Tinta, seda y más que un amor de verano Capítulo 1. Un encuentro en el camerino
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Tinta, seda y más que un amor de verano

Tinta, seda y más que un amor de verano

Por Natalia Sanchez Diana

© inepub.com

Capítulo 1. Un encuentro en el camerino

Un encuentro en el camerino

E n Shanghái, el calor emerge de la tierra.

Asciende desde los adoquines y se desliza entre las avenidas anchas, los tranvías, los cafés europeos y los rótulos eléctricos de Nanjing Road como una fiebre antigua que nunca termina de extinguirse.

Es más vieja que los bancos extranjeros del Bund, más vieja que los anuncios de perfumes franceses y más vieja incluso que las concesiones que intentan imponer orden sobre ella.

Porque Shanghái acepta las máscaras de la modernidad con una sonrisa brillante, pero en sus entrañas continúa latiendo una ciudad mucho más antigua, salvaje e imprevisible.

A Lin Yuesheng no le gusta hablar de Mei Lanfang antes de ensayar, no porque no lo admire, sino porque la fascinación, cuando se pronuncia demasiado pronto, tiene algo de peligrosa superstición.

Prefiere llegar al teatro una hora antes que los demás, atravesar el patio trasero donde los cubos de agua se recalientan bajo el sol, saludar con una inclinación breve al viejo encargado de la puerta, subir la escalera estrecha que huele a moho, polvo de arroz y sudor, y encerrarse en el camerino pequeño del segundo piso, donde el espejo conserva manchas oscuras en las esquinas y las bombillas, incluso apagadas, parecen guardar el resplandor de todas las noches anteriores.

Allí se quita la chaqueta de lino, la dobla con cuidado, desabrocha el cuello de la camisa y permanece unos instantes inmóvil, con los ojos cerrados, escuchando cómo el teatro despierta.

Primero, los pasos de los tramoyistas arrastrando paneles pintados; luego, una risa masculina detrás del pasillo; después, el sonido de una caja al abrirse, el roce de la seda, la tos seca de la maestra de canto, el chasquido de unas varillas de bambú.

Todo llega fragmentado, como si el edificio tuviera muchas bocas y ninguna terminara de decir la verdad.

Yuesheng respira lentamente. Siente el aire pegado a la piel, el hilo de sudor que le baja desde la nuca hasta el cuello, el peso todavía ausente del tocado que, horas más tarde, le obligará a inclinar la cabeza con una elegancia que no pertenece al cuerpo, sino a una disciplina que ha adquirido con los años.

Sobre la mesa lo esperan los objetos de siempre: el cuenco de porcelana con el maquillaje blanco, las barras rojas para los párpados, el pincel fino para delinear la ceja, las horquillas, la cinta, los postizos, el abanico cerrado, dos mangas de agua bordadas con hilos pálidos y una fotografía recortada de un periódico en la que Mei Lanfang aparece vestido de Yu Ji, con una quietud tan impecable que parece encarnar perfectamente a una figura irreal.

Yuesheng no toca la fotografía.

La mira solo un instante, con esa mezcla de reverencia y desafío que se reserva a los dioses familiares, y después levanta la mano derecha frente al espejo.

La mano desnuda no significa nada.

Eso le repitió su maestro durante años, golpeándole los dedos con una varilla cada vez que el gesto nacía del capricho y no de la memoria.

Una mano, en escena, no es una mano: es una flor, una carta, una duda, una ola, una puerta cerrada, una mujer que oculta su pena, una esposa que reconoce la muerte antes de verla.

La muñeca debe ceder antes que los dedos, los dedos deben respirar antes que el brazo; el brazo debe recordar que no pertenece a un hombre joven nacido en una calle ruidosa de Shanghái, sino a todas las mujeres que el teatro ha inventado para explicar lo que no se atreven a decir con su propia voz.

Yuesheng curva la muñeca. La sostiene en el aire.

No basta.

La baja, vuelve a subirla, inclina apenas la cabeza, deja que los párpados caigan un poco, no demasiado, porque el exceso convierte el pudor en caricatura; y el ridículo, en el escenario, siempre está a una respiración de la belleza.

Entonces llaman a la puerta.

—Adelante —dice, sin volverse.

La puerta se abre con un quejido lento, y Yuesheng, al verla reflejada en el espejo, tarda un segundo en entender que la muchacha que acaba de entrar no pertenece al teatro.

No viste como las cantantes, ni como las esposas de los comerciantes, que a veces suben con demasiadas joyas y demasiada curiosidad, ni como las estudiantes que se sientan en las últimas filas para burlarse del viejo arte antes de emocionarse con él sin querer.

Lleva un qipao [3] azul verdoso, de cuello alto y botones pequeños, tan ajustado a su figura que cada movimiento parece medido; el cabello, cortado a la altura de la mandíbula, le enmarca el rostro; en una mano sostiene una libreta de tapas claras y, en la otra, un lápiz gastado. No sonríe. Observa todo.

Esa es la primera cosa que Yuesheng advierte de ella: no lo mira con timidez, ni con descaro ni con la falsa indiferencia de quien quiere ser descubierto mirando. Observa como si dibujara incluso antes de mover la mano.

