Tierra de vino y sal 70
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¿Sería Juan Morales? ¿El señor Ramiro Aguirre? ¿Su primo? ¿Quizás Álvaro? Si se paraba a pensarlo, tenía cuentas pendientes con los cuatro caballeros.

Fue el ama de llaves quien abrió la puerta e intercambió algunas palabras con un hombre que parecía muy agitado. Emilia acudió a ver de qué se trataba todav ía con un par de velas en las manos.

—¿Qué sucede? —preguntó.

—Ay, niña… Alguien ha prendido fuego al viñedo —le respondió Francisca.

Un temblor recorrió a la dama de pies a cabeza.

—¿Qu é?

Esta vez fue el hombre el que respondió:

—Sí, señorita. Yo soy un trabajador de Campano. Vimos el fuego a primera hora de la mañana y corrimos a apagarlo, pero me temo que llegamos tarde. Sus viñas han sido arrasadas.

—No… no puede ser —logró articular. Las velas se le cayeron de las manos y se partieron por la mitad contra el suelo.

—He venido a avisarles todo lo rápido que he podido —sigui ó diciendo el hombre, que se veía acalorado por el esfuerzo de venir cabalgando tan rápido.

—Dios mío. Dios mío —repetía Emilia—. No puede ser…

Su primo era el heredero de los Espinosa, sí, pero él tenía su propio dinero.

Era Emilia quien se manten ía gracias a los frutos de la tierra con los que pagaba al servicio y sufragaba los gastos que suponía mantener un palacete como el suyo.

Una cosa era que los ingresos hubieran menguado en los últimos años y otra muy distinta, perderlo todo.

—Paca, dile a Pascual que ensille mi caballo, por favor —pidió.

—Chiquilla, ¿cómo va a ir allí usted sola? Este es un asunto de varones. Espere a que le mande un telegrama al señor Enrique, por favor.

—No hay tiempo. Tengo que irme. Quizás todavía quede algo que salvar —contestó ella.

Corrió a su habitación a por su sombrero y sus guantes y luego bajó a por su caballo. Lo último que oyó antes de marcharse a galope tendido fue que Francisca ordenaba a la criada que se acercara a la oficina de telégrafos de la calle de la Vega.