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Fueron muy madrugadores.
Enrique y la tía Augusta llegaron al palacete de Chiclana cuando el sol apenas comenzaba a arrancar destellos a las primeras pirámides de sal. La luz rosada del alba iluminaba el río con un halo de ensueño y, sin embargo, Emilia, asomada al balcó n, presintió que aquel no sería un día bonito.
Madre e hijo habían quedado en tratar unos asuntos con Juan Morales, pero el capataz no había hecho acto de presencia todavía. Les abrió la puerta el ama de llaves. Emilia se tomó su tiempo en bajar, y cuando lo hizo, la apatía que desprend ía no pasó desapercibida para nadie.
Enrique vestía otro de sus trajes a la moda y su ya acostumbrado sombrero de gondolero, mientras que la tía Augusta, de azul oscuro, con su característica nariz aguileña y los ojos empequeñecidos por las arrugas, parecía aún más delgada y encorvada que la última vez que la vio.
La viuda repasó con la mirada a su sobrina. Se detuvo en sus dedos manchados de tinta e hizo un mohín de desagrado.
—Buenos días, querida —la saludó.
—Buenos días, tía —respondió ella, que se acerc ó a darle dos besos que la mujer correspondió en el aire, sin rozarle la piel.
Acto seguido, Enrique tomó la mano entintada de Emilia y la besó con devoción. Ella se dejó hacer.
—¿Qué tal la feria de San Antonio? —quiso saber Augusta, sin variar la expresión de rechazo—. ¿Tan rú stica como siempre o peor?
—La feria ha sido muy… reveladora —contestó con suspicacia—. Ya sé que a usted no le gustan las fiestas del pueblo, pero pensé que la tía Prestola e Isabel vendrían. Nunca se la pierden.
La matriarca elevó la barbilla y se acarició el collar de perlas.
—Les resultó imposible. El tragaldabas de Avelino sufri ó una gastroenteritis y se tuvieron que quedar a cuidarlo, como deben hacer las esposas e hijas.
Se hizo el silencio unos instantes eternos.
—Primo, si no es molestia, cuando terminéis la reunión me gustaría hablar contigo a solas, por favor —pidió Emilia dirigiéndose a Enrique.
—Por supuesto, querida —contestó él, encendido ante la petición—. A mí también me gustaría hablar contigo en privado.
Llegó por fin el capataz, además de otro señor que decía llamarse Cristóbal Virués, y Francisca los hizo pasar al patio que hacía las veces de recibidor. Despué s de los saludos pertinentes, los Lara Espinosa se reunieron con ellos en la biblioteca de don Bernardo a puerta cerrada.
En otras circunstancias, Emilia hubiera insistido en formar parte de la junta, puesto que a ella más que a nadie le interesaban los asuntos de la finca.
Sin embargo, en esos momentos era lo que menos le apetecía hacer, así que decidió esperar en el invernadero, regando las plantas y escogiendo las hortensias más hermosas para colocarlas en un florero.
Los tres caballeros y la encopetada dama estuvieron más de una hora confinados en la estancia principal de la casa.
Cuando por fin salieron, Juan Morales estaba hecho un energúmeno.
Sus ojos se encontraron un instante con los de Emilia, que merodeaba por el recibidor, y le dedicaron una mirada despreciativa.
A pesar de ello, no abrió la boca y abandonó la vivienda seguido de Cristó bal Virués, de mucho mejor talante.
—¿Qué ha pasado? —quiso saber ella cuando los dos hombres se marcharon.
—Lo que tenía que haber pasado hace tiempo: que hemos despedido al señor Morales y hemos contratado a un nuevo administrador —explicó su tía con los ojos entrecerrados—.
Si no lo hicimos antes, fue porque ese viejo avaro sabía demasiadas cosas sobre esta familia y temíamos el chantaje o el escarnio público, pero a estas alturas de la jugada, poco nos importa ya lo que digan de algunos de nosotros —a ñadió mirándola con reproche—.
Ahora mismo importa más salvar el negocio que las habladurías.
Emilia se limitó a asentir. A buen entendedor, pocas palabras bastaban y de sobra sabía que aquellos secretos estaban relacionados con ella.
—Y ahora, si me disculpáis —sigui ó doña Augusta, que miró alternativamente a su hijo y a su sobrina y se llevó los dedos enjoyados a la frente—, le pediré a Paca que me prepare una habitación. La discusión me ha dado jaqueca y me gustaría recostarme un rato antes de partir.
—Claro, madre —aceptó Enrique antes de besarle el dorso huesudo de la mano—. Espero que haya tra ído el preparado que le receté. La ayudará a descansar.
La dama asintió y se perdió escaleras arriba.
Poco después, Emilia y su primo se dirigieron a la biblioteca.
Ella por delante, con el jarrón atiborrado de flores como grandes pompones azules, y él, unos pasos por detrás, expectante.
La dama fue la primera en traspasar el umbral de la puerta y, con un escalofrí o, reparó en el suelo, de losas blancas y negras.
De repente se sintió como cuando eran niños y estaban a punto de comenzar una partida de ajedrez.
Él jugaría con las fichas negras y ella con las blancas.
Emilia movió primero al colocar el florero sobre el escritorio.
Sabía que su gesto había sido pueril, pero le apetecí a molestar a su primo de todas las formas posibles.
