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El empresario le ofreci ó su brazo y en el momento en que Emilia le enlazó el suyo, sintió una punzada en la nuca. El vello de los brazos se le erizó y supo que alguien la estaba mirando desde atrás. Se giró solo un poco y allí estaba él.
Álvaro.
Vestía una simple camisa, como cuando la llevó a cenar una noche de verano a la fonda de la viuda de Carpio, pero no necesitaba más para destacar entre la multitud.
Sus ojos se encontraron por un instante fugaz —mientras él vaciaba su vaso de vino tinto como si fuera agua— y ella apartó la mirada con rapidez.
¿Cuánto tiempo llevaría observándola? No quiso saberlo.
Se centró en el caballero que tenía al lado.
—Y, dígame, señor Aguirre, ¿cómo es que está usted comprando ganado? ¿Ha dejado el sector vinatero entonces?
—No, no, señorita Espinosa. Los vinos son mi pasión, pero tengo unas tierritas que no sirven para cultivo y me gustar ía dedicarlas a la ganadería. De todas formas, no quiero aburrirla hablándole de dinero. —El mexicano palmeó la mano de ella que reposaba en el hueco de su codo y le guiñó un ojo.
Las últimas luces de la tarde danzaban entre sus rostros y el hombre se perdió en los iris de la dama.
—¿Sabe, mi bella? En este instante sus ojos tienen el mismo color plateado de sus zarcillos. —Frunció el ceño y preguntó— : ¿Se les llama así en España? A los zarcillos, me refiero —añadió, acariciándole la oreja con atrevimiento para señalar la joya.
Emilia sonrió, repentinamente nerviosa.
—Sí, bueno, en Españ a es más común decir «pendientes», pero en Andalucía se usa mucho la palabra «zarcillo». ¿Sabe que viene del latín? C irellus significa arete .
Él sonrió complacido.
—Creo que ya lo hemos comentado antes, señorita, pero me resulta curioso lo mucho que los andaluces y los sudamericanos nos parecemos.
—Se atusó el fino bigote—. Es algo que le debemos a los colonos que cruzaron el océano atlántico y nos dejaron sus costumbres y su manera de hablar.
Y lo digo sin acritud. Los españoles sois nuestros hermanos, al fin y al cabo.
¿ No cree, mi bella, que ustedes tienen más en común con nosotros que, por ejemplo, con los franceses o los ingleses?
Por mucho que ellos estén más cerca geográficamente.
—Así es, señor Aguirre, y todo es por el idioma.
El lenguaje moldea el mundo porque las palabras crean la realidad que percibimos —razonó ella, entusiasmada—.
Y ustedes usan las mismas que nosotros para identificar lo que nos rodea: lo que comemos, lo que pensamos, lo que sentimos. Eso nos hace tan similares.
Él la contemplaba embelesado, pero Emilia no estaba dispuesta a dejarse engañ ar por sus miradas de cordero degollado.
Ya aprendió la lección en el pasado. Su agudeza mental atraía a ciertos hombres, pero en última instancia les provocaba miedo, inseguridad y rechazo.
No volvería a verlo como un posible marido.
Siguieron caminando cogidos del brazo. Emilia se sentía observada, pero no se giró para comprobar si Álvaro seguí a su trayectoria. Estaba decidida a obviar su presencia.
—Dígame una cosa, mi bella, ¿sigue escribiendo? —quiso saber Aguirre.
—Por supuesto. Si llegó a conocerme un poco, sabrá que para mí escribir es como respirar. Si dejara de hacerlo, moriría —dijo un tanto dramática, pero era cierto. Escribir era su forma de estar en el mundo.
Él volvió a palmearle la mano.
—Me encantaría leer sus textos —confes ó—. Averigüé que publicó una novela, pero no tuve forma de hacerme con ella desde el otro lado del charco. Mis informantes me dijeron que todos los ejemplares de la primera tirada los había comprado la misma persona y que no se imprimirían más.
Emilia se estremeció. ¿Cómo que todos los ejemplares de su novela los había comprado una persona? ¿En qué momento sucedió algo así y ella no se había enterado? Imaginar sus mil libros apilados en el salón de cualquiera, acumulando polvo, le provoc ó una gran indignación.
—¿Qué me dice, señor Aguirre? Eso no es posible… —razonó con un escalofrío.
No le dio tiempo de atar cabos. El mexicano detuvo el paseo y le tomó las manos con dulzura.
—Señorita Espinosa… tengo que confesárselo. La última vez que nos vimos estuve a punto de pedirle matrimonio, pero me reprimí en el último instante y ahora creo que obré como debía. Su primo hizo bien en prevenirme.
—¿Mi… primo ? —preguntó visiblemente alterada.
Con la visión periférica, Emilia captó la mirada inquisitiva de Álvaro desde la distancia. El comandante había pasado de ignorarla a no quitarle la vista de encima. Pues que tomara de su propio veneno.