—Perdón —dice ella—. Me han dicho que podía esperar aquí.

Tiene una voz baja, más firme de lo que su juventud haría suponer.

Yuesheng deja caer la mano.

—¿Quién se lo ha dicho?

—El señor Luo.

El señor Luo, piensa Yuesheng, y casi suspira. Luo Wenqing, empresario del teatro, vendedor de sueños, deudas y favores, sería capaz de meter a un vendedor de pescado en un camerino si creyera que podía convertirlo en publicidad.

—Entonces supongo que puede esperar aquí.

Ella inclina un poco la cabeza, pero no se mueve hacia la silla libre.

Su mirada ha encontrado la mesa de maquillaje, el abanico, las mangas bordadas, la fotografía del periódico, la caja abierta donde descansan las piezas del tocado, y Yuesheng siente, con incomodidad, que todo lo que para él es herramienta, rutina y sacrificio se vuelve, bajo aquellos ojos, material de estudio.

—¿Es usted Lin Yuesheng? —pregunta.

—Depende de quién lo pregunte.

Ahora sí, ella sonríe apenas, no con dulzura, sino con inteligencia, como si hubiera encontrado en aquella respuesta algo que esperaba.

—Su Mei. Trabajo para La Gaceta Ilustrada de Shanghái . El señor Luo me ha encargado una serie de dibujos sobre los ensayos de verano.

—¿Dibujos?

—También algunas notas. Nada demasiado indiscreto, según sus propias palabras.

Yuesheng la mira por fin directamente, no a través del espejo.

—Si el señor Luo ha usado la palabra «indiscreto» significa que ya ha vendido la mitad de nuestros secretos.

—Permitiéndome entrar aquí me ha vendido la mitad de su misterio —responde ella—. Los secretos supongo que tendré que ganármelos.

El silencio que sigue no es largo, pero sí extraño.

Afuera, alguien golpea tres veces un tambor pequeño; una voz masculina ensaya una frase heroica y el teatro entero parece moverse alrededor de ellos sin entrar del todo en la habitación.

Yuesheng debería pedirle que espere abajo, donde están los bancos, los carteles, el olor a tabaco y las jaulas de bambú con pájaros que algún actor supersticioso trae desde hace años, pero hay algo en la muchacha —en su modo de sostener la libreta contra el pecho, en esa mezcla de pudor y desafío, en la sombra de cansancio bajo sus ojos— que le impide hacerlo.

Quizá es que reconoce en ella un nuevo tipo de criatura.

Una surgida lentamente entre las grietas de un mundo antiguo que todavía se resiste a desaparecer, caminando por avenidas donde los tranvías eléctricos pasan junto a templos centenarios, leyendo revistas ilustradas mientras sus madres siguen consultando calendarios matrimoniales y aprendiendo a imaginar una vida distinta en una ciudad que parece reinventarse cada mañana.

Una mujer moderna.

Yuesheng las observa a menudo desde la ventanilla de un automóvil o desde la distancia discreta de una casa de té.

No se parecen a las mujeres que aparecen en los relatos tradicionales ni tampoco a las damas respetables que los ancianos siguen considerando un modelo de virtud.

Llevan el cabello más corto. Caminan más deprisa.

Algunas trabajan. Otras estudian. Muchas se desplazan solas por la ciudad sin pedir permiso a nadie.

Hay estudiantes que salen de las universidades con libros extranjeros bajo el brazo, periodistas que discuten de política en los cafés, ilustradoras que llenan cuadernos con bocetos de la vida urbana y mecanógrafas que cruzan el Bund cada mañana camino de oficinas donde, apenas una generación antes, ninguna mujer habría sido admitida.

Shanghái las contempla con fascinación y con miedo.

Las admira porque representan el futuro.

Las critica porque representan el futuro.

En ninguna otra ciudad china parece existir una contradicción tan evidente.

Los periódicos celebran a las mujeres modernas en sus portadas mientras las familias continúan intentando casarlas cuanto antes; los comerciantes utilizan su imagen para vender perfumes, cigarrillos y cosméticos occidentales, pero se inquietan cuando esas mismas mujeres reclaman independencia real.

La ciudad las convierte en símbolo y, al mismo tiempo, desconfía de ellas.

Sabe que la joven frente a él pertenece a esa generación, no porque lleve el cabello corto o porque trabaje para una revista, sino porque mira el mundo de una manera distinta.

Hay algo en ella que no acepta automáticamente las respuestas heredadas.

Cuando observa una calle, un edificio o una persona, parece preguntarse qué podría ser además de lo que ya es.

Yuesheng piensa que quizá esa es la verdadera diferencia entre las mujeres modernas y las anteriores.

No es la ropa, ni los estudios, ni siquiera la libertad de movimiento, sino la capacidad de imaginar alternativas.

En ese instante, contemplándola, le parece que encarna perfectamente el espíritu contradictorio de la ciudad.

Tiene algo profundamente chino y profundamente moderno al mismo tiempo.

Conserva la educación, la elegancia y la prudencia que su familia espera de ella, pero debajo de esa superficie existe una voluntad silenciosa de decidir por sí misma qué clase de vida desea vivir.