Tinta, seda y más que un amor de verano Capítulo 1. Un encuentro en el camerino #2
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Capítulo 1. Un encuentro en el camerino #2

Quizá por eso fascina tanto a una ciudad como Shanghái.

Porque Shanghái también está intentando decidir qué quiere ser.

Y tal vez esa sea la razón por la que las mujeres modernas se convierten en uno de sus símbolos más poderosos.

No representan únicamente un cambio de moda o de costumbres.

Representan la posibilidad de elegir. La idea, todavía nueva y perturbadora para muchos, de que el futuro no tiene por qué parecerse al pasado.

En los salones conservadores aquello se considera una amenaza.

En las redacciones de las revistas se llama «progreso».

En las avenidas iluminadas del Bund se convierte en tema de conversación.

Y en los corazones de muchas jóvenes de la ciudad aparece como una pregunta que ninguna generación anterior se ha atrevido a formular con tanta claridad: si el mundo está cambiando tan deprisa, ¿por qué una mujer no podría cambiar con él?

Por eso, Yuesheng deja atrás sus reservas y dice al fin:

—No dibuje mientras me maquillo.

—¿Por qué?

—Porque todavía no hay nada que dibujar.

Su Mei baja la vista a la libreta, como si anotara mentalmente la frase.

—Eso no es verdad.

Él arquea una ceja.

—¿Ah, no?

—Antes del maquillaje está la persona que sabe que va a desaparecer bajo él. Eso también se puede dibujar.

Yuesheng no contesta. La frase le desagrada porque se acerca demasiado a algo que no ha formulado nunca.

Durante años ha aprendido que el camerino es un umbral, no una confesión.

Uno entra hombre, muchacho, hijo de nadie, deudor, aprendiz, rival; y sale mujer imperial, joven esposa, doncella fugitiva, concubina que canta antes de morir.

Lo que ocurre entre ambos estados no se nombra.

Se ejecuta. La transformación, si es perfecta, no debe dejar restos.

Pero Su Mei ha visto precisamente el resto. Ese fragmento incómodo que todavía no pertenece ni a la calle ni al escenario.

—Puede sentarse —dice él, más brusco de lo necesario—. Pero si va a mirar, mire en silencio y no me distraiga.

—Sé hacerlo.

—Eso dicen todos los periodistas.

—No soy periodista.

—Ha dicho que trabaja para una gaceta.

—Dibujo para una gaceta. No es lo mismo.

La diferencia le parece absurda y, sin embargo, Yuesheng no la discute.

Vuelve al espejo, moja el pincel, mezcla el pigmento con una gota de agua y empieza a extender la primera capa blanca sobre la piel.

Lo hace con movimientos lentos, seguros, desde la frente hacia las mejillas, del puente de la nariz al mentón, evitando por ahora la boca.

El rostro que le devuelve el espejo comienza a perder temperatura humana.

Los rasgos se aplanan, la juventud se vuelve superficie, el cansancio desaparece.

Su Mei se sienta en la silla baja junto al biombo y abre la libreta.

No dibuja todavía. Escucha.

Yuesheng puede sentir su atención como se siente el calor antes de una tormenta.

No es una mirada pesada pero sí continua, y se posa en su hombro desnudo bajo la camisa abierta, en la tensión del cuello, en la precisión de los dedos manchados de blanco, en el modo en que evita la fotografía de Mei Lanfang, aunque la tenga al lado.

Él debería estar acostumbrado a ser observado.

Un actor vive para eso. Pero la mirada del público llega desde lejos, suavizada por la oscuridad de la sala, multiplicada hasta dejar de ser personal; la de Su Mei, en cambio, está demasiado cerca y no aplaude, no juzga, no lo desea de una forma evidente. Solo espera.

—¿Va a interpretar a Yu Ji esta noche? —pregunta ella.

Yuesheng detiene el pincel apenas un instante.

—¿Conoce la obra?

— Adiós a mi concubina . [4] Es una obra muy conocida, señor Yuesheng.

Por eso ha llamado la atención de mi editor.

Me ha dado instrucciones de que quiere que dibuje la escena final, la de la despedida.

Es una tragedia que la concubina Yu Ji realice una última y hermosa danza con espadas y que, sabiendo que el rey se negará a huir si tiene que protegerla, Yu Ji se suicide degollándose para que él pueda intentar escapar sin cargas.

Él vuelve al maquillaje.

—Yu Ji no muere para que él huya. Lo hace porque comprende antes que Xiang Yu que el mundo ya ha terminado.

Su Mei levanta los ojos de la libreta.

—¿Y usted cómo lo sabe?

Yuesheng sonríe de lado, casi sin querer.

—Porque llevo ocho años muriendo por él en escena.

La muchacha lo mira de un modo distinto. No con compasión, tampoco con ironía. Hay en sus ojos una seriedad repentina, como si la frase hubiera abierto una puerta que ambos hubieran preferido dejar cerrada.

—Debe de ser agotador —dice.

—¿Morir?

—Comprender el verdadero significado de algo antes que los demás.

Yuesheng no sabe qué responder.

En el pasillo se oyen pasos rápidos. La puerta se abre sin permiso y entra Luo Wenqing, pequeño, redondo, vestido con un traje claro demasiado brillante para aquella hora, agitando un periódico como si fuera un abanico.

—¡Yuesheng! ¡Buenas noticias! ¡Magníficas noticias! —exclama, antes de reparar en Su Mei—. Ah, ya se han conocido. Excelente. Mejor. La señorita Su tiene una mano extraordinaria. Moderna, limpia, muy apropiada para atraer a ese público joven que cree que el jingju huele a polvo de sus abuelos.

—El teatro huele a polvo porque ustedes no limpian nunca —dice Yuesheng.

Luo suelta una carcajada breve, falsa, y deja el periódico sobre la mesa, junto al cuenco de maquillaje.

—Siempre tan encantador. Mira esto. Otro artículo sobre Mei Lanfang. Nueva York, Chicago, San Francisco... todos rendidos. Dicen que los americanos no entienden las palabras, pero entienden las manos. ¿Lo ves? Las manos, muchacho. Las manos son el futuro de China.

—Creía que el futuro de China eran las fábricas —dice Su Mei.

Luo la señala con el periódico, complacido.