—Sí, don Enrique Lara Espinosa, el cirujano.
Era el único primo varón de Emilia, pero ya no le cabía duda.
—Y, dígame, por favor, ¿qué fue exactamente lo que le dijo mi primo? —preguntó sintiendo que la ira, como un tósigo ponzoñoso, recorría sus venas a toda velocidad.
—Me habló de su naturaleza, de su alma sensible. Me dijo que era usted una mujer entregada a las artes, que no deseaba contraer matrimonio y que, si yo se le proponía, tal vez se viera presionada por su familia a aceptarme, lo cual la alejaría de su verdadera felicidad: la escritura.
—¿De verdad? No puedo creer que le dijera eso.
A estas alturas, Emilia tenía los pu ños apretados a los costados.
Todas las piezas empezaban a encajar en su cabeza.
Su primo había estado manipulando su vida a sus espaldas y le había mentido como un bellaco en la fiesta del doctor Velasco al decirle que se arrepentía de su comportamiento posesivo en la juventud.
Las palabras de su sobrina Mili resonaron en su mente con fuerza.
«¿Sabes, tía Emilia? Mi padre tiene todos tus libros».
—Entonces, ¿no es cierto? —La expresión del caballero destilaba arrepentimiento y desconcierto a partes iguales.
—Si es cierto o no, es lo de menos, se ñor Aguirre —respondió ella dejando traslucir su enfado—.
Mis anhelos solo los conozco yo, y nadie debería hablar por mí, y mucho menos mi primo, que siempre ha hecho lo que le ha venido en gana sin tener en cuenta la opinión de los demás.
—Respiró hondo y añadió—: Le rogar ía que la próxima vez que quiera saber mi opinión sobre un asunto, me pregunte directamente a mí y no lo hable con intermediarios.
Emilia se alejó de él un paso y el hombre la retuvo tomándola del codo.
—Le ruego que me perdone. Es la costumbre. Lo hablé con él en primer lugar por ser el único hombre de la familia en Cádiz en esos momentos. Su padre se encontraba por entonces en un viaje de negocios en el que, según supe después, perdió la vida. Lo siento. Lo siento tanto.
El señor Aguirre parecía torturado y ella se compadeció. Por un momento, se permitió hacer a un lado la ira.
—Supongo que ya no importa…
É l recorrió la distancia que los separaba y le recolocó un mechón de pelo tras la oreja, justo por encima del clavel.
—Claro que importa, mi bella andaluza, puesto que yo… Yo sigo enamorado de ust…
No pudo terminar la frase. Otro caballero más alto y más joven se había acercado a ellos, ensombreciendo al mexicano, que, a su lado, resultaba diminuto y enclenque.
—¿La está molestando el caballero, señorita Espinosa? —preguntó Álvaro, ignorando al hombre y mirá ndola solo a ella.
¿Cuántos vasos de vino se habría bebido? Seguro que muchos, aunque aparentaba estar sobrio.
Emilia dejó fluir su irritación. ¿Qué se habían creído los hombres?
¿Que podí an disponer de ella como quisieran?
Su primo había hecho y deshecho desde las sombras desde solo Dios sabía cuándo.
El mexicano la había estado cortejando para luego dejarla plantada sin darle una explicación.
Y ahora Álvaro, su Álvaro, había pasado de menospreciarla a creerse con derechos sobre ella.
Condenados hijos de Adán; se imaginaban los amos del mundo, pero con ella no podrían.
—Eso a usted no le incumbe, señor Alcázar —contestó con desafecto.
Y entonces se miraron.
Ramiro Aguirre desapareció; también las mesas, las atracciones, las casetas, la gente; la feria entera había desaparecido.
En ese momento solo existí an ellos dos y el deseo que los consumía desde hacía demasiado tiempo.
Emilia observó la musculatura de su torso por el hueco abierto de la camisa y él se recreó en la forma de guitarra que le hacía aquel vestido tan llamativo. Se devoraban con los ojos.
—No se meta, pendejo —lo insultó el mexicano rompiendo el momento mágico.
Álvaro apartó la mirada de Emilia para observarlo como quien contempla a una cucaracha a la que podría aplastar de un pisotón.
—¿Quién cojones es usted para decirme lo que tengo que hacer? —masculló.
Sí, estaba borracho, y lo que a Emilia menos le apetecía presenciar en aquellos momentos era una pelea de gallos.
—¡Estupendo, señores! Lo que me faltaba era que se dieran de golpes en mi nombre —dijo al tiempo que paseaba la vista de uno a otro—. ¡Adelante! Aquí los dejo para que hagan el rid ículo y entretengan a la gente dándose picotazos. Que pasen una buena feria, caballeros.
La dama caminó sin mirar atrás, con el tintineo de sus pulseras y el vuelo de sus volantes y flecos mientras una sensación de pequeño triunfo se apoderaba de ella.
«Olé, Emilia».