24. Trono #3
—Todo saldrá bien, hija mía —dijo y, solo por un segundo, imaginé que era mi madre. Y que todo estaba bien. Me aferré a ella, y ella a mí. Y, mientras lo hacíamos, ya no necesitaba ser mi madre.
Era Mandy, y eso era todo lo que necesitaba ser.
—Te quiero, Kat. No lo olvides nunca.
—Yo también te quiero.
Finalmente la solté, frotándome los ojos con mi manga llameante.
—¿Ganarás? —preguntó.
Sonreí con debilidad—. Siempre lo hago.
Mi tía se marchó antes de que cualquiera de las dos pudiera volver a llorar. Vi a los Davison llorando con su hija, mientras Gareth esperaba pacientemente cerca. El padre de Trudie le estrechaba la mano a Pranish, una y otra vez, mientras las lágrimas le resbalaban por la cara.
—La protegeré —oí decir a Pranish. Y por la intensidad de su mirada, de repente sentí lástima por el Señor Necro.
Me armé de valor cuando los Davison se volvieron hacia mí. Con Charne sí podía llorar. Pero tenía que ser fuerte. El sol avanzaba por el cielo. Y aún quedaba mucho trabajo por hacer...
***
El sol comenzó su lento descenso tras la tumba de Adamastor.
La noche cayó sobre Hope City. El trabajo estaba hecho.
Tan bien como se podía hacer. Los Cruzados ocupaban las almenas, con ametralladoras en cada esquina.
Los edificios que no podíamos cubrir con nuestros mermados efectivos (incluso con los refuerzos de orcos y hombres lobo) estaban llenos de trampas.
Habíamos blindado los apartamentos cercanos. Los voluntarios custodiaban sus casas.
Observaba desde la puerta principal del el CG. Ante mí, Cruzados y orcos estaban hombro con hombro en las zanjas, tras hileras de alambre de espino y estacas. Kyong calentaba a mi lado. Estiraba y hacía saltos. Vibraba de energía.
Todo estaba en silencio. No había charlas. Solo la tenue respiración de los hombres y mujeres bajo mi mando. Incluso los pixies se habían quedado quietos, con sus luces casi apagadas.
La espera era agónica. Lenta. Tan lenta que deseé que la lucha hubiera empezado ya. Que pudiéramos acabar con esto de una vez...
Hasta que oí motores. Acercándose. Docenas. No... más. Y venían hacia el CG. Por todas las calles.
Deseé que la espera hubiera sido más larga.
¿Cuántos camiones y furgonetas eran esos?
¿Y cuántos no muertos en cada una? ¿Podríamos con todos?
Habíamos perdido a muchos hombres en la fábrica de carne.
Y, aunque los hombres lobo y los orcos eran fuertes, no eran cazadores de no muertos.
Y los voluntarios eran básicamente carne de cañón...
Una furgoneta apareció a la vista. Ante el símbolo grabado en su frontal, los inquietos Cruzados bajaron sus rifles. Era una marea de un azul espléndido. Puretide.
Algo se encendió de nuevo en mi pecho. Mi abrigo se agitó con entusiasmo.
Se unieron más furgonetas con el logotipo de Puretide. Y a ellas se sumaron sirenas de policía, furgones blindados, autobuses y más.
Los vehículos aparcaron donde pudieron, bloqueando zonas vulnerables y formando perímetros defensivos alrededor de nuestras posiciones.
De ellos bajaron hombres y mujeres vistiendo el blanco de Puretide, el negro de Drakenbane, el azul de la policía y el camuflaje caqui de la CDF.
Había incluso agentes de Whiteshield, purificadores de Heiligeslicht, autónomos con equipos variados.
Eran cientos. Y todos se estaban alineando frente a nosotros.
Edward se abrió paso entre las filas de policías, soldados, cazadores, purificadores y voluntarios. Se detuvo al frente, mirándome con su expresión irremediablemente agria.
—¡Last Light! —gritó—. Esta también es nuestra ciudad.
Un pequeño vitoreo surgió a sus espaldas, pero la mayor parte del ejército reunido permaneció inmóvil. En silencio.
Edward sonrió con sobriedad. La sonrisa de un hombre que comprende que se aproxima a la labor para la que se ha preparado toda su vida.
—Y tengo una cuenta que saldar con el Señor Necro.
Edward dio un paso atrás, poniéndose en posición de firmes. El aire se llenó del sonido de todo el ejército cuadrándose mientras todos metían la mano en sus bolsillos.
Edward agarró su placa de Puretide, la arrancó y la dejó caer al suelo. Sus hombres hicieron lo mismo. Cada policía, soldado, agente de Drakenbane y de Whiteshield —todos ellos— se arrancaron sus insignias y las sustituyeron por otra.
La Espada y Escudo de los Cruzados.
—¡Ahora sé por qué se estaban vendiendo tan bien! —exclamó Conrad. No llevaba su traje habitual. Para él, ahora tocaba abrigo de cuero y escopeta. El exterminador, Conrad, de leyenda.
No pude responder. Ni a Conrad, ni a Edward, ni al ejército que tenía ante mí.
Las filas se dispersaron y empezaron a correr para cubrir los huecos en nuestras defensas.
Hasta que cada azotea estuvo cubierta de...
Cruzados. De todo origen, de toda creencia y profesión.
Todos ellos, en pie y esperando para enfrentarse a la oscuridad.
Esta noche, todos éramos Cruzados. Y todos olíamos la podredumbre en el horizonte.