78
En Chiclana ya olía a mosto, señal de que la vendimia había comenzado, y a pesar de que en el campo de los Espinosa no habría nada que vendimiar ese año, Emilia se hab ía dejado contagiar por el buen humor de sus vecinos.
Además, el Diario de Cádiz le iba a publicar un artículo y, no solo eso, sino que acababa de entregar su novela a un editor que se había mostrado encantado con ella.
Por fin se había hecho justicia y ya nadie le cerraba las puertas por ser quien era.
Y, sin embargo, no era plenamente feliz.
Se había encontrado con Álvaro en algunas ocasiones, puesto que segu ían viviendo en la misma calle, y apenas habían cruzado un frío saludo de cortesía.
A quién quería engañar, seguía enamorada de él, pero no podía perdonarlo. Todaví a no.
La aldaba sonó contra la puerta aquella mañana de septiembre y al poco sus sobrinas entraron en el interior de la casa armando un gran alboroto.
—¡Tía Emilia! ¡Tía Emilia! —gritaron las pequeñas Mili, Gertrudis y Clarita, que se abrazaron a ella con el ímpetu con que solían hacerlo.
—¡Pero si son mis niñ as favoritas! Os he echado tanto de menos —correspondió, besándolas en sus pequeñas cabezas de bucles y lazos.
—Padre ha venido para lo del juicio del capataz y nos ha dado permiso para quedarnos contigo, si tú quieres —explicó la mayor de las hermanas.
La dama se acordó entonces de ese desalmado que había quemado su viñedo y herido casi de muerte a Álvaro en el pasado y sinti ó un escalofrío. Era una suerte que lo hubieran detenido cuando huía hacia Jaén. Por fin iba a pagar por sus malas obras.
—Pues claro que quiero. Anda, pasad a la cocina a refrescaros. Honoria ha preparado limonada y sultanas de coco.
Las niñas corrieron en tropel y sus voces y sus risas se perdieron por los pasillos.
Emilia aprovechó para saludar a Gertrudis y a su hermana Carmencita.
La primera no dejaba de abanicarse y sobarse la incipiente barriga mientras se quejaba del calor que había pasado durante el trayecto.
La segunda alzaba la barbilla y miraba a su alrededor con aire de suficiencia.
—Por favor, pasad al salón. Ordenaré que os sirvan un poco de limonada —invitó la anfitriona.
—No queremos hacer gasto, querida. Sobre todo, después de que el incendio os haya dejado en una situación tan precaria —se recochineó Gertrudis.
—Vamos, mujer, todavía podemos permitirnos una limonada —le respondió Emilia con entereza—. Y muy pronto comenzaré a recibir mis propios ingresos. No sé si sabes que he vuelto a publicar.
Las hermanas cruzaron una mirada de asombro, pero no a ñadieron nada al respecto. Finalmente, no les quedó más remedio que ceder a la invitación. La Condesita pasó por el lado de Emilia y le rozó el brazo con la barriga a propósito.
—Ay, perdona —se excusó después— . Esta vez está creciendo muy rápido. ¿Tú qué crees, estaré esperando por fin al heredero? En mis embarazos anteriores enseguida supe que eran niñas porque me robaban la belleza, pero esta vez todos opinan que estoy más hermosa que nunca.
Emilia carraspeó.
—Yo no creo en esos dichos de viejas alcahuetas, pero es cierto que está s muy bonita —reconoció—, así que deseo que sea un varón, si es lo que quieres tú.
—Gracias, Emilia. Siempre tan amable. —Hizo un mohín.
Las damas tomaron asiento en el tresillo, pero no se deshicieron de los sombreros ni de los guantes.
—Sin embargo… lo mejor sería que las mujeres pudiéramos heredar y administrar nuestro patrimonio sin necesidad de una tutela masculina —siguió diciendo Emilia desde la puerta—. Así no tendrí amos que esperar con tanta ansia el nacimiento de un hijo varón. ¿No crees?
—Yo de esos temas no opino, querida —contestó la Condesita—. Para inmiscuirse en las leyes ya están esas sabihondas marimachos que se cuelan en las universidades.
La hermana menor de Gertrudis soltó una carcajada que hizo tambalearse su pamela con forma de pastel. Emilia le dedicó una sonrisa impostada.
—Por cierto, Emilia —apuntó Carmencita entonces—. ¿Sabes si sigue viviendo el señor Alc ázar en esta calle? Hemos visto movimiento de maletas y baúles en el número 18 y me preguntaba si va a mudarse y, en caso afirmativo, adónde…
—La verdad es que no estoy al tanto de la vida de mis vecinos, Carmencita. Detesto los chismes —contestó.
—Querida, no te pongas así. Solo era una pregunta. —Se encogió de hombros—. Si lo ves, salúdalo de mi parte, por favor. Dile que me encantaría retomar nuestros encuentros.
—Descuida, le daré tu recado —dijo Emilia sin convicción—. Y ahora, si me disculpáis…
La dama abandonó la estancia, cruzó la casapuerta y se asomó a la calle.
Tal y como sospechaba, su primo estaba fuera, contemplando el palacete con ojos lastimeros desde la ventana de su carruaje.
Cuando su mirada se cruzó con la de Emilia, dio dos golpes en la puerta para que el cochero se pusiera en marcha.
—Espera, Enrique —pidió ella.
