Tinta, seda y más que un amor de verano Capítulo 2. Adiós a mi concubina #3
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Capítulo 2. Adiós a mi concubina #3

Cuando el telón cae, la sala no se levanta de inmediato.

Permanece unos instantes suspendida en ese desorden que sigue a las grandes emociones, abanicos detenidos, voces que no encuentran aún su volumen natural, pañuelos rozando discretamente las mejillas, hombres que carraspean para recuperar su autoridad.

Luego todo vuelve de golpe. Los comentarios estallan.

«Extraordinario». «Demasiado joven para tanto dominio».

«No tiene la pureza de Mei Lanfang, pero tiene fuego».

«Esa mano, ¿la has visto?». «La entrada ha sido impecable».

«La muerte, quizá un poco larga». «No, no, precisamente ahí».

«Esa muchacha de la espada no parecía interpretada».

«No digas muchacha, es Lin Yuesheng». «Ya lo sé, pero durante un momento... ».

Su Mei escucha fragmentos mientras guarda la libreta.

«Durante un momento».

Esa es la frase que todos repiten, de un modo u otro.

Durante un momento no hubo actor. Durante un momento no hubo escenario.

Durante un momento nadie recordó tener cuerpo propio.

Durante un momento, el verano de Shanghái, con su vulgaridad ardiente, su ruido moderno y su prisa, se inclinó ante una mujer inventada que sabía morir mejor de lo que muchos saben vivir.

Luo Wenqing aparece junto a su fila, sudoroso, radiante, casi temblando de triunfo.

—¿Lo ha visto? —le pregunta, aunque no espera respuesta—. ¿Lo ha visto, señorita Su? Eso es lo que quiero en sus dibujos. Eso. No los trajes solamente. No las lámparas. Eso.

—¿La muerte? —dice ella.

—¡No! —Luo abre los brazos—. La venta de la muerte como belleza. Es diferente.

Su Mei lo mira con cansancio.

—Sí. Imagino que para usted todo es diferente cuando se puede vender.

Luo se ríe, pero esta vez la risa le sale un poco menos segura.

—No sea cruel. Sin hombres como yo, los artistas morirían de hambre.

—Y con hombres como usted, mueren en escena todas las noches.

Él la observa, divertido y molesto a la vez, incapaz de decidir si aquella muchacha va a servirle de publicidad o a convertirse en un problema.

—Suba al camerino si quiere. Pero no lo entretenga demasiado. Esta noche vendrán a felicitarlo.

—No pensaba felicitarlo.

—Entonces será la única.

Luo se aleja entre saludos, reverencias y palmadas en hombros ajenos.

Su Mei permanece un instante en la fila vacía.

La sala empieza a vaciarse. Los espectadores salen hablando demasiado alto, como si necesitaran comprobar que han recuperado la voz.

Algunos miran hacia el escenario cerrado, esperando quizá que el telón vuelva a abrirse y les devuelva una parte de lo que acaban de perder. Ella, en cambio, mira su dibujo.

No es bueno.

O no todavía.

La línea del cuello está bien, también la curva de la manga, pero el rostro no se parece a Yu Ji ni a Yuesheng.

Hay algo incompleto, una falta que la irrita.

Tal vez porque ha intentado dibujar la fascinación desde fuera, cuando la fascinación verdadera no está en el objeto, sino en la rendición de quien mira.

Cierra la libreta y sube.

El pasillo de los camerinos es otro mundo después de la función.

Ya no hay esa concentración espesa de la tarde, sino una alegría nerviosa y rota, la de actores hablando a la vez, ayudantes corriendo con piezas de vestuario, músicos riendo con la boca llena de té, alguien que discute una entrada tardía, alguien que se queja del calor, alguien que dice que la sala ha estado en sus manos desde el primer gesto.

En las puertas abiertas se ven rostros a medio desmaquillar, cuerpos cansados saliendo de los personajes como de un sueño demasiado largo, manchas de color en los paños, horquillas desperdigadas, abanicos cerrados, flores falsas, sudor y seda.

Su Mei avanza despacio.

Cuando llega al camerino de Yuesheng, la puerta está entreabierta.

No entra.

Desde el umbral lo ve sentado frente al espejo, todavía vestido de Yu Ji, pero con el tocado ya inclinado hacia un lado, como si la mujer muerta hubiera empezado a desarmarse desde la cabeza.

Una asistente le retira las horquillas con cuidado; otra dobla las mangas.

Sobre la mesa, junto al cuenco blanco, hay dos tarjetas de visita, un ramo pequeño de flores pálidas y el periódico de la tarde.

Yuesheng no mira nada de eso. Tiene los ojos fijos en su propio reflejo, no con admiración, sino con una fatiga tan desnuda que Su Mei siente que ha descubierto algo que no debería ver.

Él advierte su presencia en el espejo.

—¿Ha dibujado? —pregunta.

Su Mei entra entonces, pero se queda cerca de la puerta.

—Lo he intentado.

—Eso dicen todos los artistas cuando no quieren enseñar algo.

—No soy artista.

—Ha dicho que dibuja.

—Dibujar para una gaceta no es lo mismo.

Por primera vez en toda la noche, Yuesheng sonríe, muy poco, lo suficiente para que bajo el maquillaje aparezca un resto del muchacho de aquella tarde.

—Entonces estamos los dos atrapados en oficios que no son exactamente lo que parecen.

La asistente termina de retirar el tocado y sale con discreción.

El camerino queda más silencioso, aunque el teatro entero siga vibrando al otro lado de las paredes.

Sin la corona, el rostro pintado, el de Yuesheng resulta todavía más extraño.

Es algo demasiado elaborado para ser humano, demasiado cansado para ser máscara.

Su Mei abre la libreta y se la tiende.

Él mira el dibujo sin tocarlo.

Durante un momento no dice nada.

—La mano está bien —admite.

—La corregí gracias a usted.

—El cuello también.

—El rostro no.

Yuesheng levanta la mirada hacia ella.

—Porque ha intentado dibujar a Yu Ji.

—¿Y no debía?

—Yu Ji no existe.