Tierra de vino y sal 69
87%

69

Juan Morales había entregado su vida a los Espinosa, tanto así que no se sabía dó nde terminaba él y dónde comenzaban sus señores.

Empezó trabajando para el gran patriarca —el abuelo don Bernardo— cuando era apenas un chiquillo de doce años.

Luego continuó bajo el mandato de don Bernardo hijo, que lo ascendió a capataz cuando ese pusilánime de Román se fue, y ahora, despu és de tantos años, el señor Enrique lo echaba a patadas sin merecerlo.

Era cierto que las cuentas no se le daban demasiado bien y que, a veces —solo a veces—, inflaba los gastos para quedarse con una parte del dinero de sus señores y meterlo en su caja de ahorros, pero en la finca no había habido jamás empleado más entregado, más fiel, más leal que él.

¿Así le agradecía la estirada de doña Augusta sus desvelos?

¿Así le pagaba que hubiese guardado los secretos más turbios de la familia?

Y su sobrina, la solterona, tampoco había hecho nada por evitar su despido.

«Nido de arpías» , pensó mientras cabalgaba a matacaballo rumbo al cortijo de los Espinosa. Era noche de luna llena y no le costaba seguir el camino; en poco tiempo estaría allí.

«Ahora vais a saber quién es Juan Morales».

Le habían pagado una buena indemnización y tenía bastante dinero ahorrado como para empezar una nueva vida en cualquier otra parte, incluso como para comprar sus propias tierras.

Sin embargo, cuando una persona pasaba tantos años en un lugar, desempeñ ando un mismo oficio, le resultaba imposible cambiar de propósito.

¿Y si se iba a Jaén y le hacía una visita a su sobrina Candela?

La muy casquivana había logrado casarse bien después de acostarse con medio pueblo y ahora era la esposa de un hombre tonto y manipulable y la madre de varios críos que podrían llamarlo «t ío-abuelo».

«Sí, cambiaré las viñas por los olivos, pero antes arderá Troya».

Apareció ante él el camino de tierra que conducía a la propiedad de los Espinosa, iluminado ahora con un farol, y se detuvo un instante.

La imagen de Álvaro tirado en el suelo con la espalda sangrante le vino a la memoria.

¿Por qué había regresado ese infeliz? ¿Para recordarle lo que nunca podría tener, lo que la sociedad le había negado?

Por más que pasara las noches en lo de doña Rosita, é l era un desviado , y así sería hasta el fin de sus días.

Y lo peor era que seguía enamoriscado del vendimiador.

El condenado cura lucía más atractivo que nunca y estaba claro que él solo le provocaba repulsión . Si jamás podría tener su amor, entonces tendría su odio. Por eso disfrutaba provocándolo; hiriéndolo, ya fuera física o verbalmente.

Apartó aquellos pensamientos de su mente y apretó la cabalgada para recorrer los últimos metros. Recogería sus pertenencias, tal y como le había dicho a doña Augusta, pero haría algo más.

Traspasó la entrada, y al llegar a la casa de la familia, se apeó de su montura todo lo rápido que sus cien kilos de peso le permitieron.

Despué s, ató las bridas a uno de los aros metálicos de la pared.

Usó su llave para abrir la puerta del servicio y entró en la cocina.

Aquello no era Campano, la finca colindante, donde los trabajadores residían, además de trabajar.

Sabía que a esas horas las empleadas no estarían allí y se sintió confiado.

Prendió la vela de un candelero y fue sacando todas las damajuanas de vino que encontró.

Las vides dormían silenciosas, preparándose para pasar un largo verano después del cual darían sus mejores frutos: unas uvas palomino de un verde reluciente con el que se elaboraría un mosto exquisito que haría subir los beneficios del negocio.

No. Este año no habrí a cosecha.

Roció todas las cepas y luego les prendió fuego. No era la primera vez que hacía arder un viñedo y, sin embargo, contempló las llamas con tal fascinación que nadie hubiera pensado que ya lo había hecho antes.