Tierra de vino y sal 65 #2
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—¿Que no está bien visto? ¿Quieres que te dé ejemplos de señoras de la crema y nata de la sociedad que se dedican a escribir en Cá diz? ¡Doña Patrocinio de Biedma, doña Carolina de Soto y Corro, doña Rosa Martínez de Lacosta? ¿Sigo?

Enrique se presionaba las sienes y negaba con la cabeza.

—Basta. No me interesan esas señoras. Me interesas tú. ¡Lo hice por tu bien!

—¡ No! Lo hiciste por egoísmo. Porque quieres tenerme aquí, bajo tu control. Porque no quieres ni que me case ni que prospere en el ámbito profesional. Y mientras tanto, tu carrera va viento en popa y te pasas el tiempo engendrando un hijo detrás de otro, felizmente casado.

Enrique soltó una carcajada sarcástica.

—Ahora me vienes con esas —se burló—. ¡Tú podrías ser mi mujer! ¡Te recuerdo que fuiste tú quien me rechazó!

—Y bien que hice —dijo desafiante—. Ahora me doy cuenta de que casarme contigo habría sido el mayor error de mi vida.

¿Cómo podría estar con alguien tan manipulador, despreciable y egoísta como t ú?

Y pensar que en la fiesta del doctor Velasco te creí cuando me dijiste que estabas arrepentido por haberte creído superior a mí. ¿Arrepentido, tú? ¡Serás embustero!

Enrique salvó la distancia que los separaba con tres pasos , la sujetó por los hombros y la aplastó contra la estantería.

La figurita de escayola de la diosa Minerva cayó al suelo y se rompió en una decena de fragmentos, pero a él no le importó.

Pegó los labios a los de Emilia y la besó a la fuerza.

—¡Su éltame! —gimió ella bajo su cuerpo, luchando por liberarse.

Pero él no pensaba soltarla. Su boca bailaba sobre la de ella con ferocidad, intentando separarle los labios para profundizar el beso. Sus modales ya no eran tan suaves como cuando le realizó el examen médico bajo la presencia del ama de llaves. Sus maneras no eran educadas.

—¡Que me sueltes! —farfulló ella bajo sus labios férreos.

La reina blanca estaba acorralada en una esquina del tablero, a punto de perder la partida a manos de las piezas negras. Enrique le agarró las muñecas y se las retuvo a la altura de los libros de filosof ía.

—Emilia, te lo ruego… —empezó a susurrarle con el timbre de voz de un enajenado—.

¿Es que no lo ves? Te has convertido en una obsesión para mí.

Pienso en ti todas las condenadas horas del día y si vengo hasta este pueblo insulso en el culo de España es solo para verte.

Si no, ¿qué iba a hacer yo en Chiclana? Si la herencia del tí o Bernardo me importa un comino.

—Hundió el rostro en el hueco entre su cuello y su hombro y lo lamió—.

Vamos, ángel mío, dame un recuerdo que llevarme a la tumba.

Te prometo… no, te juro que no se lo contaré a nadie jamás.

Será un secreto entre tú y yo. B ésame, por favor —suplicó después—.

No seas tímida. Mi madre no despertará hasta dentro de un par de horas.

—Suéltame… Enrique…

Emilia siempre había sido enérgica, pero le resultaba imposible librarse de Enrique, mucho má s corpulento que ella.

¡Qué razón tenía Paca al decir que una mujer sola poco podía hacer frente a un desalmado!

La fortaleza física siempre había sido un arma muy poderosa y gracias a ella los hombres llevaban siglos dominando el mundo.

De soslayo volvió a mirar el cuadro de su antepasado en la pared y le pareció que el abuelo miraba a su nieto lleno de rabia e indignació n.

—No puedo creer que en todos estos años ningún hombre te haya tocado.

Seguro que siendo tan moderna ya ni siquiera eres virgen.

¿Qué te cuesta complacerme? Por favor, te necesito —seguía él, descendiendo por su cuello en dirección al escote con besos pegajosos que iban dejando un rastro de saliva—.

Si te entregas a mí, tal vez seré capaz de olvidarte.

Si compruebo que, como t ú dices, eres una mujer como otra cualquiera, podré seguir con mi vida.

¿No lo ves, Emilia? ¿No lo ves? Voy a enfermar si no te tengo.

Ella fingió relajarse, consciente de que en esos casos la maña era más importante que la fuerza. Enrique aflojó su agarre, confiado, y entonces le asestó un contundente rodillazo en la entrepierna, como aquella vez, cuando era pequeña. Enrique emitió un alarido y se llevó las manos a sus partes.

—¡Joder! —gritó al borde de las lágrimas.

«Jaque mate», pensó ella.

Emilia se separó de la estantería, se alisó la falda del vestido y, mientras él se retorcía de dolor, se inclinó con parsimonia para decirle al oído:

—Escúchame bien, Enrique Lara Espinosa, porque no te lo repetiré.

Ni se te ocurra volver a ponerme una mano encima.

Si vuelves a pisar esta casa, te denunciaré a las autoridades.

—Él seguía con los ojos cerrados y las manos en la entrepierna—.

Buscará s a todos esos señores que has sobornado y les dirás que te retractas y que si mis textos lo merecen, harían bien en publicármelos. ¿Me has oído?

Él solo podía apretar los labios y llorar.

—¡¿Me has oído?! —repitió ella a voz en grito.

—¡S-sí! ¡Sí! Emilia, joder…

La dama hurgó en el bolsillo del chaleco de su primo, extrajo la llave de la puerta de la biblioteca y abandonó la estancia dejando atrás a un hombre miserable. El ajedrez era un juego de astucia y ella siempre le ganaba.