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Emilia llegó a su casa empapada y con las mejillas húmedas por la lluvia y las lágrimas. Cuando Francisca la vio de esa guisa, enseguida ordenó que le preparasen un baño de agua caliente y un buen caldo.
—Pero chiquilla, ¿dónde andaba? ¿ Qué le ha pasado?
Emilia extendió los brazos trémulos hacia ella, la envolvió y apoyó la cabeza sobre su hombro. En momentos como aquel sentía que más que una empleada, era una segunda madre. A fin de cuentas, había compartido más momentos importantes con Francisca que con su progenitora.
—Estoy mal… Estoy muy mal —dijo contra su uniforme.
Francisca le acarició el cabello mojado con ternura. No era la primera vez que consolaba a la señorita; ni sería la última.
—¿Qué ha pasado, mi niña? —preguntó con cautela.
—Tengo el corazó n roto. Y me lo merezco. Me lo merezco. —Apretó el llanto.
—¿Qué se va a merecer usted, si es un alma cándida? —El ama de llaves la tomó de los hombros y la separó de ella con suavidad para mirarla a los ojos.
Emilia negaba una y otra vez.
—No, no… Hay algo peor que la maldad, y es la indecisión. Siempre he sido una persona manipulable, de poco carácter. No supe imponerme. No supe luchar por lo que quería.
Francisca abrió los ojos de par en par. No daba crédito a lo que oía.
—Pero cómo puede expresarse en esos términos de sí misma. Pues claro que tiene carácter, ¡si es la única que se ha atrevido a plantarle cara a la se ñora Augusta!
En otras circunstancias, Emilia incluso se habría reído, pero ahora solo tenía ganas de que le arrancaran el corazón para dejar de sufrir.
—Me merezco cada una de sus palabras —dijo sorbiendo los mocos.
—Pero ¿de quién me habla, niña? ¿De quié n?
Emilia meditó unos segundos. ¿Por qué no contárselo?
Una vez, tomando juntas un café y rememorando amores de juventud, le había hablado de su relación con Álvaro, pues en los ú ltimos años se habían convertido en grandes confidentes; pero una cosa era hablarle de un imposible, de un fantasma del pasado, y otra muy distinta, de alguien de carne y hueso que vivía a tan solo unos metros de ellas.
—Se trata del señor Alcázar.
—¿El nuevo vecino?
Emilia le confesó entonces que el señor Alcázar no era otro que su antiguo amor, que había vuelto de la guerra colonial para cobrarse su venganza.
Y, despué s, le relató lo sucedido aquella misma tarde: la forma en la que la había acorralado en la casa salinera para decirle todo lo que pensaba de ella.
—Por el amor de Dios, niña —exclamó Francisca santiguándose—. Esto parece uno de esos folletines románticos por entregas que usted coleccionaba cuando era mocita.
—Sí, pero menos divertido. —Se limpió las lágrimas con el pañ uelo de encaje que la empleada le había prestado y trató de serenarse.
—Y que lo diga. Quién le iba a decir a usted que un vendimiador se convertiría en el mejor partido de la ciudad, mientras que la familia Espinosa caería en desgracia.
Emilia lloró mientras se bañaba. Lloró mientras la doncella le desenredaba el cabello y se lo cepillaba. Lloró cuando se acostó . Y no pudo dejar de hacerlo durante toda la noche. Al día siguiente amanecería con un buen resfriado y los ojos hinchados.
* **
Álvaro llegó a su palacete hecho una furia.
Las manos le temblaban. Tenía el aroma de Emilia incrustado en la piel, metido en el maldito cerebro, enquistado en lo más profundo de su ser.
La había tenido tan cerca… Aún no pod ía creer que hubieran estado los dos a solas , perdidos en una casa vacía en medio de las salinas.
¿Y qué había hecho él en lugar de estrecharla entre sus brazos?
Mortificarla, insultarla, torturarla con sus palabras; perder el tiempo, en vez de aprovechar cada segundo de felicidad que la vida le brindaba.
Si algo había aprendido de su estancia en Cuba, era que el futuro no estaba garantizado.
¿Por qué no le hab ía confesado que sus sentimientos no habían cambiado? ¿Por qué no había reconocido cuánto la había echado de menos? ¿Por qué no se había disculpado por no devolverle la visita?
«No, Álvaro. No».
No podía sucumbir.
Tenía que ser fuerte.
Debía darle una lección de humildad. Había venido a vengarse de todos los que le hicieron daño; como Edmundo Dant és en El conde de Montecristo , su novela favorita.
Después de marcharse de Chiclana, pasó mucho tiempo en el lodo, en la miseria, en la batalla, en la muerte, pero había regresado renovado y rico. Los Espinosa pagarían.
Y, sin embargo, cuando Emilia lo miraba como Mercedes —la antigua prometida de Dantés— miraba a su primer novio, sentía que ella podía verlo bajo todas sus capas, que lo reconoc ía tras esa máscara de frialdad.
Estaba empapado de lluvia y sudor. Ordenó que le preparasen un baño caliente y se sumergió en él.
Sentía unas terribles ganas de llorar, pero se esforzó por contenerse.
«Los hombres no lloran» , solía decir su tío.
Y menos, un militar que había mirado a la Parca a los ojos y había regresado para contarlo.
No obstante, no había nada que deseara más en el mundo que liberar la angustia y la tristeza que albergaba en su interior.
Gritó.
Gritó porque debería odiar a Emilia, y, por el contrario, la amaba.