75
Emilia llegó a su casa hecha un basilisco y no por lo sucedido en las viñas. Se lo contó todo a Francisca y la mujer se llevó las manos a la cabeza. No podía creer que a las puertas del siglo xx todavía existieran los duelos.
—Denúncielo a las autoridades, señorita —le sugiri ó.
—No servirá de nada, Paca. Los hombres se tapan estos asuntos los unos a los otros. Y ahora, tanto Álvaro como Enrique tienen dinero para callar la boca de quien haga falta.
—¿Y entonces? ¿Qué podemos hacer?
—Nada, dejarlos que se maten entre ellos, ¡por tercos! —determinó Emilia, ofuscada.
Pero el enfado se le fue pasando conforme transcurrían las horas del día y dio paso a otro sentimiento m ás intenso: el miedo.
La dama no quería que muriera ninguno de los dos.
Álvaro era el amor de su vida, a pesar de ser un necio.
Y con respecto a Enrique, aunque los últimos acontecimientos la habían hecho aborrecerlo, era el padre de sus sobrinas y de un bebé que venía en camino.
No podía permitir que esos niños se quedaran huérfanos solo porque su padre era un terco.
Ca ía la tarde cuando Enrique llegó al palacete acompañado del administrador, quien haría las veces de su padrino en el lance de honor. No parecía arrepentido de su propuesta.
—Ya sé que no quieres que pise tu casa, pero solo será por esta noche —le explicó a Emilia cuando se la cruzó en el pasillo—. Además, puede que a partir de ma ñana no tengas que verme nunca más.
—Estás chiflado —respondió ella sin importarle que el señor Virués estuviera presente.
Francisca mandó a preparar una de las habitaciones para el administrador, pero no para Enrique, que anunció que no pensaba dormir y que pasar ía la noche en la biblioteca.
Las horas se sucedieron, el cielo se volvió oscuro tras las ventanas y en la casa se encendieron velas, candelabros y quinqués.
Cada cual se retiró a sus aposentos, pero Emilia tampoco podía dormir.
¿Cómo iba a hacerlo sabiendo que dos hombres estaban a punto de matarse?
Ni siquiera se desvistió, se colocó un chal sobre los hombros y salió a la calle a hurtadillas, portando un farol.
Por suerte o por desgracia, en el palacete andaban demasiado preocupados y nadie se dio cuenta.
Baj ó por la calle Ribera del Río hasta desembocar en el número 18.
Dio dos golpes de aldaba y el mayordomo acudió a abrir, aunque no vestía como tal.
Emilia supo entonces de qué le sonaba: ese señor había trabajado para su padre en la finca.
—Señorita Espinosa —dijo al verla.
—¿Dónde est á? —preguntó ella sin andarse por las ramas.
—Arriba, en la primera habitación a la derecha. Espero que logre convencerlo de que desista, señorita. Es un disparate.
La dama subió los escalones a toda prisa y encontró a Álvaro sentado en la cama. Limpiaba su pistola con parsimonia, como quien se cepilla las botas.
—No voy a ceder —la saludó él sin levantar la mirada.
—¡Maldita sea, Álvaro, deja a un lado tu orgullo! —le gritó desde el umbral de la puerta—. ¿No te das cuenta de que podrías morir?
Él soltó una carcajada de suficiencia.
—No voy a morir. Soy militar, Emilia. Sé disparar.
La dama caminó hacia él, se arrodilló a su lado y lo obligó a soltar la pistola y a mirarla.
—No seas tan engreí do, Álvaro. En los duelos influye mucho la suerte, o, mejor dicho, la «mala suerte». Te suplico que no le hagas caso a mi primo. Ha… ha perdido el juicio —argumentó Emilia.
—No ha perdido el maldito juicio. Está obsesionado contigo. —Ella agachó la mirada—. No, Emilia. No voy a quedar como un cobarde delante de todo el mundo. He sobrevivido a una guerra, no le tengo miedo a un estúpido matasanos.
