Tierra de vino y sal 72
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Segú n indicaba su flamante reloj de bolsillo, Enrique llevaba ya tres cuartos de hora esperando a que su esposa eligiera un nuevo sombrero.

Sentía tantas náuseas que parecía que quien estaba embarazado era él y no ella.

Ir de compras con Gertrudis lo desesperaba, y las niñas, del aburrimiento, se volvían alborotadoras y traviesas.

—Querida, llévatelos todos si quieres, pero termina de una vez —le pidió. Después, con la pequeñ a en brazos, separó a sus dos hijas mayores, que habían pasado de probarse horquillas una a la otra a tirarse de los pelos.

—Cállate, Enrique, y no te quejes más. Para una vez que vienes… —le replicó la Condesita mientras se contemplaba en el ornamentado espejo de la sombrerería gaditana. Sentada en una coqueta silla Luis XV, no tenía ninguna prisa por acabar.

«¿Una vez?», pensó él. La hab ía acompañado infinidad de veces. De hecho, era lo único que hacían cuando Enrique no trabajaba y salían a pasear «en familia».

—¿Es que no ves cómo se están portando las niñas? —le hizo ver.

—Eso te pasa por no dejarlas con la institutriz.

La Condesita se quitó el gorro capota y le pidió a la dependienta que le pasara uno tipo bonete.

—¡Querían venir con nosotros! —respondió él, levantando demasiado la voz—. Son tus hijas, dios mío. ¡A veces parece que te molestan!

La dependienta se limitó a alzar las cejas, pero dejó al matrimonio discutir a sus anchas; al fin y al cabo, luego tendrí a cotilleos frescos para compartir con otras clientas.

—No digas sandeces, Enrique. ¿Cómo me van a molestar mis propias hijas? Me parece bien que vengan, pero debería habernos acompañado madame Lini. —La dama se ató el lazo de seda bajo el mentón y negó con la cabeza—. No. Me hace una cabeza muy ahuevada —añadi ó para sí.

A la pequeña le dio entonces por dar manotazos a su padre, que, ofuscado, respondió:

—No soporto a esa vieja estirada, siempre pegada a nuestros talones y regañando a las niñas en el idioma del enemigo.

La Condesita rio con sarcasmo.

—El francés es el idioma de la diplomacia. Se habla en todas las familias de bien.

—Pues a mí no me agradan los gabachos. ¿O es que todo el mundo se ha olvidado ya del asedio francés? —dijo acordándose de uno de los episodios históricos favoritos de Emilia.

Su esposa volvió a reír sin dejar de contemplar su reflejo.

—Ay, querido. Qué tendrá que ver la pobre madame Lini con Napoleón. Parece mentira que se te dé tan bien el bisturí y tan mal la educación de tus hijas.

La dama soltó el sombrero y le hizo un gesto a la vendedora para que le pasara el siguiente. A Enrique le pareció que lo hacía a propósito, solo para fastidiarlo. Ya no pudo más.

—Mira, Gertrudis. Ahí te quedas. Voy a llevar a las niñas a casa de mi madre y luego me marchar é a Chiclana —la informó. Miró a la tendera y añadió—: Señora Brenes, envíeme luego la factura, por favor.

La mujer asintió.

—Claro, señor.

Con una niñ a en brazos y las otras dos de la mano, Enrique avanzó hacia la puerta del local. Estaba a punto de poner un pie en la calle Ancha, cuando la voz de su esposa lo hizo detenerse:

—¿Otra vez vas a visitar a tu querida prima? Cualquiera diría que te traes algo con ella.

Una lluvia suave y fina empezó a caer sobre los ventanales. El médico no se volvió a mirar a su esposa.

***

—¡Padre, llévenos con la tí a Emilia, por favor! —gritó Mili un rato después.

—¡Sí, sí, con la tía! —corearon la mediana y la pequeña.

No. No lo haría. Enrique no pensaba volver a poner un pie en el palacete de su tío Bernardo mientras pudiera evitarlo. Pero la finca era otra cosa. Y con el cambio de administrador, todav ía quedaban muchos asuntos por cerrar.

Había llegado a casa de doña Augusta hastiado y enfadado, y al cruzarse con la institutriz, no había dudado en darle la tarde libre con tal de quitársela de en medio.

—Padre, por favor, llévenos con la tía —repitió Mili por última vez.

—He dicho que no voy a ir a casa de la tí a, Mili. No insistas más. —La empujó suavemente por los hombros—. Y ahora, ve con tus hermanas a la cocina. Las criadas han preparado chocolate y bizcocho.

Doña Augusta salió a recibirlos envuelta en un chal. Tan delgada como estaba, era todo joyas, nariz y manos cadavéricas.

—¿Y tu esposa? —preguntó mirando a todas partes.

—En la sombrerería —contestó antes de desplomarse sobre un sillón orejero.

—¿La has dejado sola? ¿En su estado? —le reprochó la matriarca—. ¿Cómo se te ocurre, Enrique?

Él se sirvió una copa de coñac de la licorera que tení a al lado, sobre una mesita de café.

—No estaba sola. Estaba con la señora Brenes. Y fuera la esperaba Almudena, tu nueva criada: la misma con la que me acosté ayer en la cochera.

Su madre se acercó a él y le quitó la copa de las manos de malas maneras.

