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Álvaro tenía que esforzarse por mantener los brazos pegados a los costados para no abrazarla. Verla llorar as í le provocaba una ternura infinita. Emilia lograba despertar en él un intenso deseo de protección que lo arrastraba una y otra vez, como si no fuera más que un guijarro en la orilla.
—Las pérdidas económicas serán cuantiosas y la finca tardará en volver a ser la que era, pero la tierra sanará —argumentó para tranquilizarla.
Se encontraban en el interior de la casa de campo de los Espinosa, en el gran comedor decorado con tapices de escenas de caza y cabezas de toros disecadas. Emilia acababa de dejar la chaqueta de Álvaro en el perchero y ahora se miraban el uno al otro, de pie.
—No lloro por el dinero —respondió ella, que se limpió los ojos con su pañuelo de encaje—.
Es… es por la memoria de mi abuelo. Sé que, si estuviera aquí, se le rompería el alma.
—Las lágrimas brotaban de sus ojos como perlas—.
Parece que todo va mal últimamente, señ or Alcázar.
Todo se viene abajo, se desmorona, se deshace.
Los pilares sobre los que había construido mi vida se caen uno a uno.
Las personas que me rodean me traicionan y quizás me lo merezca.
Aun así, es demasiado… y siento que… que me asfixio…
Se le escapó un quejido y dos nuevos ríos de lágrimas discurrieron por sus mejillas. Emilia estaba desolada y Álvaro se resistí a a envolverla con sus brazos.
—No llores —le pidió, obviando los formalismos—. No llores más, que me partes el corazón.
—Siento incomodarlo, comandante —dijo con un nudo en la garganta.
—No me incomodas. No pidas perdón, por favor.
Al infierno su fachada de frialdad. Se le acercó y alzó un brazo en su dirección, pero no llegó a tocarla. A unos centímetros de su hombro, abrió y cerró la mano para luego dejarla caer.
—Señor Alcázar… —siguió diciendo ella—. También estoy así por usted…
Por… por ti, Álvaro. ¿Para qué has vuelto a Chiclana?
¿Para torturarme con tu presencia? ¿Para hacerme pagar caro mi rechazo?
Me lo he ganado, lo sé. Pero me duele demasiado tu indiferencia.
Ya… ya ni siquiera te gusto, ¿verdad? Ha pasado mucho tiempo y me he arrugado como una uva que se convierte en pasa. Me he vuelto vieja y fea.
Él dio otro paso más hacia ella.
—Por Dios, Emilia, si eres preciosa. —Su voz era casi un susurro.
Ella dejó de llorar un instante para mirarlo con sus ojos grandes y profundos como dos lagos de agua cristalina. Estaban tan cerca y tan lejos a la vez. La dama fue más valiente que él y le rozó la mejilla allí donde le nacía la barba. Él cerró los ojos y se estremeció bajo el contacto.
—No me toques así, Emilia, que me anulas la voluntad —le suplicó antes de cubrir la mano de ella con la suya para pegarla aún m ás a su piel—.
Cuando me hablas así , cuando me miras así , cuando me tocas…
me convierto en un títere en tus manos. Haría cualquier cosa que me pidieras, así fuera bajar al mismísimo infierno.
¿Es que no lo ves? ¿No te das cuenta, Emilia?
¿No ves que he vuelto solo por ti? Para impresionarte, para demostrarte que ahora soy alguien.
Como un idiota, porque eso es lo que soy.
Ella le rodeó el cuello y le acarició la nuca.
—Siempre fuiste alguien. Siempre lo fuiste todo. Y yo… yo te he echado tanto de menos, Álvaro —admitió.
Se alzó y le besó el hoyuelo de la barbilla.
Él no pudo contenerse más. La tomó de la cintura, la atrajo hacia él y empezó a besarla por todas partes. La besó en la frente, en los párpados, en la nariz, en las mejillas. Besó sus lágrimas, que resbalaban en dirección a su barbilla. Aspiró el aroma de su cabello mientras se abrazaban.
—Eres preciosa. Eres preciosa —repetía sin dejar de besarla—. ¿C ómo puedes pensar que no me gustas, si me vuelves loco?
—¿De verdad? ¿Todavía te gusto? —preguntó, apartándolo un poco para mirarlo a los ojos.
—Me encantas. Te adoro. Te amo. Estoy a tus pies. ¿Qué más quieres de mí?
Fue Emilia quien le sostuvo el rostro con ambas manos y lo besó donde él no se atrevía: en la boca.
Al contacto de sus labios, una descarga eléctrica los sacudió.
