Tierra de vino y sal 76
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Emilia se pasó la noche dando vueltas y vueltas en la cama y, en cuanto oyó a su primo abandonar la casa en compañía de su padrino, corrió a buscar a Francisca.

Completamente devastada, se abrazó al ama de llaves —su confidente, su amiga, su segunda madre— y la mujer le acarició el cabello con un amor inmenso.

Rezaron largo rato en los pequeños reclinatorios que tení an en el patio, frente a una hornacina con la figura de la Virgen de los Remedios. Cuando la boca se les quedó reseca pararon para tomar una infusión que les templara los nervios.

—¿Sabe, niña? Cualquier otra mujer la envidiaría.

Hay dos hombres, uno rubio y el otro moreno, uno médico y el otro comandante; los dos apuestos, ricos e inteligentes, que están a punto de matarse en su nombre, y, sin embargo…

Sin embargo, no hay nada más trágico que un duelo ni mujer más infeliz que usted en estos momentos.

Emilia lloraba en silencio frente a su tisana.

—Así es, Paca. Todo esto parece muy romántico en las novelas, pero en la vida real es terrible.

—Se limpió las lágrimas con su pañuelo—.

Me siento ligada a esos dos hombres de maneras muy diferentes, y aunque no se merecen mi lástima, no quiero que mueran.

En cierta manera, todos somos víctimas de un mundo encorsetado demasiado orientado a las apariencias y de los roles establecidos.

¿Por qué el destino a veces es tan cruel?

—Hay que confiar en Dios, señ orita. Sigamos rezando.

Se arrodillaron y entrelazaron las manos. Las plegarias escaparon de sus labios mezcladas con la sal de sus lágrimas.

* **

Llegaron al lugar de la cita poco antes de que despuntara el sol y allí ya se encontraban los trabajadores de la funeraria con el coche fúnebre y el ataúd preparado para el perdedor.

Los cuatro hombres intercambiaron saludos y, después, los padrinos —también llamados «segundos »—, se encargaron de revisar las pistolas y de hacer las correspondientes marcas en el suelo.

Por último, el señor Virués repasó las normas: se colocarían espalda contra espalda, darían diez pasos hasta llegar a las marcas, los padrinos silbarían y los duelistas se darían la vuelta y disparar ían al adversario al mismo tiempo.

—¿Preparados, caballeros? —preguntó el administrador de los Espinosa.

Los hombres asintieron y se colocaron en posición.

El roce del cuerpo de su contrincante provocó en Álvaro una gran aversión, pero esta vez no se dejó arrastrar por ese sentimiento y pensó en Emilia.

Se acordó de esa foto suya de cuando tení a diecinueve años; la misma que se había pasado toda la noche contemplando.

Y entonces se dio cuenta de que el ego lo había cegado.

¿Acaso no había visto bastantes muertes en Cuba?

Sabía que arrebatarle la vida a alguien solo traía dolor y que casi nunca servía para algo.

De pronto, dos caminos imaginarios se abrieron ante él.

En el primero, el duelo se realizaba y uno de los dos moría, lo que lo alejaría de Emilia de manera irremediable.

En el segundo, el duelo no tenía lugar, y él y su amada se casaban, formaban un hogar y eran muy felices. De repente, tuvo claro lo que quería.

—Esperen, caballeros —dijo girándose hacia los padrinos—. Este duelo no puede realizarse.

Bartolomé y el señor Virué s se miraron entre sí, desconcertados. Enrique se dio la vuelta, confundido.

—¿Qué sucede? —quiso saber el administrador. Bartolomé, en cambio, se mostró aliviado.

—Sucede que valoro más la vida que el honor. Ya he recibido suficientes medallas y no necesito una más —declaró—. Me he ganado el derecho a vivir en paz y quiero pasar el resto de mi vida junto a la mujer a la que amo.

Álvaro y Enrique se miraron.

—¿Te das por satisfecho? —preguntó el comandante, que extendió hacia el médico una mano en señal de paz.

* **

En realidad, Enrique no quería morir. La vida se le antojaba larga y pesada sin Emilia, pero todavía había cuestiones que lo anclaban a la tierra.

Sus hijas y ese retoño que vení a en camino.

Su amor por la ciencia, y en especial, por la medicina y la cirugía.

Su pasión por montar a caballo. El ajedrez.

La literatura. ¿Merecía la pena perderlo todo por un empecinamiento sin sentido?

Su prima no lo amaba, ni lo haría nunca de la manera que él deseaba.

Como bien había dicho su madre, no se podía tener todo en la vida.

Estaba a punto de darse por satisfecho y bajar el arma cuando las últimas palabras de su oponente reverberaron en su mente «… quiero pasar el resto de mi vida junto a la mujer a la que amo».

¿Por qué?

¿Por qué ese tipo venido a más podría tener lo que él nunca disfrutaría ?

Emilia era su prima, de su familia. La familia que a él le correspondía cuidar como patriarca.

En resumidas cuentas , suya . Si continuaba soltera, él seguiría con su vida como hasta ahora, pero saberla casada y feliz con otro… No, eso no podía soportarlo.

Antes de que su mente tomara la decisió n, dio unos pasos atrás y alzó la mano derecha.

Solo tenía que apretar el gatillo.

Pero entonces, su rival fue más rápido.

Sintió un fuerte dolor que lo hizo perder el conocimiento.