Tierra de vino y sal 63
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Después de una semana confinada en su habitación con la excusa de un resfriado, Emilia se aseó, llamó a Araceli para que la ayudara a vestirse y bajó a desayunar al comedor.

Mientras bebía leche fresca de la taza, se sintió culpable al recordar có mo le pidió a Francisca que despachara a sus amigas el jueves anterior cuando se presentaron en el palacete a la hora de la tertulia.

No quería ver a nadie. Pero ya había tenido suficiente.

¿Tenía sentido sufrir así por un hombre?

¿Por uno, que, además, ya no la quería? Si tení a que encontrárselo en la calle o en algún salón, que así fuera, pero no se escondería más.

Estaba decidida a ignorarlo como él había hecho con ella.

Y aún má s, deseaba que se casara pronto con alguna de aquellas damitas de cabeza hueca, a ver si se la llevaba a vivir a otra parte.

Ojalá fueran muy felices y se comieran las malditas perdices.

—Ay, niña, cuánto me alegro de que esté más recuperada —comentó Francisca con sincera alegría. No dejaba de traer platos a la mesa: fruta troceada, dulces, chocolate, zumo de naranja recién exprimido…

—¿Por qué traes tanta comida? ¿Es que esperamos invitados? —Emilia entrecerró los ojos. La cabeza le daba vueltas tras tantos días en la cama y le costaba pensar con claridad.

—Es para usted, niña. Está muy flaca y necesita recuperarse.

Emilia suspiró, consciente de lo insistente que podía ser la señora Paca.

En la calle se oí a un trasiego inusual: el mismo que había despertado a Emilia por la mañana y la había empujado a salir de la habitación. La gente paseaba riendo y palmeando. A lo lejos se oían acordes de guitarras y ruedas de carro sobre el camino.

—¿Qué es lo que pasa fuera? —preguntó—. Menudo jaleo hay montado…

—Señorita, cómo se nota que andaba usted en Babia. Estamos en feria.

Emilia pos ó la taza sobre el plato.

—¿Qué? ¿Ya es la feria?

—Por supuesto. Y hoy es San Antonio.

Los días se habían deslizado uno tras otro como la miel sobre los buñuelos que preparaba Honoria, y Emilia ni se había dado cuenta.

Era 13 de junio y, sin embargo, sus tías no le habían mandado ninguna nota para avisarla de que vendrí an.

A su prima Isabel le encantaba pasearse por los puestos, comerse un trozo de turrón y rodearse del buen humor de las gentes del pueblo.

¿Acaso no vendrían este año? ¿Estaría alguna de ellas indispuesta?

A veces las gripes de primavera eran peores que las de invierno, se dijo.

—Anda, niña. Vayamos esta tarde a dar una vueltecita. Póngase guapa y disfrute del buen tiempo y de la compañía de las gentes humildes. Lo m ás sencillo a veces sana el alma.

Emilia le hizo caso. A fin de cuentas, no tenía planes ese miércoles y su mente estaba demasiado embotada como para continuar con su novela.

Al caer la tarde, le pidió prestada a Araceli una de esas batas de lunares que tan de moda se habían puesto entre las campesinas que acudían a las ferias de ganado y se colocó sobre la oreja un clavel del jarrón del mueble recibidor.

—Una cosa es mezclarse con el pueblo y otra, transformarse en aldeana —apuntó el ama de llaves con desaprobación—. ¿De verdad quiere usted salir de esa guisa, señorita? Así se visten las gitanas de Jerez y Sevilla.

—¿Y acaso no me sienta bien? Muchas damas se han sumado a esta moda y tú misma lo dijiste antes: lo más sencillo a veces sana el alma.

Un rato después, Araceli, Francisca y Emilia abandonaron el palacete. Las dos más jóvenes, con lunares y flores, y la mayor, con su humilde vestido a cuadros de los domingos.

El ambiente festivo reinaba en el pueblo y se dejaron contagiar.

A ambos lados del río había casetas de atracciones y puestos de golosinas.

Una banda de m úsica recorría las calles y la gente bailaba, charlaba y reía.

Había jinetes a caballo, guitarras, panderos y castañuelas.

La que comenzara siendo una feria de ganado, iba tornándose, poco a poco, en una especie de verbena popular y en Chiclana no había quien se la perdiera.

Ni en Chiclana, ni fuera, pues la llegada de las gentes de los alrededores triplicaba la población durante esos días.

—¡Te invito a un chato de vino, guapa! —gritó un mozo alzando su vaso hacia Emilia cuando pasaron por delante.

Araceli se rio, mientras que Francisca contrajo el gesto en una mueca de desagrado.

—Será posible —rezongó—, decirle eso a una señorita de bien. Ya se lo advertí, niña, esos trajes de colores son para las mujeres de los peones. Además, debió usted recogerse el cabello.

—Tranquila, Paca. Hoy no hay señores y criados. Hemos venido a divertirnos, ¿ no crees?

La mujer apretó los labios, disgustada.

—No debí animarla a que saliera con nosotras. La confundirán con una doncella.

—¡Pues que me confundan! ¡Qué más da! —exclamó al tiempo que le estrechaba los hombros y le daba un beso en la mejilla.