Profundizaron el beso, pasando de la delicadeza a la desesperación.
Él le ciñó aún más la cintura; ella hundió los dedos en su cabello mojado.
Sus cuerpos estaban muy juntos, pero necesitaban más.
Álvaro la alzó por las caderas y la sentó sobre la mesa del comedor.
—Te quiero. Te admiro. Te deseo —dijo contra su boca.
Ella lo ayudó a deshacerse del incómodo corbatín, que cayó al suelo de cualquier manera, y se desabotonó la pechera del vestido. Con un há bil movimiento se deshizo del corpiño y se quedó en camisa interior, lo que incendió a Álvaro todavía más.
—¿Estás segura de esto, Emilia? —preguntó con la voz enronquecida y los ojos entornados.
—No he estado má s segura de algo en mi vida —aseveró ella, acariciándole la barba.
Él le rozó la mejilla con la punta de la nariz y le susurró al oído:
—¿Sabes, liebrecilla? Ya te he hecho el amor cientos de veces con la mente.
Te lo hice el otro día, cuando llevabas ese vestido rojo que me tenía desquiciado.
Te lo hice cuando te besé la mano en la segunda fiesta.
Te lo hice en la feria, cuando te enfadaste conmigo y me mandaste a paseo delante de todo el mundo.
Ella dej ó escapar una carcajada nerviosa y a él su risa le pareció la canción más bonita del mundo.
—Eso no cuenta, comandante. Yo ni me enteré. Házmelo… ahora .
Álvaro tragó saliva sonoramente.
—Estoy a sus órdenes —dijo con la voz gutural de quien no puede pensar, solo actuar. Le tomó los muslos por debajo del vestido y los abrazó con fuerza a su cintura. La damajuana de vidrio que adornaba el centro de la mesa cayó de lado, rodó por la superficie de madera y se estrelló contra el suelo.
Ella se volvió a ver qué había pasado, pero él la retuvo.
—D éjalo, Emilia —murmuró contra su mejilla—. Que se parta la casa entera. Que todos se enteren de que te amo.
Ella volvió a reír.
Fuera de la casa había dejado de llover y el sol estaba próximo a alcanzar su cenit. Hacía calor, mucho calor, pero ahora el fuego no estaba en los campos, sino en sus cuerpos. Las llamas los consumieron a los dos.
Por fin.
***
Emilia abrió los ojos y se encontró a Álvaro durmiendo junto a ella en una de las camas de las habitaciones para invitados.
Estaba tumbado bocabajo, con la cabeza ladeada en su dirección y respiraba con suavidad, rendido.
Le apartó el flequillo de los ojos y sonrió.
Se sentía dichosa, feliz, plena, a pesar de la desgracia que había ocurrido en las tierras del abuelo.
¿Acaso era egoísta? No lo sabí a, pero no podía evitar sentirse así.
Se había entregado al hombre que amaba por primera vez y había sido maravilloso.
Álvaro había sido delicado e impetuoso a partes iguales y ella no solo se había dado a él sin reservas, sino que había tomado el control de la situació n cuando decidieron repetir.
Se incorporó sobre los codos y vio la cruz de madera que colgaba de su cuello. Después de tantos años, todavía la conservaba. Y entonces se fijó en su espalda. Decenas de cicatrices rugosas y rosadas la surcaban de un lado a otro y le dieron ganas de llorar. Las acarició con suavidad.
—Ya no me duelen —dijo él con los ojos todavía cerrados.
—Yo … lo siento…
—No es tu culpa.
—Sí, lo es. Aquella vez… cuando viniste a buscarme al jardín para que huyéramos juntos, ya te habían hecho esto. ¿Verdad? ¿Quién fue?
Él abrió los ojos y se incorporó con lentitud, recostándose sobre uno de sus brazos musculosos.
—El mismo indeseable que ha quemado las viñas de tu abuelo, pero no hablemos de eso ahora, amor mío —pidió. La tomó de la barbilla y le dio un beso para borrarle la preocupación de la cara.
Emilia se ruborizó, consciente, de pronto, de que estaba completamente desnuda bajo las sábanas.
Ni siquiera ella se había visto as í nunca, pues resultaba impúdico para las damas de la alta sociedad, que, o bien se bañaban por partes en una palangana, o se sumergían en la bañera con un fino camisón por encima.
—Emilia… ¿qué te pasa? ¿Te arrepientes de lo que hemos hecho? —se preocup ó él.
