Tierra de vino y sal 78 #2
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—Yo… quisiera hablar con el señor Alcázar —contest ó ella sin dejar de mirar a los empleados que sacaban objetos de la casa.

—Mi sobrino no se encuentra en estos momentos, pero vendrá a almorzar con nosotros —le explicó—. ¿Quiere que le dé algún mensaje de su parte?

Emilia la observó y la reconoció enseguida. A la señora le sucedió lo mismo.

—Se ñorita Espinosa… Soy Manuela, ¿se acuerda de mí?

—Sí… sí, claro —dijo la dama atando cabos—. Usted trabajó como lavandera y planchadora para nosotros durante muchos años. No la he olvidado.

Doña Manuela le preguntó entonces por su familia y por sus empleadas, con quienes mantuvo una buena amistad, y se disculpó por no haberle dado antes el pésame por lo de su padre.

—No se preocupe, hace mucho tiempo. ¿Se van de Chiclana? —quiso saber Emilia.

La mujer asintió con expresión triste.

—Así es. Mi marido y yo nos volvemos a Medina Sidonia. Mi sobrino nos ha comprado una casa allí y nos ha regalado todos sus muebles. Él ya no los va a necesitar.

—¿Y… y dó nde se va él?

—Se vuelve a las Américas, señorita. Como el asunto de Cuba está cada vez más turbio, se marcha voluntariamente para luchar por España.

Emilia sintió que se le desbocaba el corazón . A Cuba. Se marchaba otra vez al otro lado del océano, y quizá para siempre. ¿Era por patriotismo o porque lo mismo le daba morir que vivir?

—Cuando lo vea, por favor, dígale que necesito hablar con él. Dígale que… que lo amo —añadió con la voz estrangulada.

—Así lo haré, señorita. —La mujer posó una mano en su hombro—. No sabe cuánto la ama él a usted. Y no de ahora, sino desde hace años. ¿Sabe? Cuando le dieron de latigazos yo estuve a punto de hacerle llegar una nota de su parte, pero mi marido me lo impidió. Mi pobre sobrino estaba devastado.

—Lo sé… — gimió Emilia y se cubrió la cara con las manos.

La mujer siguió hablando.

—Sé que lo del duelo no estuvo bien, pero ya sabe cómo son los hombres.

A veces no es culpa de ellos, sino de la sociedad en la que les ha tocado vivir.

A ustedes las señoritas las tienen en jaulas de oro, presas y asfixiadas en sus mundos de encajes, corsés y abanicos.

A los caballeros les prohíben llorar o mostrar debilidad.

Se les enseña unos c ódigos de honor desde niños.

Se los obliga a mantener una imagen de dureza y resistencia.

Mi Álvaro creció con más libertad, puesto que es de familia humilde, pero las normas sociales pesan demasiado. Perdónelo. Es un buen hombre.

—Lo sé, lo sé… doña Manuela. Yo tampoco me port é bien con él. Lo aparté de mi lado por esos mismos convencionalismos sociales.

La señora se sacó un pañuelo del bolso y se permitió limpiarle las lágrimas.

—Pues, ¿sabe qué ? Es hora de mandar todos esos convencionalismos al diablo.

Emilia no pudo evitar reír y llorar al mismo tiempo.

—Es lo que pienso hacer.

Doña Manuela sonrió y la tomó de las manos.

—Además, ahora mismo no hay mejor partido en toda la ciudad que mi sobrino.

Ya nadie en su familia ni en su círculo de amigos podrá argumentar nada en contra de su relación con él.

Má s bien al contrario, dirán que ha tenido usted mucha suerte.

Como ve, la vida es caprichosa. Da tantas vueltas que uno nunca sabe en qué momento cambiarán las tornas.

Emilia asintió.

—Supongo que ahora la marginada soy yo, doña Manuela.

