22. Solo
Solo
No podía confiar en que Phillip Brown y el Consejo hicieran lo correcto. Me prometieron inteligencia. Me prometieron prudencia y la actuación adecuada. Me prometieron que mis hombres no morirían a montones en una guerra innecesaria. Una picadora de carne.
Pero los gobiernos no sabían hacer su trabajo. Solo sabían matar. Indiscriminadamente.
Y Phillip Brown hacía que el resto parecieran considerados.
No presentó cargos por mi agresión. Ni siquiera se había puesto en contacto conmigo después de la incursión.
El HCPD estaba en ruinas. Los supervivientes habían estado dimitiendo por cientos.
Las recompensas públicas habían bajado drásticamente.
No es que nos quedara personal suficiente para cumplir la mayoría de los contratos.
El Consejo y Riaan tampoco se habían puesto en contacto con nosotros.
Por mí, perfecto. No quería que el Consejo volviera a llamarnos nunca más.
Al cuerno con la influencia de Jane y Conrad.
Si trabajar con el Consejo nos había metido en este lío, no quería volver a trabajar con ellos jamás.
Y, con suerte, mi regalo de despedida a Phillip habría enviado un mensaje claro.
Seguro que se lo pensaría dos veces antes de enviar a los Cruzados a la picadora de carne. O antes de volver a llamarlos siquiera.
Pero eso no resolvía mis problemas. Pasaron los días. No pronuncié ningún discurso motivador para llorar a los muertos y pedir venganza. No me veía capaz de hacerlo. Y no creo que hubiera tenido el mismo efecto ahora.
El Señor Necro seguía ahí fuera. Con el shem . Policías, Cruzados, Puretide… nadie entraba en los barrios bajos. Antes había dicho metafóricamente que una oscuridad había descendido sobre Hope City. Que el Señor Necro había establecido una tierra maldita por la que deberíamos temer caminar.
Ahora no hablaba en sentido figurado. El cielo se había vuelto negro sobre gran parte de los barrios bajos.
El hedor pútrido de la línea wey corrupta se había extendido hasta la propia Hope City.
Incluso el ciudadano de Hope más apolítico e ignorante podía ver los nubarrones en el horizonte y saber que el mal se había abatido sobre su hermosa ciudad.
Y todos tenían que preguntarse: ¿qué vendría después?
¿Y cuándo estarían las nubes negras sobre sus propias cabezas?
Todo lo que sabíamos era que el Señor Necro gobernaba ahora su dominio con impunidad.
Cualquier mella que hubiéramos hecho en su horda había sido reemplazada por el suministro constante de cadáveres de las regiones más superpobladas de Hope City.
Y, por cada cien esclavos no muertos, ¿cuántos gólems estaría construyendo?
Ariel había desaparecido después de nuestro enfrentamiento. Conrad e Ismail solo chasquearon la lengua cuando les pregunté al respecto. La habían respetado, una vez. Pero ahora tenían el aire de niños que hubieran descubierto la naturaleza decepcionante de sus padres.
El CG estaba en silencio. Nadie hablaba. Incluso a Jane le costaba mantener su ensayada sonrisa alegre. Una nube pendía sobre el ahora terminado Cuartel General de los Cruzados. Ya no necesitábamos el espacio extra. Habían muerto tantos. Entre ellos, uno de nuestros miembros originales.
Hammond.
Heather casi no había hablado. Había regresado con sus padres. Nada de cacerías para ella.
Parecía que, incluso aquellos que no habían muerto, estaban desapareciendo y abandonando la Cruzada. Y no podía culparlos. Hay una diferencia enorme entre pensar que puedes morir en el trabajo y saber que es una posibilidad muy real.
La batalla en la fábrica de carne les había dado un baño de realidad a demasiadas personas.
Pero yo ya había recibido baños de realidad incontables veces. Y no estaba dispuesta a rendirme. Jamás.
—¿En qué estás pensando, Kat? —preguntó Treth, susurrando a pesar de que apenas había nadie que pudiera oírlo.
Mandé callar a Alex mientras ronroneaba y maullaba pidiendo atención.
Brett yacía comatoso en la cama, noqueado por los analgésicos para sobrellevar sus heridas.
La bala había sido encantada para causar un dolor extra.
Para dejar una cicatriz de corrupción incluso si el objetivo sobrevivía.
Viviría, pero requería más sesiones de purificación. Analgésicos, mientras tanto.
No respondí a Treth de inmediato mientras me ponía las botas. Era plena noche y no quería despertar a Brett.
—¿Te dejas el abrigo? —preguntó Treth cuando salíamos de nuestro dormitorio.
—No quiero que la gente me reconozca —le susurré de vuelta.
—¿Qué gente? ¿Y a estas horas de la noche? —Treth sonaba agotado. No por fatiga física. Era un agotamiento emocional. Él también había sentido el dolor de la pérdida. Le recordaba a su último día.
Le dejé algo de comer a Alex para distraerlo mientras me dirigía a la puerta del apartamento. La abrí en silencio y la cerré con más sigilo todavía.
