Tinta, seda y más que un amor de verano Capítulo 2. Adiós a mi concubina
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Capítulo 2. Adiós a mi concubina

Adiós a mi concubina

E l teatro se llena antes de que se enciendan las lámparas.

No lo hace de golpe, sino como se llenan los lugares donde algo está a punto de ocurrir.

Primero con el rumor de los acomodadores abriendo puertas laterales, con el crujido de las butacas al recibir los primeros cuerpos, con los abanicos desplegándose en la penumbra como pájaros nerviosos; después con el espeso perfume de las señoras, el humo de los cigarrillos, las conversaciones mezcladas en mandarín, shanghainés, inglés y francés, las risas breves de quienes acuden al teatro no tanto para ver la obra como para ser vistos en el momento exacto en que la ciudad decide que una creación merece existir.

Las mujeres de familias acomodadas llegan con vestidos de seda clara o qipao modernos, estrechos, brillantes bajo la luz amarilla; los comerciantes se sientan con la solemnidad de quien ha pagado por un asiento de primera fila y espera que el arte confirme su importancia.

Los estudiantes se agrupan en los palcos altos, flacos, impacientes, con el cuello de la camisa abierto y los ojos llenos de esa insolencia joven que pretende despreciarlo todo antes de rendirse; y, más atrás, donde el aire se vuelve más denso y los abanicos se mueven con menos elegancia pero más necesidad, se mezclan empleados, aprendices, costureras, viejos aficionados capaces de reconocer un error de compás antes que el propio tamborilero y muchachas que han entrado con billetes prestados solo porque alguien les ha dicho que aquella noche Lin Yuesheng va a interpretar a Yu Ji.

Su Mei se esconde un poco. No quiere que Luo Wenqing la vea entrar ni que la coloque en algún asiento demasiado visible, cerca de los invitados importantes, donde tendría que fingir atención mientras los hombres comentan la función en voz baja, como si el teatro necesitara ser explicado incluso mientras sucede.

Prefiere deslizarse por un lateral de la sala cuando ya casi todas las butacas están ocupadas, con la libreta contra el pecho y un abanico de papel en la mano, y sentarse en una fila intermedia, no tan lejos como para perder los gestos, no tan cerca como para dejarse devorar por el brillo del escenario.

Su Mei sabe que los actores dan no son simplemente intérpretes.

Son una forma de celebridad que la ciudad contempla con la misma fascinación con la que observa a las estrellas de cine, a los magnates del Bund o a las mujeres modernas que aparecen en las portadas de las revistas ilustradas.

Sus nombres circulan por los cafés, las casas de té y los salones privados; los periódicos comentan sus nuevas representaciones, los admiradores memorizan sus gestos y algunas jóvenes conservan fotografías suyas escondidas entre las páginas de sus libros como si se tratara de secretos íntimos.

Sin embargo, hay algo diferente en la fama de los dan .

No nace únicamente del talento ni de la belleza, sino de una especie de hechizo.

Sobre el escenario se transforman en mujeres tan convincentes, tan elegantes y tan llenas de emoción que el público olvida durante unas horas la frontera entre la realidad y la representación.

Shanghái, una ciudad enamorada de las apariencias, parece adorarlos precisamente por eso: porque encarnan mejor que nadie la fantasía de convertirse en otra persona.

Y, aun así, mientras escucha a su alrededor elogios que le dedican a Yuesheng, Su Mei no puede evitar preguntarse qué ocurre cuando las luces se apagan, el maquillaje desaparece y la multitud deja de mirar.

Porque la ciudad ama a sus estrellas, pero rara vez se preocupa por el hombre que existe detrás de ellas.

Y es que ha pasado semanas reuniendo fragmentos de información sobre Lin Yuesheng, aunque cuanto más ha investigado, más tiene la sensación de que está persiguiendo una sombra.

Sabe que comenzó a entrenarse siendo apenas un niño, que soportó años de disciplina brutal antes de subir a un escenario importante y que los críticos más prestigiosos de Shanghái lo consideran una de las voces jóvenes más prometedoras de su generación.

Ha leído artículos que elogian la delicadeza de sus movimientos, entrevistas donde responde con una cortesía impecable y columnas sociales que enumeran las recepciones, banquetes y representaciones a las que asiste.

También ha escuchado rumores: empresarios que desean convertirlo en una estrella internacional, admiradoras que regresan una y otra vez al teatro solo para verlo aparecer durante unos minutos sobre el escenario y rivales que lo acusan de haber ascendido demasiado deprisa.

