66
Enrique vio salir a Emilia y se dej ó caer de rodillas al suelo. Se sentía igual que cuando era un adolescente y ella le propinó aquella horrible patada que casi lo dejó estéril.
«Manipulador, despreciable y egoísta». Las palabras de su prima le llegaban amplificadas para torturarlo.
¿Habría sido capaz de llegar hasta el final?
¿Habría forzado a su prima en aquella biblioteca, bajo la mirada del abuelo?
Si ella hubiera estado dispuesta, la habr ía hecho suya sin dudarlo, puesto que serle fiel a Gertrudis le importaba menos que nada y, al fin y al cabo, no habría sido la primera vez que engañaba a su esposa con otra mujer.
Sin embargo, con Emilia en contra, no creía que hubiese sido capaz de hacer algo más que llenarla de babas.
Él no era un acosador, se dijo para sentirse mejor.
Él no iba por ahí abusando de las damas.
Por regla general, eran ellas las que se le ofrecían, ya fuera porque su posición social lo volvía atractivo o porque realmente lo era.
La viuda de Jos é Torrealba, la hija mediana de los Rivera e incluso la criada de su tía Prestola…
Todas lo habían buscado. Pero después de mantener relaciones con ellas cada vez que surgía la oportunidad, se apoderaba de él una sensación de apatía, de soledad, de angustia vital.
Bebía de ellas como un viajero perdido en el desierto que encuentra un oasis, pero nunca lograba saciar su sed.
Como si todo fuera un espejismo; como si tuviera el estó mago agujereado y nunca pudiera sentirse satisfecho.
Solo se sentía completo cuando estaba junto a Emilia.
Solo se sentía alguien cuando ella lo miraba como si fuera importante.
Siempre había sido así. Porque Emilia era su igual.
Porque, aunque le costara admitirlo, lo atraía su inteligencia.
Le atraía a la vez que le molestaba, le irritaba, lo sacaba de quicio.
Era como una piedra preciosa exótica que quería guardar en un cofre solo para él.
Había leído que en la Antigua Grecia algunos hombres de mentes brillantes se enamoraban de otros hombres porque las mujeres de su época no eran capaces de comprenderlos, pero él había tenido la suerte de vivir cerca de una mujer excepcional. La suerte y la desgracia, claro.
Y luego estaba su físico. Desde muy temprana edad había empezado a mirarla con deseo sin que ella se diera cuenta.
Cuando se bañaban juntos en el rí o y empezó a intuir sus formas de mujer bajo todas esas capas de tela que la cubrían, o cuando montaban a caballo y él la dejaba ganar todas las carreras solo para verla cabalgar a horcajadas delante de él.
«Eres una Espinosa», se dijo en la soledad de la estancia. «Me perteneces. Igual que los viñedos, igual que el palacete, igual que todo lo demás».
Ten ía que admitirlo. Emilia se había vuelto una obsesión insana.
Sobre todo, desde el fatídico día en que rechazó su propuesta de matrimonio.
Pero ¿qué podía hacer con lo que sentía?
Hab ía pasado noches en vela imaginándola en brazos de otro, dándole hijos a otro, suspirando por otro.
De ahí su control enfermizo. Su manipulación. Su locura.
«Tú no estás loco», oyó la voz grave de su abuelo como si este le hablase desde el cuadro. «T ú eres un canalla, un consentido y un sinvergüenza».
—Ya basta —murmuró.
Se puso en pie agarrándose al borde del escritorio, rodeó el mueble y se dejó caer a plomo en la silla que había pertenecido a los antiguos patriarcas.
La nariz le picaba a rabiar; se la rascó con exasperación y de un manotazo tir ó el jarrón de hortensias al suelo.
La alfombra recogió el testimonio del destrozo: una estela de pétalos, agua y fragmentos de porcelana.
