Tierra de vino y sal 64
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Álvaro contempló la espalda de Emilia mientras se alejaba y se preguntó qué le habría ocurrido para estar de tan mal humor.

Él acababa de acercársele, así que tenía que ser cosa de ese tipo tan estrafalario que la habí a acompañado hasta entonces.

Se volvió hacia él con gesto amenazante y tuvo que mirar hacia abajo para encontrarse con sus ojos rasgados.

—Si lo vuelvo a ver merodeando a la señorita Espinosa, le arranco la cabeza —advirtió con la naturalidad de quien dice que la tarde se ha puesto fresca—. ¿Me ha entendido?

El mexicano le sostuvo la mirada unos instantes y, después, temeroso, decidió guardar silencio.

Álvaro se alejó de él dando grandes zancadas con sus botas de montar y solo cuando estuvo lo bastante lejos, oyó que le respondía algo como: «Vete a la chingada», con ese acento sudamericano que otrora le gustara y que en esos momentos le resultó odioso.

Ni siquiera se volvió para responderle. Se limitó a hacer un gesto con la mano como quien aparta una mosca y siguió su camino. Ya no le apetecía estar en la velada. La música y las voces le aguijoneaban los oídos. El bullicio lo mareaba.

Varias señoritas acompañadas de familiares y amigos se le cruzaron en el camino para saludarlo, pero él las despreció a todas. Poco le importaban los buenos modales. Ni le interesaba quedar bien con ellas ni con sus encopetados padres.

Llegó al número 18 de la calle Ribera del R ío, subió los dos escalones de mármol y se refugió tras las puertas. Bartolomé, que se había quitado las ropas de mayordomo y se disponía a salir, lo siguió por el pasillo hacia el interior.

—Traes cara de acelga, ¿qué te ha pasado? —Fue su saludo—. ¿Otra vez la escritora?

—Había un tipo molestándola —contestó el militar dejándose caer a plomo sobre el sofá de terciopelo rojo.

—¿Y por eso te has emborrachado?

Él resopló, incómodo.

—Anda, Bartolomé, vete a hacer puñetas y déjame solo —rezongó.

El empleado se echó la chaqueta por encima del antebrazo y se colocó el sombrero antes de decir:

—Búscala y dile de una maldita vez que la quieres, hombre. No seas tan orgulloso, o ese orgullo te destrozará.

Álvaro negó con la cabeza. Tomó la licorera de la mesita auxiliar y se sirvió una copa. Ya había bebido más de lo que la prudencia señalaba y, aunque su tolerancia al alcohol había mejorado con los años, sabía que acabaría con un terrible dolor de cabeza.

—He dicho que te vayas, Bartolomé — ordenó sin mirarlo.

—Tú sabrás lo que haces, Alvarito, que ya no eres un zagal —contestó el otro a modo de despedida.

Se oyó un portazo y la casa se sintió extrañamente sola.

Á lvaro le había dado el día libre a todos sus empleados y sus tíos se habían marchado a Medina durante los tres días de feria, puesto que en los últimos tiempos no soportaban los jolgorios.

Se sintió triste, o quizás fuera el alcohol, que solía inducirle la melancolí a.

Se deshizo de las botas, se tumbó en el sofá y contempló la lámpara de araña con la copa pegada al pecho.

Después, cerró los ojos con lentitud y se le apareció el rostro de Emilia.

Visualizó su expresión iracunda, con el ceño fruncido y los ojos llameantes; la misma que lo arrebataba, que lo hacía desearla todavía más.

Si la dama pensaba que su enfado era un castigo para él, se equivocaba.

Soltó una carcajada.

—Me encantas cuando te enfadas, liebrecilla —murmuró antes de quedarse dormido.

* **

Emilia llegó a su casa muy alterada y sintiéndose culpable por haber dejado abandonadas en la feria a sus dos compañeras de paseo.

¿Por qué los acontecimientos se habían acelerado tanto en las últimas semanas?

Era como si hubiera pasado años limitándose a existir como una planta y ahora acabara de regresar a la vida de golpe.

Araceli y Francisca, preocupadas por ella, no tardaron en darle alcance.

—Pero ¿ qué le ha pasado, chiquilla? —le preguntó el ama de llaves al encontrársela acurrucada en uno de los bancos de forja del jardín—. ¿La ha tratado mal el señor Aguirre? Ese extranjero nunca me gustó.

La dama contemplaba las macetas de su alrededor preguntándose cómo era posible que las gardenias y las calé ndulas se mostraran tan exuberantes si ella ya no les cantaba cuando las regaba.

—¿Cuándo dijo Enrique que vendría? —preguntó por toda respuesta.

Con desconcierto, Francisca hizo memoria.

—El lunes de la semana que viene —recordó—. El señor dijo que se pasaría por el palacete y por la finca.

—Bien —contestó Emilia sin variar la expresi ón.

—¿Necesita usted que el señor venga antes? Podría enviarle un telegrama.

—No, así está bien.

Francisca suspiró mirando hacia la jaula vacía de Piti. El silencio reinaba en el pequeño Edén.

—Qu é buena noticia que el señor se quiera mudar a Cádiz para estar más pendiente del patrimonio familiar y de… y de usted, ¿verdad que sí?

Emilia se desbrazó las rodillas y observó a la señora por primera vez desde que habí a entrado en el jardín.

—Sí, una noticia excelente —masculló.