Tierra de vino y sal 77
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Cuando Emilia vio llegar a Á lvaro a caballo sintió una súbita alegría; una felicidad que duró apenas un instante, porque, si el militar estaba vivo, quería decir que su primo había fallecido.

Detrás de Álvaro venía el coche fú nebre con el féretro. Una imagen grotesca envuelta en las brumas de un día nublado y agrio.

Álvaro se apeó del caballo con el rictus serio. Emilia corrió hacia él y le golpeó el pecho con rabia.

—¡Maldito! ¡Maldito! ¡Lo has matado !

Él la agarró de las muñecas para detener los golpes.

—Tranquila, tranquila —decía, pero ella no lo escuchaba.

—¡Te odio! ¡Te odio! —seguía gritando.

Francisca, unos pasos por detrás, empezó a llorar a lágrima viva.

—¡Ay, el niño Enriquito! ¡Cuando se enteren doña Augusta y doña Gertrudis! ¡Y pobres hijas! ¡Qué pena más grande!

Emilia no pudo soportarlo y se desvaneció en los brazos del comandante.

* **

Un rato después, abrió los ojos en la comodidad de su cama.

La brisa fresca se colaba por el balcón y a lo lejos se oía el canto de los pájaros.

¿Cómo podía haberse despejado tanto la ma ñana?

¿Es que a Dios no le importaban sus siervos?

Parpadeó repetidas veces y distinguió a Francisca a su lado, con un frasquito de sales de amoniaco en la mano.

—Paca… —pronunció con la boca seca.

—Tranquila, niña. Sufrió un desmayo. Está en su habitación.

Emilia apretó los p árpados y liberó un torrente de lágrimas.

—Paca… lo ha matado… —musitó con un quejido, revolviéndose en la cama—. ¿Cómo se lo vamos a decir a las niñas?

—No, se ñorita. El señor Enrique está vivo y fuera de peligro.

Emilia se incorporó como un resorte.

—¿Qué?

—Al parecer, el señor Alcázar desistió del duelo en el ú ltimo momento, pero al señor Enrique no le pareció bien. Intentó disparar al señor Alcázar y el señor Alcázar le disparó en la mano para desviar el tiro.

Emilia se llevó las manos a la frente, aú n mareada. Le costaba tener los ojos abiertos.

—¿Y eso quién te lo ha dicho? ¿Álvaro?

—Sí. Y su mayordomo lo ha confirmado punto por punto. Al señorito Enrique se lo han llevado al hospital de San José, 20 para que le curen la mano.

Emilia se levantó de la cama.

—Tenga cuidado, señorita. Todavía está pálida.

—¿Y Álvaro? ¿Se ha ido? —quiso saber.

—No, señorita. Está abajo, esper ándola en el salón azul.

—Bien.

Emilia bajó las escaleras agarrándose a la barandilla, con el mundo dando vueltas a su alrededor. Abrió la puerta del salón azul como un vendaval. Álvaro estaba de pie con las manos cruzadas a la espalda, junto a su mayordomo.

—Bartolomé, espéreme fuera —ordenó de inmediato.

—Sí, señor. —Salió de la habitación y los dejó a solas.

—Emilia… —empezó él.

—No, Álvaro —lo calló—. S é lo que me vas a decir.

Y no. No tendrás mi perdón. Todo esto se podía haber evitado.

Te supliqué y no quisiste escucharme. ¡Cielo santo, alguno de los dos podría haber muerto!

¿Sabes cómo he sufrido? ¿Sabes todo lo que hubiera sido capaz de hacer por evitar la desgracia?

Las últimas horas para mí han sido una agonía. No creo que pueda olvidarlo jamás.

Él trató de tocarla. Ella se apartó.

—Márchate, Álvaro. Lo nuestro se ha terminado.

El militar apretó la mand íbula y asintió. Caminó con paso firme hasta la puerta, pero antes de irse se detuvo.

—Está bien, Emilia. Me lo merezco y lo acepto, pero debes saber… Debes saber que cuando estaba en Cuba tu recuerdo me salvó. Debes saber que te amo y te amaré siempre.

Ella no lo miró.

Él esperó un instante y, después, abandonó la estancia.

20 . Antiguo hospital de San Fernando (1767-1956), ubicado en la actual plaza de San José.