Sin embargo, cuanto más material acumula en su libreta, más evidente le resulta una ausencia.

Todos parecen conocer al artista. Nadie parece conocer al hombre.

Es como si cada artículo, cada fotografía y cada elogio añadieran una nueva capa de maquillaje sobre su rostro, ocultándolo un poco más.

Y quizá por eso continúa investigando. Porque empieza a sospechar que la historia realmente interesante de Lin Yuesheng es precisamente la que nadie está contando.

Su Mei piensa entonces en el camerino de arriba, en el cuenco de maquillaje, en los dedos de Yuesheng suspendidos en el aire, en aquella frase que ha anotado sin saber si algún día se atreverá a publicarla.

«El actor empieza a desaparecer antes de que el público aprenda a mirarlo» .

Ahora, en la sala llena, comprende que quizá no había escrito una observación, sino una advertencia.

Porque todo el mundo espera una aparición, no una persona.

El murmullo crece, se ondula, se interrumpe cuando entra un grupo de músicos y vuelve a nacer con más fuerza.

Alguien detrás de ella menciona a Mei Lanfang, como esa noche lo han mencionado ya todos, y dice que América ha descubierto por fin la elegancia china, como si la elegancia china hubiera estado perdida hasta que un teatro extranjero la hubiera aplaudido.

Otro responde que ningún actor joven debería intentar imitarlo, porque la imitación convierte la devoción en pobreza.

Una mujer mayor, varias filas más adelante, corrige a ambos sin volverse.

Mei Lanfang no se imita, y Lin Yuesheng tiene su propia estela.

Su Mei sonríe apenas.

Le gustaría anotar esa frase, pero el gong suena antes de que pueda abrir la libreta.

El primer golpe no es fuerte, y sin embargo cae sobre la sala como una orden.

El segundo hace que los abanicos se detengan.

El tercero parece entrar directamente en la madera de las butacas, en el hueco de las gargantas, en esa parte del pecho donde incluso los incrédulos guardan una superstición.

Las conversaciones se apagan por capas. Las lámparas de la sala bajan un poco.

En el escenario, los músicos toman posiciones.

El tambor marca el tiempo, los instrumentos afinan un lamento breve, casi animal, que se eleva y se retuerce antes de transformarse en melodía.

Su Mei siente que la ciudad queda fuera.

Shanghái, con sus coches, sus bancos, sus cafés, sus periódicos, sus estudiantes que discuten la revolución del teatro y sus carteles extranjeros prometiendo una modernidad luminosa, se queda al otro lado de las paredes.

Dentro solo hay un espacio desnudo, un ritmo y unos cuerpos que aún no han entrado, pero cuya ausencia ya pesa.

La obra comienza sin Yuesheng.

Primero aparece Xiang Yu, el rey derrotado, con su armadura, sus plumas, su gesto amplio de héroe acorralado por un destino demasiado grande para caber en la escena.

El actor que lo interpreta tiene una voz poderosa, un pecho capaz de sostener la caída de un reino, y el público responde con atención respetuosa, con esos murmullos de aprobación que nacen en los buenos conocedores antes incluso de que termine una frase.

La música lo envuelve y los soldados entran, giran, retroceden; las lanzas dibujan diagonales en el aire.

El espacio, que hace un instante parecía vacío, se convierte en campamento, noche, frontera y presagio solo por la exactitud de unas pisadas.

Su Mei mira, aprende, intenta seguir la lógica del gesto.

No todo se le entrega. Hay códigos que se le escapan, alusiones históricas que conoce apenas por lecturas desordenadas, modulaciones de voz que provocan un estremecimiento en los espectadores más viejos y a ella solo le llegan como belleza pura, todavía sin traducción.

Pero quizá por eso observa con más hambre, porque la escena no busca parecer real, sino más intensa que la realidad, porque un caballo puede existir sin caballo, un viaje sin camino, una batalla sin sangre; y una mujer, piensa de pronto, puede existir antes de entrar si todos la esperan con suficiente deseo.

Entonces la música cambia, no de manera brusca, sino como si el aire mismo se afinara.

Un golpe de tambor, una pausa, el lamento del jinghu [5] extendiéndose con una delicadeza casi cruel.

En la sala, algo se tensa. Su Mei lo nota antes de ver nada: el pequeño movimiento de las cabezas, la respiración contenida de quienes saben que ha llegado el momento por el que han pagado la entrada, la forma en que incluso los estudiantes de los palcos altos inclinan el cuerpo hacia delante sin darse cuenta.

Yu Ji aparece por la izquierda.

Y la sala entera deja de pertenecer a sí misma.