Enrique, nervioso solo de pensar en la perspectiva de estar a solas con su prima, movió pieza en segundo lugar, cerrando la puerta con la llave que Francisca le había entregado un rato antes.
Cuando se giró hacia Emilia, se percató del jarrón.
—Querida, creo que no es buena idea que las hortensias y yo estemos en la misma habitación —comentó.
—Me gustan las hortensias —dijo ella solamente.
Un peón negro y un peón blanco habí an avanzado una casilla a cada lado del tablero.
La dama, haciéndose la distraída, caminó unos pasos y rodó el inmenso globo terráqueo sobre sus soportes de madera, paseando la yema del dedo índice por el sur de España: Cádiz, Huelva, Sevilla…
La capital de Andalucía de pronto le trajo a la mente su ú ltima vivencia allí, un par de años atrás.
Su primo las había llevado a ella y a Isabel a ver su consulta, y Emilia se sintió abrumada por la cantidad de títulos y menciones honoríficas que empapelaban las paredes.
Enrique era toda una eminencia en la Medicina, especialmente en el área de la cirugía.
Estaba impresionada. Lo cierto era que ella siempre lo hab ía admirado; incluso hubo un momento en la niñez en que llegó a sentir un amor platónico hacia él.
Durante gran parte de su vida lo había considerado un muchacho sesudo, justo, de buenas maneras; por eso le costaba asimilar que hubiera resultado ser tan ruin y mezquino.
Estaba claro: lo había idealizado.
—Emilia, ¿estás bien? —pregunt ó él.
La partida avanzaba con cada pequeño movimiento y Enrique, como un alfil, caminó en diagonal hacia ella, la tomó de los hombros para girarla hacia él y le sostuvo la muñeca. De nuevo fingía tomarle el pulso, pero en realidad solo le acariciaba las venas.
Emilia lo apartó con brusquedad.
—No. No estoy bien.
—Dime qué te pasa. —Hab ía verdadera preocupación en él—. ¿Se trata de la migraña otra vez? Podría recetarte el mismo preparado que a mi madre. La corteza de sauce contiene salicina, un potente antiinflamatorio que…
No lo dejó terminar.
—¿Sabes? El otro día me encontré en la feria al señor Ramiro Aguirre. Resulta que ha vuelto a Espa ña por negocios.
Ante la mención, Enrique se puso tenso.
—Sí, algo he oído. No sé por qué ha tenido que regresar ese desgraciado que tanto daño te hizo. Me dan ganas de partirle la cara.
Una tormenta se reflejó en el rostro de Emilia.
—¿Cómo tienes la desfachatez de seguir minti éndome? —le reprochó. Y el peón blanco se comió al alfil negro—. ¡El daño me lo hiciste tú! ¿Cómo pudiste decirle que yo solo quer ía escribir, que no se le ocurriese pedirme matrimonio?
Él, lejos de negarlo, asintió.
—¡Porque es la verdad! ¿No es lo que clamas a los cuatro vientos? ¿Que no necesitas a ningún hombre porque tienes la escritura?
Ella lo empujó.
—¡Tú no eres nadie para decidir por mí!
Él volvió a avanzar una casilla hacia ella.
—¡Por supuesto que lo soy! Soy el hombre de esta familia y voy a cuidar de ti, así sea en contra de tu voluntad.
—De repente, sus ojos vidriosos parecieron los de un demente—.
Sabe Dios que lo hice por tu bien. ¿Qué querías, que ese indígena te llevara a México, al otro lado del océano, lejos de los tuyos, de tus costumbres y de todo lo que amas!
—¡Me correspondía a mí decidir!
—Las mujeres no deciden, Emilia. Acostúmbrate de una vez. Vivimos en un mundo de hombres y esa sociedad idealizada con la que sue ñas solo existe en tus tertulias y en tus libros.
—¡Mis libros! —gimió ella, dándole la espalda.
Se encontró frente a la mirada de óleo del abuelo Bernardo, que le decía «Adelante» y se volvió hacia el médico hecha una furia—.
¡Los mismos que tú compraste y que guardas en tu casa!
¿Por qué, Enrique? ¡¿Por qué?! ¿Para que nadie los leyera?
¿Para que nadie averiguara que Hernán Ferrero soy yo?
¿Para que no me convirtiera jam ás en una escritora de renombre?
¡Seguro que amenazaste a mi editor para que no volviese a publicarme nada más!
¡A mi editor y a sabe Dios cuántos directores de periódicos!
El médico tampoco lo negó, aunque matizó:
—No he amenazado a nadie. Con unos billetes basta.
—¡Maldito seas! —Emilia se abalanz ó sobre él y empezó a golpearle el pecho con los puños—. ¿Por qué lo hiciste? ¿Por qué has arruinado mi carrera? ¿Por qué has destruido mis sue ños?
Enrique la detuvo agarrándola de las muñecas.
—Porque no podía permitir que esas damas chismosas leyeran tus textos y sacaran sus conclusiones…
La familia Estrada es la familia Espinosa, ¿verdad, querida prima?
¿Qué querías, que todo el mundo atara cabos y conociera nuestros secretos y miserias?
Ademá s, no está bien visto que una señorita de la alta sociedad se dedique a otra cosa que no sea su hogar y su familia.
Emilia forcejeó con él y se liberó de su agarre.