Su primo ordenó al cochero que se detuviera y esperó a que Emilia recorriera la distancia que los separaba. Se baj ó del carruaje y, manteniendo las distancias, se llevó la mano izquierda al ala del sombrero canotier a modo de saludo.
—Emilia —dijo solamente.
—Hola, Enrique.
La mirada de la señorita se fue directa a la mano derecha del médico.
La tenía escayolada después de que hubieran vuelto a operarlo, pero nadie en la familia sabía, por descontado, que la herida se la había provocado el comandante Alcázar y, mucho menos, que hab ía sido en un duelo.
Para la esposa, la cuñada e incluso para la madre del joven, todo había sido producto de un enfrentamiento a pistolas con Juan Morales.
Y así seguiría siendo mientras pudiera mantener la mentira.
—Anda, pasa —lo invitó con un gesto de la mano.
Enrique negó con la cabeza.
—Gracias, Emilia, pero ya me marcho. Tengo que ir a testificar contra Juan Morales.
—De acuerdo… pero… ¿cómo estás? —preguntó, y señaló la férula de yeso—. ¿Qué tal la última operación?
Él soltó una risa irónica.
—No será la última. Necesitaré algunas más.
—Si me hubieras hecho caso… —empezó ella.
—No vuelvas con eso, Emilia. Lo hecho, hecho está —zanjó.
—Pero podr ás volver a ejercer, ¿verdad?
Enrique chasqueó la lengua y desvió la mirada al río, que ese día de septiembre venía cargado de agua de monte desde Medina.
—Sí, ya lo hago. Pero mi carrera de cirujano de éxito se ha ido al garete. Como comprenderás, sin la mano derecha no podr é volver a operar con precisión.
Emilia se mordió el labio inferior. Sabía que, aunque su primo dejara de trabajar de un día para otro, no pasaría apuros económicos.
Su padre le había legado múltiples propiedades, acciones en Bolsa y dinero líquido y, adem ás, contaba con las tierras de don Bernardo, que algún día volverían a dar frutos.
Y, sin embargo, sintió una punzada de lástima por él.
Toda una vida juntos no podía borrarse de un plumazo.
—Deja de mirarme con pena —le recriminó—. Odio que me tengas compasió n, Emilia.
—No te tengo compasión —mintió—. Todo esto te lo has buscado tú y solo tú. Podías haber muerto por tu terquedad.
—Quizás hubiera sido mejor así.
—No digas tonterías.
—Pié nsalo, Emilia. Si esta fuera una de tus novelas, yo sería el gran perdedor.
Ese personaje secundario que se pasa la vida enamorado de la protagonista, pero que solo recibe sus migajas; ese tipo obsesivo que no acaba bien.
Ese soy yo. Qué equivocado estaba. —Volvió a reír con sarcasmo—.
En La familia Estrada , yo nunca fui Ángel…
¿verdad? Ángel era Á lvaro, tu amado vendimiador. La clave estaba en las iniciales.
—Deja de leer entre líneas, primo. Mis novelas solo son novelas, historias de ficción. Ficción —recalcó—. Puede que me inspire en algunos hechos de la vida real, pero mi mente los deforma hasta volverlos irreconocibles.
Él sonrió de medio lado, casi con suficiencia.
—Para el que no te conozca, tal vez, pero olvidas que yo me he criado contigo.
Emilia desvió la mirada. Sabía por experiencia que el escritor era alguien que quería crear una ilusió n pero que terminaba por plasmar una realidad.
Su realidad. «Cuando uno tiene miedo de lo que escribe, es porque le sale del corazón», decía José de Espronceda, y era cierto que antes de publicar su obra sintió temor de que alguien identificara a su familia con la familia Estrada.
No obstante, el deseo de dar a conocer su historia fue tan fuerte que logró que el miedo se evaporara.
—Emilia —comenz ó a decir él—, no sé si sirve de algo disculparme a estas alturas, pero esta vez te pido perdón desde el corazón.
Lo siento mucho. He sido una mala persona.
He controlado tu vida y no merezco ni que me dirijas la palabra.
Por fortuna, tus sentimientos son demasiado puros y nobles como para que mi mezquindad los manche.
Eres demasiado buena para mí. Siempre lo has sido.
—Enrique…
—Espera, déjame acabar. —Respiró hondo y siguió—: Alguno de los dos se merece ser feliz y esa eres tú .
Creo… creo que tu comandante se va de Chiclana.
Por lo que he averiguado, ha pedido un destino lejos de Cádiz.
Si realmente lo quieres, ve a buscarlo y perdónalo.
Al fin y al cabo, todo lo que ha pasado ha sido culpa mía.
—Se subió al carruaje sin darle tiempo a reaccionar—.
No lo repetiré más. Y no esperes de mí más palabras amables hacia él. Adiós, Emilia.
Enrique dio dos golpes secos contra la portezuela con la palma de la mano izquierda y el carruaje se puso en marcha.
* **
Emilia no supo, hasta que empezó a correr, que le haría caso a su primo. Voló calle abajo hasta el palacete número 18 y allí encontró varios carruajes apostados frente a la puerta. No le sorprendió comprobar que estaban atestados de baúles y muebles.
—¿En qué puedo ayudarla, señorita? —le preguntó una mujer mayor vestida con ropas sencillas.