Soy una solterona a punto de cumplir los treinta años cuya reputación ha sido manchada por una prima que se casó a toda prisa despué s de quedarse encinta de un hombre de una clase social inferior.

Y por si eso fuera poco, soy escritora. ¿Quién querría casarse conmigo?

—Se me ocurre un candidato que está más que dispuesto.

En ese momento salió de la casa un hombre mayor, refunfuñando, y tomó a la señora del brazo.

—Vá monos ya, Manuela. Déjate de tanta cháchara. —Le lanzó una mirada fugaz a Emilia, que percibió cierto recelo—. Estoy deseando marcharme de Chiclana.

El matrimonio se alejó, pero antes de subirse al carruaje, doña Manuela gritó:

—¡No se preocupe, señorita, le daré su recado!

El vehículo partió y Emilia se quedó largo rato mirando al río.

Ese río a veces caudaloso, a veces seco.

Ese río que cambiaba, pero que, en el fondo, siempre era el mismo.

Ese que traía la vida a la ciudad, pero que, si se desbordaba, se convertía en muerte.

El mismo por el que navegaron los fenicios y en el que ahora flotaban sus esperanzas.

* **

Eran las cinco de la tarde. Emilia escribía sentada frente a su escritorio, absorta en un artículo sobre política, cuando de repente sintió un repiqueteo contra la ventana. Una voz potente ascendió desde la calle.

—¡Emilia!

Y más fuerte:

—¡¡Emilia!!

La señorita abrió la puerta del balcón con el corazón brincando en el pecho. Bajo sus pies encontró el inconfundible rostro de Álvaro. Vestía el uniforme azul de la Infantería de Marina y lucía más apuesto que nunca.

—¿Es que no sabes usar la aldaba?

Él le guiñó un ojo.

— No. Baja, por favor.

Emilia se precipitó por los escalones de mármol rozando apenas el barandal. Francisca quiso saber adónde iba, pero no le contestó. Atravesó la casapuerta y se lanzó a los brazos del militar.

—¿Pensabas irte sin despedirte? —le preguntó.

Él la abrazó y aspiró el aroma de su cabello.

—Sí —admitió—, pero las palabras de mi tía me han dado esperanzas. ¿De verdad me has perdonado?

Ella asintió.

—Sí… te he perdonado. Te he perdonado como tú me perdonaste a mí. ¿O acaso no nos merecemos una segunda oportunidad?

Empezó a besarla por todas partes: frente, párpados, labios.

—Gracias, amor mío. He sido un necio, un tonto y un prepotente —reconoció.

—Se te ha olvidado añadir: soberbio, imperioso y obstinado.

Los dos rieron.

—¿Aún me amas? —quiso saber él.

—Con todo mi corazón —confesó ella.

Francisca, Honoria y Araceli salieron a ver qué sucedía.

Los transeúntes se habían detenido en mitad de la calle y los vecinos de los palacetes adyacentes se habían asomado a sus respectivas ventanas y balcones al oír los potentes gritos del caballero.

Todos permanecían atentos a la escena que se desarrollaba ante ellos como en el escenario de un teatro y, sin embargo, la pareja de enamorados permanecía ajena a tal expectación, inmersa en su propio mundo.

—Entonces, c ásate conmigo. Sé mi esposa de una condenada vez.

Esta vez Emilia no se lo pensó.

—Sí, sí quiero, Álvaro.

Los ojos del militar brillaban de emoción. Por fin, después de tanto tiempo, iba a compartir su vida con la mujer a la que amaba.

—¡Que lo oigan todos! —clamó él, entonces consciente de que los observaban—. ¡La señorita Emilia Espinosa me ama y se va a casar conmigo!

—Cállate, ¡estás loco! —lo reprendió ella sin dejar de reír.

—Sí, loco por ti, liebrecilla.

La gente empezó a aplaudir. Francisca lloraba. Á lvaro tomó a Emilia de la cintura y la hizo girar y girar mientras ella reía.