—¿Yo? No. Nada de eso, Álvaro. Al contrario, me siento muy satisfecha. —Rio, azorada—. Es solo que… que me avergüenza mi desnudez.
Él le tomó la mano derecha y le besó los dedos con los que escribía.
—No sientas pudor. Me encanta todo de ti. Eres la mujer de mi vida.
Ella agachó la mirada; le ardí an las mejillas.
—¿Y tú? ¿Me quieres? Dime algo, liebrecilla —quiso saber él—. Que yo no paro de decirte lo que siento por ti y tú no dices ni pío.
Ella soltó una carcajada y fingió pensar.
—Pues claro que te amo —declaró despué s—. Tú también eres el hombre de mi vida. No sabes lo que he sufrido viéndote bailar con todas esas damas coquetas.
Álvaro sonrió de medio lado, se sentó en la cama y volvió a cogerla de las manos.
—Cásate conmigo —propuso de sopetón.
Emilia se solt ó de su agarre con una brusquedad inesperada y la inseguridad se abrió paso entre las grietas del corazón recién compuesto de Álvaro.
—¿Qué pasa? ¿Todavía no soy suficiente para ti? ¿No tengo un apellido lo bastante importante? ¿No te sirve una herencia imprevista, ni el rango que me he ganado en la batalla? —El enfado era palpable, como si la herida del rechazo aún no hubiera sanado del todo.
—No es eso, Álvaro, por favor, es que…
—¿Entonces qué es? Dímelo de una vez.
—Cálmate. Es solo que… que no sé qué esperas de mí.
Yo no soy una mujer como las demás. No sé si sabes que dirijo una tertulia donde nos reunimos varias damas todos los jueves.
Me gusta escribir artículos y novelas. Acudo a eventos sociales y participo en reuniones políticas.
Me interesan la ciencia, la economía, las artes.
Paso mucho tiempo leyendo. No digo que no desee casarme o tener hijos.
Solo quiero que sepas que no voy a renunciar a quien soy, ni siquiera por ti, que eres el amor de mi vida.
Álvaro se relajó y sonri ó con ternura.
—Emilia… Ya sé cómo eres y por eso te amo. Si quisiera una esposa sumisa que se limitara a ordenar el almuerzo y a parir hijos, habría aceptado a cualquiera de esas señoritas que me presentaron en las fiestas.
Ella rio también.
—¿No querrás cambiarme? ¿Lo prometes?
— Escúchame bien, Emilia Espinosa de los Monteros y Robles. Quiero que seas tú por encima de todo, y te ayudaré en lo que haga falta para que consigas tus sueños. Solo quiero que estemos juntos y que compartamos nuestra felicidad, si eso es lo que tú deseas también, claro.
—Por supuesto que lo deseo.
Se besaron, esta vez con más énfasis.
—Entonces, señorita Espinosa, aqu í y ahora, le pido que se case conmigo. ¿Me haría el honor de convertirse en mi esposa?
Ella empezó a llorar y a reír a la vez.
—Sí. ¡Sí quiero!
Se abrazaron bajo las sábanas y el roce de sus cuerpos desnudos hizo que se encendieran de deseo al instante. Las llamas los consumieron de nuevo.
* **
Salieron de la casa de campo después de comerse un par de manzanas rojas, como Adán y Eva justo antes de ser expulsados del Edén. Cogidos de la mano, no podían dejar de sonreír. Sin embargo, Álvaro necesitaba saber algo.
—¿A quién le tengo que pedir tu mano? —preguntó—. ¿ Al mequetrefe de tu primo? No lo soporto.
—No hace falta que se la pidas a nadie. Yo decido por mí. —La muchacha lo miró a los ojos con determinación.
—Ya, pero la costumbre dice que…
—Al cuerno la costumbre —lo cortó.
Él asintió.
—Me alegro. Ese maldito lechuguino me cae peor que mal.
—Se detuvo y le acunó el rostro entre las manos para acariciarle las mejillas con los pulgares—.
Lo siento si te molesta, cariño, pero cada vez que lo he visto me ha parecido un moscardón sobrevol ándote.
Seguro que es uno de esos tipos que se creen con derecho a gobernar las vidas de todas las mujeres de su familia.
Emilia se mordió la lengua para no darle la razón y, aunque una angustia repentina se apoderó de ella, la arrinconó en lo más profundo de su corazón.
Se sentía plena después de mucho tiempo y no quería que nada arruinase ese instante.
Él la cogió en brazos y se puso a girar mientras ella reía y reía.
Ninguno de los dos oyó el sonido de los cascos del caballo que se aproximaba.