Tinta, seda y más que un amor de verano Capítulo 1. Un encuentro en el camerino #3
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Capítulo 1. Un encuentro en el camerino #3

—¡También! Fábricas, bancos, teatros y muchachas que dibujan.

Todo junto. Esa es la belleza de Shanghái.

—Luego se inclina hacia Yuesheng—. Esta noche vendrán invitados importantes.

Comerciantes, dos críticos, puede que un francés, no recuerdo su nombre.

Quiero que el ensayo parezca una función y que la función parezca un acontecimiento.

—Entonces pague como si fuera un acontecimiento.

—Primero emociona, luego negociamos.

Yuesheng vuelve al espejo.

—Siempre negociamos después.

Luo finge no escucharlo. Ya se ha vuelto hacia Su Mei con una amplia sonrisa.

—Usted dibuje todo: los trajes, los tocados, los espejos, la concentración, el sacrificio... sobre todo el sacrificio. A los lectores les encanta el sacrificio cuando no tienen que practicarlo en su propia piel.

—No dibujo consignas, señor Luo.

—Mejor. Dibuje belleza. La belleza vende incluso cuando no está de acuerdo con nosotros.

Luo sale tan deprisa como ha entrado, dejando tras de sí el olor de su colonia, el periódico abierto y una agitación que tarda unos segundos en asentarse.

Yuesheng mira el titular sin tocarlo. No necesita leerlo entero.

El nombre de Mei Lanfang aparece en caracteres grandes, seguido de una traducción inglesa torpe y de una fotografía granulada donde el maestro parece flotar entre dos mundos.

Su Mei se levanta y se acerca a la mesa.

—¿Le molesta?

—¿Qué?

—Que todos lo miren a él incluso cuando hablan de usted.

La pregunta cae con demasiada precisión.

Yuesheng limpia el borde del pincel en un paño.

—No están hablando de mí.

—Pero esperan algo de usted por culpa de él.

—Todos esperamos algo de nosotros mismos por culpa de alguien.

Su Mei acepta la respuesta en silencio. Luego, con una delicadeza inesperada, gira el periódico un poco para que la fotografía no mire directamente hacia Yuesheng.

Ese gesto mínimo lo desarma más que cualquier elogio.

—No tenía que hacer eso —dice él.

—Lo sé.

Por primera vez, Yuesheng piensa que la muchacha quizá entiende algo del teatro, aunque no sepa todavía sus reglas.

O quizá precisamente por eso. Porque entra en aquel mundo sin venerarlo de antemano, sin la rígida obediencia de los aprendices ni el apetito vulgar de los curiosos; porque ve la belleza, sí, pero también el cansancio que la sostiene, las pequeñas crueldades de la disciplina, el modo en que un cuerpo se ofrece noche tras noche a una emoción ajena hasta que la emoción deja de ser ajena y empieza a reclamar una parte de la vida.

—¿Quiere dibujar? —pregunta él.

Su Mei parpadea.

—Me ha dicho que no.

—He dicho que no dibujara mientras me maquillaba. Ya he empezado a desaparecer. Supongo que ahora tiene algo que hacer.

Ella no sonríe, pero sus ojos cambian.

Regresa a la silla, apoya la libreta sobre las rodillas y comienza a trazar líneas rápidas, casi secas.

Yuesheng intenta no mirar, aunque el reflejo del espejo le permite seguir el movimiento del lápiz.

Primero la inclinación de su cabeza, luego la curva del hombro, el óvalo incompleto del rostro, la mano suspendida.

Ella no busca adornar. Reduce. Elimina. Atrapa la tensión antes que la apariencia.

Yuesheng, que ha pasado la vida aprendiendo a convertirse en imagen, siente una inquietud inesperada al saberse traducido por alguien que no lo ha visto aún en escena.

—La mano está mal —dice él.

Ella no levanta la vista.

—No he terminado.

—No me refiero al dibujo. Me refiero a mi mano.

Entonces Yuesheng alza de nuevo la derecha y coloca los dedos en la posición exacta, la muñeca quebrada con una suavidad casi dolorosa, el pulgar escondido, el índice respirando apenas por encima del abanico cerrado.

La habitación parece estrecharse alrededor de ese gesto.

La luz de las bombillas se refleja en la capa blanca del maquillaje, el ruido del teatro se aleja; incluso el calor, por un momento, parece detenerse.

Su Mei deja de dibujar.

—Ahora sí —susurra.

Yuesheng la mira a través del espejo. En sus ojos no hay burla, ni fascinación ni esa incomodidad que algunos no pueden ocultar cuando ven a un hombre joven entrenar la delicadeza de una mujer imaginaria.

Hay algo mucho más peligroso: reconocimiento.

Como si el gesto no le pareciera extraño, sino exacto; como si comprendiera que la feminidad que él construye no es una máscara ridícula, sino una lengua secreta, exigente, antigua, capaz de decir lo que censura la vida ordinaria.

Abajo, el gong llama al ensayo. Una vez. Dos. Tres. Yuesheng baja la mano.

—Tiene que irse.

Su Mei cierra la libreta.

—¿Puedo mirar desde la sala?

—Puede mirar desde donde quiera. Pero no crea todo lo que vea.

—¿Y qué debo creer?

Yuesheng se vuelve hacia ella. Todavía no ha terminado de maquillarse; el rostro blanco, incompleto, contrasta con la boca desnuda, con los ojos aún humanos, con el pelo oscuro sin cubrir.

Parece alguien detenido en mitad de una metamorfosis, y quizá por eso, durante un segundo, resulta más verdadero que si estuviera limpio o plenamente transformado.

—Crea solo lo que sobreviva cuando se apaguen las luces —dice.

Su Mei asiente y sale al pasillo sin responder. Sin embargo, antes de bajar a la sala, abre de nuevo la libreta y escribe una frase bajo el dibujo inacabado: «El actor empieza a desaparecer antes de que el público comience a mirarlo».