Tierra de vino y sal 74
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Enrique llegó por la tarde a la finca de su abuelo y la visión de las viñas chamuscadas le provoc ó una angustia vital difícil de explicar.

A él nunca le habían interesado los frutos del campo ni el negocio del vino, pero, en el fondo de su ser, sentía que eran sus raíces y contemplar la tierra en ese estado le resultó devastador.

¿Dónde estaría Emilia? Por todos los santos, que estuviera bien.

Francisca le habí a dicho que había partido hacia allí como alma llevada por el diablo y conociéndola, debía de sentirse tan triste como él.

Encontró su caballo atado a una de las argollas de hierro de la pared trasera de la casa, pero junto al animal había otro que no reconoció.

¿Ser ía de algún trabajador de la finca vecina?

Según le habían contado, los jornaleros de Campano habían sido de gran ayuda al evitar que el fuego se expandiera y provocara daños personales.

Y entonces la oyó. Esa risa inconfundible que sonaba a cascabeles. Emilia se estaba riendo, pero ¿de qué? ¿ Con quién? Dejó su caballo apostado en el siguiente anillo de amarre y bordeó la casa en silencio. Se asomó desde un lateral y entonces la vio. O, mejor dicho, los vio.

Un tipo de espaldas a él sostenía a su prima en brazos con soltura y la hacía girar mientras ella reía y agitaba los pies en el aire. Lo mismo que él habí a hecho con ella en alguna ocasión hacía años, antes de que sus sentimientos lo estropearan todo.

Cuando vio el rostro de aquel individuo, lo reconoció al instante: era el comandante Alcázar.

«Hijo de puta», masculló para sí.

Se moría por dentro con cada vuelta que daba la pareja, pero, al mismo tiempo, no podí a dejar de mirarlos. Era desquiciante.

El militar posó a Emilia en el suelo con suavidad.

Se miraron, y Enrique se perdió en el brillo de los ojos de su prima.

Sus pupilas contemplaban a ese pérfido como nunca lo habían contemplado a él: con amor, con pasión, casi con devoción.

Y entonces sucedió lo peor. Ese cabrón le rodeó la cintura con sus manazas, ella se colgó de su cuello y se besaron.

Se besaron.

Se besaron de una manera en la que nunca había visto besarse a dos personas; y menos, en la sociedad de caretas en la que vivían. Se besaron con autenticidad .

Enrique ya no pudo más. La ira le nublaba el entendimiento. La sangre le hervía en las venas. Salió de su escondite convertido en una bestia indomable. El tal Alcázar le daba la espalda y Emilia fue la primera en verlo.

—No… —articuló ella con p ánico en la voz.

Álvaro se giró en el momento justo en el que el puño de Enrique se estampó en su cara.

—¡No! —gritó entonces Emilia llevándose las manos a la boca.

* **

Los dos hombres se golpearon con brutalidad durante unos minutos.

—¡Basta! —gritaba Emilia al tiempo que tironeaba de los brazos de uno y del otro, pero los dos eran altos y fuertes, y ella sola no podía separarlos—. ¡Socorro! —pidió, por si algún trabajador de la finca vecina la oía—. ¡Ayuda, por favor! ¡Se van a matar!

Entre un puñetazo y el siguiente logró situarse entre los dos y extender los brazos. Con una mano tocaba el pecho de Álvaro y con la otra, el de Enrique.

—Por favor, dejadlo ya. Por favor —suplicó.

Los dos hombres, jadeantes, con el labio partido uno y la nariz sangrante el otro, cedieron a las súplicas y se detuvieron.

—Cerdo, hijo de puta —balbuceó Enrique—. ¿Cómo se te ocurre abusar así de mi prima? ¡Es una dama respetable!

Emilia respondió por Álvaro:

—¡Él no ha abusado de mí! ¡Yo lo amo!

Enrique la ignoró.

—Como responsable de ella, me siento agraviado en mi honor —siguió diciendo—. ¡Así que exijo una satisfacción!

Emilia lo miró con horror.

—¿De qué hablas, Enrique? ¡Soy una mujer soltera y puedo hacer con mi vida lo que me dé la gana! Amo a este hombre y me voy a casar con él.

Los ojos de los primos se encontraron. Emilia vio el dolor reflejado en su rostro.

—No solo lo hago por ti, Emilia —improvisó él—. Sino también por Carmencita, mi cuñada. Tengo entendido que este sinvergü enza la estuvo cortejando, y ahora, en vez de cumplirle, se ha dedicado a seducirte a ti. ¡A una Espinosa!

—Yo no estuve cortejando a nadie, maldito imbécil —contestó Álvaro limpiándose la sangre del labio.

—Te reto a un duelo —propuso Enrique mientras Emilia alzaba las cejas—. Podrás elegir el arma: ¿sables o pistolas?

A Emilia le dieron ganas de echarse a reír. Pensó que Á lvaro se negaría y, en cambio, respondió:

—Con pistolas. ¿A primera sangre?

—No, a muerte —respondió el otro.

La dama se llevó las manos a la cara, desesperada.

—¡¿Qué?! ¡Está is locos o qué os pasa! ¡No valgo tanto como para que os matéis por mí! —intentó.

—No es por ti, Emilia. Es una cuestión de honor entre hombres —seguía Enrique, obcecado.

—¡Pues malditas cuestiones de honor! Los duelos está n prohibidos desde hace mucho. Os denunciaré a las autoridades y os encarcelarán —amenazó ella.

—No lo harás —dijeron los dos a la vez.

—Pues claro que lo haré —los enfrentó, mirándolos alternativamente.

—Si lo haces, sé a quién tengo que darle una bolsa de dinero para que cierre la boca —sigui ó su primo.

—¿Mañana al alba? —propuso Álvaro por zanjar el asunto.

La dama seguía sin dar crédito y los observaba con los ojos abiertos de par en par.

—Sí. Aquí mismo. Búscate un padrino.

—Ya lo tengo.

—Bien.

Los dos se evaluaron con la mirada un instante más. Despué s, Enrique se acercó a Emilia y la tomó de la mano con brío.

—Venga, vámonos y no avergüences más a la familia con tu comportamiento —le dijo mientras la arrastraba tras él.

Álvaro la tomó de la otra mano y tiró de ella.

—La señorita se viene conmigo, que soy su prometido.

Enrique soltó una risotada sarcástica.

— ¿Prometido? ¿Eso quién lo dice? Que yo sepa, no me has pedido su mano, y si lo haces, te anticipo mi respuesta: ¡Vete al infierno, desgraciado!

Emilia se zafó de las manos de los dos hombres y sin mirar a ninguno en particular, manifestó :

—Me voy a ir sola. ¡Sola! Estoy harta de los dos. Y si queréis mataros, ¡allá vosotros!

Se alejó de ellos a paso rápido y lo último que oyó antes de girar la esquina para ir en busca de su caballo, fue su nombre. Los dos lo gritaron al mismo tiempo.