68
Álvaro había regresado a Chiclana solo para vengarse de quienes le habían hecho daño —o eso era lo que se decía a sí mismo—, y, sin embargo, todavía no había hecho grandes avances, salvo asistir a fiestas, tratar a Emilia con desdén e indagar sobre Juan Morales.
Hab ía llegado la hora de pasar a la acción.
Pasó la tarde de taberna en taberna, preguntando dónde podía encontrar al antiguo capataz de los Espinosa, pues había oído que lo habían despedido, pero nadie supo arrojar luz sobre su paradero.
Por fortuna, cuando estaba a punto de darse por vencido, alguien señaló que quiz á lo hallaría en la casa de citas de doña Rosita, de la que era un cliente asiduo.
Esa noche, el comandante Alcázar entró con decisión en el establecimiento y tomó asiento en una de las mesas.
Los gruesos cortinajes de color bermellón opacaban las ventanas y la penumbra invitaba a desinhibirse.
No obstante, el militar odiaba aquellos lugares en los que se trataba a las mujeres como mercancía.
La camarera le trajo una copa y enseguida se vio asediado por varias chicas que le ofrecieron sus servicios de buena gana.
Las rechazó con cortesía, y, con unos billetes bajo la mesa, les preguntó por Juan Morales.
Una de ellas le confirmó que se encontraba en una de las habitaciones de la planta superior, así que se quedó a esperarlo.
A eso de la una de la mañana, el orondo capataz bajó las escaleras con paso lento y pesado. Más que satisfecho, parecía amargado. Su mirada se cruz ó con la de Álvaro y se le descompuso el gesto. Se pasó la lengua por los labios resecos y tragó saliva.
—¿Al… Alcázar…?
— Comandante Alcázar para ti, sucia rata —corrigió el militar desde la mesa sobre la que habí a estado tamborileando con los dedos hasta hacía un instante.
Juan Morales sonrió con lascivia.
—Había oído hablar de ti, pero no podía creer que el nuevo vecino rico de Chiclana fueses tú. —Su sonrisa se amplió—. ¿ Te supieron a poco los latigazos que te di y has venido a por más?
Álvaro se alzó con tal brusquedad que la silla cayó hacia atrás. Cogió a Juan Morales por el cuello y lo pegó contra una pared. Las prostitutas de las mesas adyacentes emitieron grititos de sorpresa y algunos clientes se pusieron en pie.
—Vamos, mátame. Ya no me importa —lo retó el capataz.
Álvaro le apret ó la tráquea con fuerza y la nuca del hombre se pegó aún más a la pared. El militar tenía la mano grande y, aun así, apenas lograba abarcar el cuello ancho entre la papada de su antiguo jefe.
—No, cerdo hijo de puta. No te mataré. Pero sé que ensucias todo lo que tocas; que eres un fullero, un chivato, un ladrón y un desalmado.
Llevo tiempo investig ándote y te tengo pillado.
—Apretó un poco más, dejándolo casi sin respiración y despertando una nueva oleada de gritos ahogados—.
Pagarás por cada latigazo que me diste y por arruinarle la vida a mi tío.
Aunque te juzguen por otros motivos, tú sabrás que es por lo que nos hiciste.
Juro que acabarás tus días en la cárcel —sentenció.
De repente, doña Rosita se les acercó. La mujer, que ya rondaba los sesenta años, y más que una «rosita» naciente era una rosa ya marchita, aún conservaba su voz sensual y firme.
—Señor Alcázar, ¿tiene algún problema con el señor Morales? —preguntó—. Si es así, le ruego que lo resuelvan fuera de mi casa. Este es un lugar tranquilo y est á usted asustando a las muchachas.
Álvaro aflojó por fin la mano que atenazaba la garganta de sapo del capataz. Ya se daba la vuelta cuando oyó a Juan Morales decir:
—Te vistas de seda o de uniforme, siempre serás un curita arrepentido al que mi ama rechazó.
Nadie lo vio venir. De dos zancadas, el militar estampó el puño contra la nariz chata del capataz, que empezó a sangrar profusamente.
—¡Señ or Alcázar! —gritó doña Rosita.
Álvaro la ignoró y sentenció a Morales.
—Pagarás caro todo lo que has hecho, cabrón.
Despué s, dejó unos billetes sobre la mesa en la que había estado bebiendo —más que suficientes para pagar la cuenta— y se marchó del establecimiento con paso marcial.