71
Álvaro llevaba un buen rato buscando a su tío Román, hasta que por fin lo halló sentado en una silla de enea a la puerta de la casa. Tomaba el fresco de la mañana y trenzaba una cesta de esparto de la que apartaba la mirada de tanto en tanto para observar el curso del río.
—T ío, lo estaba buscando —dijo a modo de saludo.
—Sé lo que me vas a decir —contestó el mayor—. Ahora somos de la alta sociedad y no es adecuado que esté aquí fuera haciendo una cesta. Pero ¿sabes qué, Álvaro? Para que mis costumbres cambiaran tendría que nacer de nuevo.
El comandante soltó una carcajada.
—No voy a regañarle, tío. Lo conozco lo bastante como para saber que usted va a hacer siempre lo que le venga en gana.
—Así es —contestó, y sonrió por primera vez en mucho tiempo.
Álvaro se sentó en el primer escalón de entrada a la casa y le hizo compañía.
La forma en la que los chiclaneros trenzaban el esparto para crear todo tipo de objetos —desde esterillas y persianas andaluzas hasta fundas para damajuanas, cestas, capachas, alpargatas y cinturones— siempre le habí a parecido, más que un oficio, un arte.
Una forma de darle a la naturaleza una segunda vida.
Tío y sobrino se sumieron en sus propios pensamientos y Álvaro fue consciente de que no había nada más relajante que el silencio compartido.
La brisa que traía el río resultaba agradable y a lo lejos se oían las gaviotas peleando por un trozo de pan.
Sin embargo, la paz les duró apenas un instante porque a los pocos minutos les llegaron retazos de una conversació n que un par de hombres mantenían a viva voz en la acera de enfrente.
—Todo ha quedado arrasado por el fuego —dijo uno.
—Vienen malos tiempos para la familia —le respondió el otro.
—¿Más malos aún? Se dice que la situación económica de los Espinosa ya no es tan boyante, sobre todo para la señorita Emilia, que sigue soltera.
Al oír aquello, Álvaro enseguida se puso en pie. Llam ó a un chiquillo humilde que correteaba por la calle haciendo bailar una vieja peonza y le dio una moneda prometiéndole más si escuchaba la conversación. El niño aceptó encantado y al poco regresó con las novedades.
—Alguien ha quemado las viñas de los Espinosa —informó casi sin respiraci ón.
Román dejó la cesta de esparto y se puso de pie también. De un momento a otro, su rostro se había contraído por el espanto.
—Todos sabemos quién es ese alguien —murmuró Román con la mirada perdida en sus recuerdos.
—Deb í matar a ese desgraciado cuando tuve la oportunidad —se lamentó Álvaro. Después, ignorando las advertencias de su tío, pidió a Miguel que le ensillara un caballo.
***
Álvaro cabalgó después de muchos añ os hasta la finca Espinosa.
Mientras el caballo hundía los cascos en la tierra del camino, los recuerdos se agolpaban en su mente: se vio a sí mismo con la capacha de esparto colgada del hombro, listo para empezar la faena; subido a la carreta de Bartolomé tras una larga jornada, lavándose el pecho a jicarazos encontrándose con el rostro de Emilia por primera vez.
La añoranza se intensificó cuando bajó de la montura y atravesó la imponente verja de entrada.
Avanzó por el sendero jalonado de eucaliptos, que le parecieron más maduros y altos de lo que recordaba, y llegó hasta la casa de campo.
Se situó en el punto más elevado del terreno y contempló la devastación.
Las estacas de madera, a las que hasta hacía unas horas las plantas se habían abrazado con sus fuertes zarcillos, estaban chamuscadas y medio consumidas.
Las cepas calcinadas le parecieron esqueletos, y la tierra, antes albariza y blanca, se había convertido un cementerio de cenizas.
¿Cuá ntas veces se había agachado junto a las vides para cortar los racimos de uvas mientras Miguel le contaba alguna anécdota rocambolesca y lo hacía reír?
Qué lejano le parecía todo aquello.