Ella resopló y se puso de pie.
—De modo que tú, aquel que tan duramente me juzgó por dejarme llevar por la opinión de los demás, eres ahora quien se preocupa por no ser tachado de cobarde. ¿Quién es el hipócrita ahora, eh?
Él se levantó y se puso a su altura.
—No compares una cosa con la otra.
—¡Es lo mismo! ¡Te importa más la opinión de la gente que la mía! —exclamó, hundiéndole el dedo índice en el pecho, apenas cubierto por una camisa liviana.
Él le agarró la mano con suavidad y le besó el dorso.
— No, mi amor. A mí la gente no me importa, pero tu primo necesita un escarmiento. De lo contrario, no te va a dejar en paz.
Ella se soltó de su agarre, le dio la espalda y se cruzó de brazos.
—Enrique es mi problema y yo sabré cómo librarme de él. No soy una dama en apuros y tú no tienes que ejercer de caballero de brillante armadura.
Álvaro negó con la cabeza y la tomó de los hombros para que se volviera a mirarlo.
—Si vas a ser mi esposa, ese imbécil también es mi problema. —Había dureza en sus palabras.
—¡Es padre! Tiene tres hijas y un bebé en camino. ¿Quieres dejar huérfanos a esos niños?
Álvaro baj ó la mirada y Emilia creyó por un instante que había logrado convencerlo.
—No se quedarán huérfanos. Lo prometo —garantizó.
—Entonces, ¿desistes?
—No puedo, Emilia. Por favor, no insistas.
La expresión de ella pasó de la sú plica a la ira.
—¡Al final eres como todos los demás, Álvaro! Si lo matas, no te lo perdonaré jamás. Olvídate de casarte conmigo.
La muchacha abandonó la habitación y bajó la escalera a toda prisa mientras el mayordomo, desde el rellano, le preguntaba por el lance. No contestó.
* **
Emilia llegó a su casa más enfadada de lo que había salido.
Creía que Álvaro era diferente a los demás caballeros, que entraría en razón y desistir ía del duelo, aunque solo fuera porque ella se lo pedía.
Sin embargo, le dolía comprobar que en ese aspecto era como cualquier otro hombre: el orgullo de macho lo cegaba.
Subió a su habitación y se echó a llorar sobre la cama. No podía permitir que ocurriera una desgracia y, menos aún, que sucediera en su nombre. La culpa no la dejaría vivir. ¿Qu é más podía hacer?
Había llegado el momento de intentarlo con Enrique y ella sabía cuál era la única manera de convencerlo.
Abrió el armario y buscó su camisón m ás atrevido: uno de seda muy fina, casi transparente.
No se lo ponía nunca y si lo hacía, se cuidaba mucho de usar ropa interior gruesa debajo.
Ahora, sin embargo, se desnudó y se colocó la prenda por encima tragándose su pudor.
Se deshizo el moño, dejó caer una cascada de tirabuzones a su espalda y se colocó las pantuflas.
Por último, tom ó el candelero de su mesilla de noche y bajó a la biblioteca. Llamó a la puerta.
—¡He dicho que no quiero ver a nadie! —contestó su primo con la voz pastosa.
Emilia insistió.
—Abre, te lo ruego —pidió— soy yo.
—Vete, Emilia —contestó con melancolía.
—No me iré de aquí hasta que no hable contigo.
Al poco, se oyeron unos pasos tambaleantes que se dirigían a la puerta. Enrique abrió; apestaba a alcohol y a humo de puro. La dejó pasar y caminó delante de ella. Llegó al borde del escritorio, se giró y la enfrentó. La visió n de su prima en camisón lo turbó durante unos instantes.
—¿Qué quieres, Emilia? —espetó.
La dama fue consciente de que la luz de las velas revelaba su cuerpo desnudo bajo la seda y se estremeció.