* **
Un par de horas después, su madre entró en la biblioteca con las fosas nasales bien abiertas, como si oliera a estiércol. Lo encontró con un vaso de co ñac en una mano y un puro habano en la otra, mirando a un punto fijo en la pared.
—Dios mío, Enrique, ¿qué te pasa? ¿Has estado llorando o es ese persistente resfriado primaveral?
Él la ignoró.
—¿Qué significan esas dos llaves, madre? —preguntó en cambio.
La mujer, confundida, siguió la trayectoria de la barbilla de su hijo, que señ alaba al escudo de la familia Espinosa.
—¿Llaves? ¿Qué llaves? —inquirió, desconcertada.
—Esas que cuelgan del maldito árbol de espinas. ¡Es que no las ve! —gritó al tiempo que las señalaba con la mano que sostení a el puro—. Son dos. Dos malditas llaves. Como las dos «E». Como los dos primos que nacen el mismo día, pero con cuatro años de diferencia.
Doña Augusta ató cabos. Caminó hacia él y le arrebató el vaso antes de que volviera a dar un trago.
—¿Todo esto es por esa desagradecida? ¿Hasta cuándo vas a seguir encaprichado de tu prima, eh?
¿No te das cuenta de que es un caso perdido?
Ni ella es doña María de las Mercedes ni tú eres Alfonso XII.
¿Cuándo te vas a enterar de que no te quiere ni nunca te ha querido?
Déjala con sus libros y sus tonterías. En todas las familias hay solteronas. La nuestra no iba a ser diferente.
—C állese, madre —pidió llevándose las manos a las sienes. Su voz lo fastidiaba más que un dolor de muelas.
La gran dama negó con la cabeza y sus pendientes de lágrimas de perlas se movieron con ella.
—La culpa la tengo yo por no haberte puesto límites cuando eras pequeño —siguió diciendo—; por dártelo todo. Pues todo no se puede tener, ¿me has entendido, niño bobo?
—¡He dicho que se calle! —gritó él, poniéndose en pie.
La madre, acostumbrada a los berrinches del hijo, se cruzó de brazos. Miró a su alrededor.
—Por cierto, ¿dónde est á?
Él rio con melancolía.
—Se fue —respondió—. No quiere verme nunca más. Me ha pedido que no vuelva a pisar esta casa.
Doña Augusta arrugó su nariz aquilina.
—Sí, hombre. Lo que ella diga. Tú eres el heredero.
Enrique volvió a dejarse caer en la silla.
—Me he propasado con ella —confesó sin mirarla.
La dama tardó unos segundos en procesar la información.
—¿Qué? ¡Cómo que te has propasado ! ¡Ser ás majadero! ¿Qué le has hecho?
Enrique puso los ojos en blanco.
—¿De verdad quiere que le dé detalles, madre? —Sonrió con desgana.
—¿No habrás llegado a… a…? —La mujer era incapaz de terminar la pregunta.
—¡No! —gritó, dando un golpe en la mesa—. ¡Por quien me toma, madre! Solo la he besado, joder. — «Con más saliva de la cuenta», pensó para sí.
—Pues que sea la última vez que lo haces, Enrique. ¿O te crees que no estoy al tanto de tus infidelidades? ¡Hasta con casadas te has enredado! Gertrudis tiene el cielo ganado contigo.
—Gertrudis, Gertrudis… ¡Al cuerno Gertrudis!
¿Sabe qué, madre? En algo tiene razón. Todo esto es por su culpa.
Por haberme obligado a casarme con una mujer a la que no amo: una señoritinga arrogante y superficial que solo piensa en dilapidar mi fortuna en guantes y zapatos.
—Se puso de pie por segunda vez—. Y ahora, recoja, que nos vamos. Aquí no nos quieren ya.
Doña Augusta caminó hacia la puerta y se detuvo justo antes de rozar la manilla.
—Más vale que te disculpes con tu prima, porque no pienso dejar de venir a la casa de mi padre —aseguró.