe:
«La sala entera lo miró morir como mujer. Yo empecé a preguntarme quién regresaba después».