Tierra de vino y sal 67
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Emilia pasó la tarde caminando por los alrededores del palacete hasta que vio que el carruaje donde viajaban su tía y su primo se alejaba rumbo a Cádiz.

Francisca la interrogó a la vuelta, por supuesto.

Que dónde había estado, que por qué se había ido a la carrera, que por qué el se ñor Enrique parecía tan devastado.

Ella se limitó a decirle que habían discutido, pero no quiso entrar en detalles.

—Le han traído esta carta —le dijo el ama de llaves después, entregándosela.

A Emilia se le aceleró el corazón en contra de su voluntad. ¿Sería de Álvaro? ¿Acaso pensaba devolverle la visita a estas alturas? No lo veía presentándose en su casa con una botella de vino y un pastel.

—Gracias, Paca.

Subió a su habitación y tomó asiento en su escritorio secreter. Rasgó el sobre con el abrecartas de plata y extrajo la nota.

Mi bella andaluza:

Antes que nada, quisiera disculparme con usted.

Fui un necio y un cobarde hace cinco años, al marcharme sin siquiera despedirme y, sobre todo, después de haber estado cortejándola.

No debí hablar de mis intenciones con su primo Enrique antes que con usted.

Las costumbres pesan, pero si me hubiera esforzado en conocerla lo suficiente, habría sabido que no es de esas damas que necesitan de la aprobación ajena para tomar una decisión.

Por mi parte, debo decirle que mis sentimientos no han cambiado. Sigo enamorado de usted como el primer día, y si usted me permitiera visitarla de nuevo, me gustaría pedirle matrimonio tal y como se merece.

Quedo a la espera de su respuesta.

Con todo mi amor,

Ramiro Aguirre Sandoval.

Emilia dobló la misiva y la guardó en el sobre.

A buenas horas le llegaba una propuesta de matrimonio: justo cuando menos interés tenía en casarse.

Hubo un tiempo en que deseó ser como las demás, tal y como lady Elliot le habí a recomendado: una amante esposa, una buena madre, una señora más en la sociedad del siglo xix .

Pero ahora le importaba un pimiento quedarse soltera.

Más bien al contrario, disfrutaba de su soledad.

Le gustaban los hombres —uno, en concreto, para qué engañarse— y no quería irse al otro mundo sin haber probado el fruto prohibido; pero ya no sentía esa angustia vital, ese anhelo por dar el «sí quiero» en un altar. Ahora comprendía que, por encima de todo, estaba su libertad.

«Tarde. Es demasiado tarde, señor Aguirre», pensó.

¿Qué le diría al mexicano?

A veces no responder ya era una respuesta.