El paisaje ya no era el mismo. Él ya no era ni la sombra del que fue y, sin embargo, sus sentimientos hacia Emilia se mantenían intactos a pesar de todo. ¿C ómo era posible?
La divisó a lo lejos. Hablaba con unos trabajadores de los terrenos colindantes y con un señor entrado en años y pintas de abogado. Parecía tan devastada como los campos. También ella había llegado demasiado tarde.
Con paso decidido, caminó en su dirección.
Al sonido de sus botas sobre la tierra, Emilia le devolvió una mirada de ojos arrasados por las l ágrimas que lo desarmó por completo.
—Señorita Espinosa —la saludó con una leve inclinación de la cabeza.
—Señor Alcázar —contestó ella, compungida.
Sintió unas poderosas ganas de abrazarla, pero se contuvo.
Por fortuna, ella no parecía molesta con él por su desencuentro en la feria y hasta le presentó a su nuevo administrador, un tal Cristóbal Virués, que le estrechó la mano.
Después, Álvaro compartió unas palabras con los trabajadores de Campano, analizando lo que estos le explicaban.
Todo indicaba que alguien hab ía prendido fuego a las vides al anochecer, pero nadie había presenciado la escena; solo habían alcanzado a ver las llamas devorando las tierras.
Además, acababan de encontrar damajuanas de vino regadas por todas partes, y, sin embargo, la cerradura de la casa no había sido forzada, lo que significaba que el autor del incendio había sido alguien de confianza.
Por si fuera poco, había pisadas de botas que atestiguaban unos pies grandes y un cuerpo pesado, a juzgar por lo profundas que eran.
El capataz no solo no se había molestado en ocultar las pruebas del delito, sino que había dejado su firma.
—Ha sido ese cabrón de Juan Morales — aseveró Álvaro, poniendo en palabras lo que todos pensaban—. Hay que denunciarlo a las autoridades antes de que logre escapar. ¿Adónde puede haber ido?
—Tenía una sobrina en Jaén, señor —apuntó uno de los trabajadores, que lo conocía bien—. Quizás haya marchado hacia allá .
El administrador se ofreció a poner él mismo la denuncia, y Emilia le dio las indicaciones oportunas. El caballero partió enseguida a lomos de su caballo.
—Lo siento mucho, señorita Espinosa —dijo Álvaro cuando se quedaron a solas.
—No es culpa suya —respondió ella mientras caminaba entre lo que quedaba de las cepas. Casi nada se había salvado. La dama se agachó a recoger un pequeño racimo que hab ía salido indemne y lo contempló largo rato mientras él la contemplaba a ella.
—El culpable pagará. Si no se encargan las autoridades, lo haré yo. Lo buscaré hasta debajo de las piedras —prometió.
Emilia estaba perdida en sus propios recuerdos.
—Una vez alguien me enseñó a vendimiar —comenzó a decir.
Álvaro trag ó saliva y se tensó—. Si… si todos supiéramos trabajar la tierra, valoraríamos aún más sus frutos, la copa de vino que acompaña nuestras comidas, el dinero que ganamos con su venta y que a veces gastamos sin pensar. ¿No cree, señor Alcázar?
—Sí… por supuesto —logró articular él.
De repente, Álvaro sintió que pequeñas gotas impactaban contra su rostro y sus manos.
Alzó la mirada al cielo y se dio cuenta de que había comenzado a caer una lluvia de verano dulce y fresca como las lágrimas de Titania, la reina de las hadas.
Una lluvia sanadora que, no obstante, llegaba demasiado tarde.
— Debería ponerse a cubierto, señorita Espinosa —hizo notar.
La dama, absorta en las pequeñas uvas que sostenía entre los dedos, le devolvió una mirada de extrañeza. Luego imitó su gesto y alzó la vista al cielo para después bajarla hacia sus propias ropas. Se estaba empapando.
—Perm ítame, por favor —se ofreció él, que se deshizo de la chaqueta y se la colocó sobre los hombros.
Ella se dejó hacer.
—Gracias, señor Alcázar. Acompáñeme a la casa.