—¿Así piensas acudir al duelo? ¿Borracho? ¿Tantas ganas tienes de perder la vida?
Él sonrió con desgana.
—No estoy borracho. Solo he bebido un poco, ya se me pasará.
Emilia respiró hondo.
—Enrique, recapacita. ¿Es que quieres dejar a tus niñas huérfanas? ¿Y qué pasa con Gertrudis? ¡Está embarazada! ¿No te importa el bebé?
El cabeza de familia soltó una risa sardónica.
—¿Tan poco confías en mis habilidades que ya me das por muerto, querida prima?
Soy bueno disparando. Fui de caza muchas veces con mi tío Bernardo.
¿No te acuerdas? Y yo siempre me hacía con las liebres má s grandes.
—Caminó en su dirección y Emilia tembló—.
¿Y si el difunto es tu querido comandante?
La dama miró las rosas bordadas de sus chinelas, incapaz de sostenerle la mirada.
—No soy yo el que te preocupa, sino él, ¿verdad?
Ella no respondió.
—¡¿Verdad?! —insistió, alzándole la barbilla.
Para su sorpresa, Emilia le cogió una mano y se la llevó al pecho izquierdo, justo por encima de donde su corazón galopaba a toda velocidad.
—¿Esto es lo que quieres, Enrique? Pues toma mi cuerpo y date cuenta de una vez de que no valgo la pena. Ya te lo he dicho: soy una mujer como cualquier otra.
La respiración de él se aceleró. Sin apartar la mano de su pecho, se pegó a ella y le susurr ó al oído:
—Así que tú, la virtuosa Emilia Espinosa, estás dispuesta a entregarte a mí con tal de que no mate a ese cabrón… ¿O ya no eres tan virtuosa?
La joven tiritaba.
—No lo hago solo por… por él. No quiero que muráis ninguno de los dos. No quiero cargar con esa culpa el resto de mi vida.
Enrique le rozó los labios con los suyos y el cuerpo de Emilia se sacudió.
«¡No!», le gritaba cada poro de su piel y, de repente, comprendió que no podría entregarse a su primo.
Sin embargo, se quedó quieta. Él tiró del lazo de raso anudado sobre su pecho y el camisón resbal ó por su cuerpo dejándola completamente desnuda frente a él.
Enrique la contempló con los ojos inyectados en sangre por el alcohol y el humo del tabaco. Se detuvo en cada recoveco de su anatomía con un deseo inconmensurable, con un anhelo doloroso.
Y luego, se dio la vuelta, anduvo un par de pasos y dio un puñetazo en el escritorio.
—¡Joder! —profirió.
Emilia dio un respingo, asustada, y Enrique empezó a llorar.
Sus hipidos la transportaron a la infancia, a cuando el Quique niño tení a una rabieta y la tía Augusta lo castigaba de rodillas con los brazos en cruz en una esquina del salón.
El caballero se apoyó con las dos manos en el tablero de madera, aturdido.
—Vístete. No te quiero de esta manera, Emilia. ¡Así, no!
Emilia no se lo pensó; se agachó a recoger su ropa de dormir y se cubrió con ella. Él volvió sobre sus pasos con dos zancadas y la cogió del cuello.
—Yo quiero que me ames, Emilia. Quiero que me mires como lo miras a él. —Lágrimas de tristeza terminaban en su boca—. ¡No quiero tus sobras!
Se hizo el silencio durante unos segundos eternos.
—Eso… eso no puedo dártelo —reconoció ella, sin aliento.
Enrique la soltó y abrió la puerta de la biblioteca de malas maneras.
—Pues entonces, ¡vete! ¡Fuera de mi vista!
Ella se marchó llorando, sintiéndose sucia y rastrera. Había hecho todo lo que había estado en su mano para evitar el espanto del duelo; se había humillado y no había servido de nada.
Ya solo le quedaba rezar.