—¿A dónde vamos, Kat?
—A los barrios bajos.
Eso lo espabiló. Se manifestó a mi lado con los ojos muy abiertos.
—¿A los barrios bajos? ¿Al territorio del Señor Necro? ¿Por qué? ¿Para qué?
—No puedo permitir que más gente salga herida —respondí—. Ya no. Ni más exploradores ni espías. Voy a ir yo misma, disfrazada. Veré qué puedo averiguar. Y no tendré que arriesgar a nadie más.
—Eres la Last Light. ¡La Comandante! Te necesitan.
—Y yo los necesito a ellos, Treth. Pero esto es algo que tengo que hacer sola.
No podía dejar que muriera más gente. No por mi Cruzada.
Cogí mi moto, a pesar de las protestas de Treth, y me entregué al aire frío de la noche, vestida con mi vieja cazadora de cuero y vaqueros.
El hedor de la corrupción de la línea wey se hizo más patente mientras me lanzaba hacia la tierra maldita.
Y la luna acabó quedando cubierta por una niebla mágica al entrar en el dominio maldito del Señor Necro.
Nadie me detuvo cuando crucé la línea invisible que separaba los barrios bajos periféricos de los barrios bajos propiamente dichos.
No había guardias ni puestos de control.
¿Para qué servirían? Era una frontera porosa.
¡Una frontera dentro de una ciudad! No había hombres suficientes para patrullar tal barrera, incluso si evacuáramos la Línea de Tres Puntos por completo.
En el pasado, la distinción entre el barrio bajo periférico y el profundo era más difícil de notar. Los bloques de pisos y las casas baratas tardaban un tiempo en convertirse en ruinas y chozas. Pero ahora había algo diferente.
Las calles seguían llenas de gente. Los bares clandestinos seguían funcionando.
Pero había un zumbido de miedo palpable en el aire.
La gente se lanzaba miradas furtivas. Y dejaban un amplio margen a los hombres vestidos de negro, flanqueados por no muertos renqueantes cubiertos con armaduras de placas y portando hojas toscas.
Vibraban cuando la gente se acercaba. Las personas pasaban apresuradas a su lado, esquivando a aquellas monstruosidades no muertas con cautela.
Las abominaciones estaban hambrientas, refrenadas solo tenuemente por los nigromantes que las acompañaban.
Era un necro-estado. Justo en el corazón de mi ciudad.
Me desvié por un callejón. No había nadie cerca.
—Incluso sin el abrigo, te van a reconocer.
—No con esto —dije, sacando un pergamino del bolsillo. Miré por encima del hombro. Camino despejado.
Leí el pergamino en voz alta, con cuidado, y sentí una vibración cálida recubriéndome la piel. Me quité el casco de la moto. Treth se manifestó, sujetándose la barbilla mientras me miraba de arriba abajo.
—¿Una ilución?
Asentí. —Pranish la preparó para mí. ¿Cómo estoy?
—¡El pelo rubio te queda bien! —sonrió burlón.
—Mientras sirva para que no sepan quién soy. Vámonos.
Treth flotó a mi lado, manteniendo el ritmo.
—¿A dónde? Este lugar es un océano de miseria. ¿Por dónde empezamos?
—Por el principio —respondí crípticamente.
—Bueno, sí. Pero ¿dónde está eso?
Salí a la calle. Como esperaba, nadie me dedicó una segunda mirada. Miré mi moto por última vez. No esperaba que sobreviviera a la noche. Pero ya encontraría otra forma de salir de los barrios bajos después si me la robaban. Ya lo había hecho antes.
Me uní a la marea de gente, abriéndome paso entre vendedores callejeros y puestos.
En el pasado estarían gritando, anunciando su mercancía.
Ahora estaban callados, mientras los magos oscuros y sus esbirros no muertos los vigilaban de cerca.
Aun así, no pude evitar sentirme orgullosa.
A pesar de todas las adversidades, la iniciativa nunca se detenía.
Los humanos tenían mucho de lo que estar orgullosos. La perseverancia era una de esas cosas.
Contuve la respiración al pasar, medio esperando que los ojos críticos de esos hombres vestidos de negro y sus abominaciones me detectaran. Uno me miró y sonrió de forma sugerente. Tenía los dientes negros.
Seguí caminando un poco más rápido. No gritó. Ni me siguió. ¡Gracias, Atenea!
—¿Dónde está el principio? —volvió a preguntar Treth cuando la multitud se raleó y giramos por otra calle.
—El Señor Necro adora a Candace —susurré. Nadie pareció notar que hablaba. Ni les importaba—. Así que puede que gravite hacia donde empezó todo. Su fortaleza. El lugar donde cree que la maté. Y sé que él sabe dónde está. Porque tiene mi espada.
Y, entre todas las demás cosas que le iba a hacer, iba a recuperar mi espada.
La plaza donde la fortaleza de Candace una vez ascendió muy por encima de los tejados todavía estaba sembrada de los escombros calcinados que yo misma había dejado aquel fatídico día.
Todavía lo recordaba. Con total nitidez.
