Tierra de vino y sal 79
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Un intenso dolor atravesó el cuerpo de Emilia, que apretó la mano de Francisca al tiempo que dejaba escapar un grito gutural. Otra contracci ón acababa de arrollarla como una ola gigante y devastadora.

—¡Empuje! —la animó la matrona.

El sol se colaba por las ventanas y bañaba la estancia de un aura dorada resplandeciente. La primavera estaba a punto de llegar.

—¡Empuje!

Y eso hizo: empujar. Una fuerza antigua se apoderó de ella, como de su madre, de su abuela; como de cientos, de miles de mujeres antes, mucho antes.

—Ya viene… —comentó alguien, y Emilia no supo si fue la matrona o Francisca.

Cuando pensaba que ya no podía más, que el dolor la partiría en dos, sintió la tibieza de un cuerpecito sobre ella: tan pequeño y tan grande a la vez.

—Es una niña —la informó el ama de llaves.

Emilia aspiró su aroma, le besó la frente y se sintió la persona más dichosa del universo. Sí, definitivamente, ella era una mujer como cualquier otra. Tan maravillosa, tan inteligente, talentosa y valiente como sus antepasadas, sus coetáneas y las que aú n estaban por venir.

Solo tenía que creer en sí misma.