—¡Casquivano descarado! ¡Encima presumes de tus infidelidades! —exclamó—. Seguro que has discutido con tu esposa delante de la señora Brenes y ma ñana todo Cádiz sabrá que tu mujer y tú no os lleváis bien. ¡Esa dama es una metomentodo!

Enrique se puso de pie y la encaró.

—¿No decía que a estas alturas de la vida ya no le importaban los chismes? ¿Acaso no despedimos al capataz porque ya no la atemorizaba que pudiera extorsionarla? D ígame, madre, ¿qué sabía ese señor que usted no quería que saliera a la luz? ¿Por qué la chantajeaba?

La mujer empalideció. Y entonces fue ella quien tomó asiento en el sill ón orejero que su hijo había dejado libre.

—Secretos de familia —susurró, perdida en sus propios recuerdos.

—¿Qué secretos? —quiso saber él—. ¿Algo que tuviera que ver con mi tío, con mis primas, con usted…?

La mujer apretó los labios, como si temiera que se le escaparan las palabras de la boca.

—¡Hable, madre! Tengo derecho a saberlo. Sobre todo, si el capataz ahora se pone a hablar. Soy el cabeza de familia, tengo que saber có mo defender mi apellido.

Doña Augusta resopló.

—Es sobre tu prima.

A Enrique comenzó a parpadearle el ojo derecho de manera involuntaria. Su intuición le decía que se preparase para una revelación que no le iba a gustar.

—¿Qué prima? —rugió.

Su madre negó con la cabeza, haciéndose de rogar. Parecía valorar el impacto que sus palabras iban a tener en su hijo.

—Emilia —soltó.

—¿Qué pasa con Emilia? —Apoyó las manos sobre los brazos del sillón orejero con aire intimidante —. ¡Hable de una vez!

—Anduvo de amorí os con un muchacho de baja estofa.

—Enrique pasó del enfado a la sorpresa y de la sorpresa a la cólera—.

Pero como sigue siendo una loca rebelde y solterona, además de escritora, ya poco me importa su reputación.

Con suerte, para cuando tus niñas estén en edad de casar, nadie se acordará de eso.

Y nuestra Isabelita es tan buena niña que no tendrá por qué sufrir su misma mala suerte. Nada puede salpicarla…

Doña Augusta hablaba y hablaba, pero Enrique ya no la escuchaba. Se paseaba de un lado a otro del salón como una bestia enjaulada.

—¿Cuándo fue eso? ¡¿Cuándo?!

Su madre se levantó.

—Hace mucho tiempo, hijo… Ella tendría unos veinte años.

Enrique la tomó de los hombros y la zarandeó.

—¡¿Antes o después de que yo le propusiera matrimonio?!

—Tranquilízate, hijo. No lo sé… por esas fechas. Pero eso ya pasó. El vendimiador se llevó un buen escarmiento y desapareció de Cádiz y tú… t ú te casaste con una dama de alta cuna.

—¿Vendimia… qué? ¿Emilia me cambió por un peón?

Doña Augusta negó con la cabeza.

—No te cambió por nadie. Recuerda que sigue soltera. Y así seguir á. —Y añadió—: Mientras que tú eres un respetable padre de familia.

Enrique no hallaba consuelo. Se sentía traicionado por su prima y por su madre. Ninguna de ellas le había hablado de los verdaderos motivos por los que había sido rechazado. Ahora lo comprendía todo.

—¿Quién m ás lo sabía? ¡¿Quién más?!

—Nadie más, hijo. Solo… bueno, tu tía Prestola y yo.

—Y el capataz.

—Sí, y el capataz. Pero tu tío Bernardo, que en paz descanse —se santiguó— , jamás se enteró.

—¿Quién es él? ¿Lo conozco?

—Claro que no, hijo. Era un simple trabajador, un pobretón como tantos otros…

No. Enrique conocía a su prima lo suficiente como para saber que no se enamoraría de un hombre «como tantos otros ».

Aquel tipo tuvo que ser especial . Destacar de alguna manera sobre los demás.

Y no pudo ser un inculto, un analfabeto.

No es que Emilia fuera elitista, pero sí demasiado inteligente como para arrebujarse con uno de esos brutos que solo habrían querido revolcarse con ella en el campo.

De repente, un recuerdo se abrió paso. En la fiesta en honor a su colega, el médico Francisco Velasco, alguien ¡ comentó que corría el rumor de que el nuevo vecino de Chiclana, ese tal Alcázar, hab ía sido vendimiador antes de heredar su fortuna.

Nadie le dio crédito al malintencionado chisme, por supuesto.

Pero para él empezaba a tener sentido. Por eso su prima se puso tan nerviosa con la llegada del nuevo dueño del palacete número 18.

—No tan simple, madre. Creo que ese tipo ha vuelto a por Emilia —dijo apretando los puños y la mandíbula.

—¿Cómo? ¿De qué estás hablando, hijo?

No pudieron seguir con la conversación, el mayordomo de doña Augusta entró en el salón con un papel en la mano.

—Disculpen la interrupción. Ha llegado un telegrama para el señor.

Enrique tomó el mensaje que le tendí a y le dio las gracias. Después, lo desdobló bajo la atenta mirada de su madre.

—Hijo de puta —musitó arrugando el papel.

—¿Qué ha pasado? —quiso saber la matriarca.

Enrique la miró con ojos de espanto.

—Juan Morales ya se ha vengado de nosotros.