Precisamente eso era lo que más deseaba Emilia en esos momentos: que la confundieran; que su rostro se diluyera entre los de los demás, que se desdibujaran los bordes de su cuerpo, perder la consciencia de s í misma y de sus problemas.

Había muchachos jóvenes jugando a la cucaña para impresionar a las mozas, que los veían caer una y otra vez del palo ensebado y se hartaban de reír a su costa.

Se estaban realizando rifas a viva voz, apuestas en las peleas de gallos y hasta teatrillos populares que embaucaban a los transeúntes.

Las cuadras para los animales que se comerciaban estaban algo más alejadas del núcleo de la fiesta, pero había tenderetes en los que se vend ían aperos agrícolas y productos de ganadería, como canastos de mimbre, capachas de esparto, herraduras y rejas de arados.

Algunos vinateros y sus empleados aprovechaban la ocasión para exhibir y hasta dar a probar sus mejores vinos, por lo que la gente se agolpaba frente a sus puestos por si había suerte.

—¡Señorita Espinosa, es usted! —la saludó don Juan Galindo quitándose el sombrero—.

Por favor, pruebe mi Pedro Jiménez, es de la cosecha del 72.

—Ella declinó la oferta con educaci ón, pero el caballero no se dio por satisfecho—.

¿Le apetece más el moscatel, el amontillado fino, el blanco, el tinto…

? ¡Ah, ya sé! Usted será la primera en probar mi vino de naranja, añada de 1784, nada menos. ¿Qué le parece?

A la dama no le quedó más remedio que degustar el producto que le ofrecía con tanta insistencia.

Al llevarse la copa a los labios sintió que el paladar se le inundaba de sabores afrutados y del aroma amargo de los cítricos suavizado con un toque de miel.

Sus empleadas también lo probaron y enseguida se les abrió el apetito a las tres.

—Anda, Paca, ¿no te apetece un turr ón de Alicante? —preguntó Emilia más adelante, junto a un puesto de repostería y golosinas—. Invito yo, por supuesto.

—Mejor que sea un dulce de meloja, señorita, que una ya no tiene los dientes para esas tabletas tan duras.

El cielo de la tarde se había teñido de tonos violáceos que se reflejaban sobre los bucles oscuros de la dama y sus ojos brillaban de expectación bajo los farolillos.

Se sentaron en una mesita de madera a catar las exquisiteces de uno de los bares ambulantes cuando, de repente, Emilia distinguió un rostro conocido entre la muchedumbre.

¿Era realmente él ? ¿Era el hombre que casi le había pedido matrimonio cinco años atrás?

En lugar de sentir ira, angustia o vergüenza, experimentó una sincera alegría, pues lo consideraba su amigo a pesar del desplante.

—Esperadme un momento. Tengo que saludar a alguien —anunció a sus acompañantes.

Se puso en pie y, sin mirar atrás, se dirigió a la mesa en la que el caballero degustaba unos manjares en animosa charla con otros señores.

—¿Don Ramiro Aguirre? —le preguntó tocándole el hombro.

En cuanto la vio, su amigo se levant ó con los brazos abiertos.

De piel oscura, ojos rasgados y un bigote muy fino partido en dos, el mexicano apenas había cambiado desde la última vez que se vieron.

Llevaba un traje de chaqueta de llamativos colores, como solía, y no aparentaba los cuarenta y muchos años que debía de tener ya.

—¡El mero, mero! —contestó dándose unos golpecitos en el pecho, sobre su chaleco de seda roja—.

¡Y usted no es otra que mi bella andaluza!

— Envolvió una mano de Emilia con las suyas y se la besó con ímpetu—.

Señorita Espinosa, qué alegría verla después de tanto tiempo.

¿Cuánto ha pasado, un lustro? Está usted todavía más hermosa de lo que recordaba.

Es como el buen vino, que aumenta de valor con el tiempo.

Emilia dejó escapar una risa cantarina.

—Me alegro de verlo, señor Aguirre. ¿Qué le trae otra vez por el sur de España? ¿Negocios?

Él asintió.

—Así es, negocios. Estoy comprando cabezas de ganado.

Aunque no es solo por los animales que estoy aquí…

La verdad es que echaba mucho de menos a su gente y…

la tragadera —dijo señalando las tortillitas de camarones y los buñuelos de bacalao de la mesa—.

¡Los platillos andaluces están para chuparse los dedos!

Los hombres que permanecían sentados a la mesa sonrieron y ella los saludó desde su posición.

—Tengo entendido que en M éxico también se come muy bien —comentó, por seguir la conversación.

—Pues, la mera verdad, sí —contestó con su característico acento—. Algún día me gustar ía llevarla a mi país para que tuviera la oportunidad de probar unos buenos frijoles, unos tacos de chapulines o una empanada de huitlacoche.

—No sé lo que son, pero seguro que están deliciosos —coincidió ella sin borrar la sonrisa.

Se hizo el silencio y la pareja fue consciente de las miradas de quienes los rodeaban. Fue él quien propuso:

—¿Por qué no damos un paseo por la feria, mi bella? Así podremos ponernos al día de nuestras vidas. Cinco años dan para mucho.