Saqué a una Candace debilitada de un edificio en llamas, perseguida por vampiros.
Hasta que me detuvo la mismísima jefa de los vampiros.
Charlene Terhoff. Me habrían matado de no haber aparecido Conrad con toda su gloria angelical.
Ese también había sido el día en que descubrí que era un ángel.
Y el día en que Candace mató a James Montague para salvarme la vida.
Este lugar me traía recuerdos. Docenas de ellos.
Los meses como prisionera de Candace me habían marcado.
Y estar conectada a ella a través de nuestro vínculo de almas había hecho que nuestra relación pareciera toda una vida.
Había perdonado a mi hermana de alma por sus crímenes.
No podían achacarse únicamente a ella. Había sido una víctima del Mentor, tanto como lo fui yo.
Esperaba que algún día ella se perdonara a sí misma.
La plaza estaba más tranquila que las otras calles.
Unas pocas personas deambulaban frente a sus casas.
Los barrios bajos parecían más vivos de noche que de día.
¿Quizás el Señor Necro estaba de mejor humor por la noche?
Podía imaginar que las incursiones zombis y los brotes se programaran para el día, reservando la noche para la vida civil.
Parecía el tipo de regla retorcida que pondría en marcha un emperador oscuro. ¡Bastardo asqueroso!
Recorrí los alrededores de la plaza con la vista y mis ojos finalmente se posaron en una ventana abierta que asomaba en una choza de hormigón. Una cálida luz de gas iluminaba el lugar, y el olor a carne frita lograba casi vencer al hedor a goma quemada del aire.
Caminé con la mayor naturalidad posible hacia la ventana abierta. Un hombre asomó la cabeza para pasarle un poco de carne en un palo a un niño, que me miró con recelo y se echó a correr.
El hombre soltó un saludo en afrikáans.
—Engels, asseblief —respondí. Era de lo poco que sabía de afrikáans.
—Jammer —se disculpó—. Wat kan I get jou ?
¿Qué le pongo?
—¿Qué tiene?
Sonrió. Parecía viejo. Desgastado. Sus arrugas sugerían que ya estaba por aquí cuando Adamastor despertó. Cuando el mundo se acabó. Le faltaban los dientes frontales.
—Brochetas. Auténtica vleis de unicornio.
Lo dudaba. Pero si algo había aprendido sobre la interacción social era que te ganas la confianza de alguien comiendo su comida. Y dándole dinero.
—¿Cuánto cuesta?
—Vyf.
Cinco.
Le entregué cinco pavos y él sacó una brocheta de carne blanca.
— Dankie, —le di las gracias y cogí la carne. Parecía comestible. Tenía un poco de romero espolvoreado por encima.
Le di un mordisco. Estaba bien. Sabía a pollo. Casi con toda seguridad era pollo. Lo cual era preferible a la carne de unicornio, aunque Trudie se habría deleitado con la muerte de uno.
Le di la espalda al tendero y me quedé mirando el oscuro solar de escombros.
—¿Estaba usted aquí hace años? —pregunté—. Cuando el edificio de ahí todavía estaba en pie.
— Jas , señorita —sentí que asentía mientras daba la vuelta a las brochetas en el fogón.
Asentí yo también, reconociendo el punto.
— Jy no es el único mens que pregunta por ese lugar —añadió, sorprendiéndome. Me volví hacia él.
—Otro mens vino hace unos meses. Me hizo la misma pregunta.
El tendero sonrió, mostrando los dientes que le faltaban.
—Saqué unos lekker pavos ese día. Le vendí un groot mes que encontré entre los escombros.
Mes : cuchillo. Y groot : grande. ¡Un cuchillo grande. Una espada!
—¿Qué aspecto tenía ese hombre? —pregunté, abandonando mi fachada de desinterés.
Se encogió de hombros. — Wit mens. Pálido. Túnicas swart , señorita. Como estos otros mense .
Indicó a unos magos oscuros que estaban en la esquina de la calle. Mostró disgusto. Solo por un segundo.
La sorpresa de Treth al ver que habíamos encontrado a alguien que había visto al Señor Necro solo me hizo sentir más vindicada. Me giré para encarar al tendero directamente, incapaz de ocultar mi avidez.
—Señor, ¿puede decirme dónde encontrar a ese hombre?
El tendero no respondió. Tenía los ojos muy abiertos. Rápidamente, levantó la mano, agarró el asidero de un cierre metálico y lo bajó de golpe.
Arqué una ceja, confundida, justo cuando una mano me tocó el hombro.
Me giré y me encontré cara a cara con un par de ojos rojos. Un hombre de piel oscura que llevaba una boina roja. No ocultó sus colmillos mientras me hacía una mueca.
—Drummond —dijo con una voz profunda y resonante—. Mi colega quiere reunirse con usted.
Me armé de valor y puse una expresión gélida.
—¿Y quién sería ese, vampiro?
—El señor de estas tierras, humana. El futuro Emperador de Hope City. El Señor Necro.
El vampiro se dio la vuelta, indicándome que lo siguiera. Lo hice. No es que tuviera otra opción.