Tierra de vino y sal 61
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El comandante Alcázar regresaba a casa fatigado y hastiado.

Siempre había sido un hombre solitario y las reuniones sociales lo agotaban.

Con la cabeza hacia atrás sobre el asiento, se preguntaba qué aliciente le veían sus congéneres a aquellas veladas en las que todos se halagaban unos a otros para luego arrancarse la piel de la espalda a tiras.

«Alvarito, no seas tan amable con las señoritas que te presentan porque, si alguna de ellas cree que la estás cortejando, te verás obligado a cumplir con su familia» , le había advertido su peculiar mayordomo en más de una ocasión.

Y quizás tuviera razón. No debió pasear el viernes pasado con la tal Carmencita Núñez y Gil cuando se la encontró por casualidad en el paseo de las Delicias.

La gente murmuraría, surgirí an expectativas y él no podía comprometerse con nadie.

Tampoco debió bailar con todas aquellas muchachas que le habían presentado esa misma tarde y, sin embargo, lo había hecho.

Por despecho. Por rabia. Por venganza.

Las ruedas de la calesa traquetearon sobre la madera del puente de siete barcas y enseguida enfiló por el Camino de Chiclana.

La ciudad le daba la bienvenida desde dos alturas —el cerro de Santa Ana, por un lado, y el cerro del castillo, por el otro— y no supo si sentirse reconfortado o asqueado.

No obstante, no le dio tiempo a decidirse.

La negrura se cernió de repente sobre el carruaje en el que viajaba y asomó la cabeza por la ventanilla.

Entendía de meteorolog ía lo suficiente, sobre todo después de que de ello dependiera su vida, y sabía que se avecinaba una fuerte tormenta.

Y entonces la vio en el horizonte.

Era ella.

Tenía que serlo.

Llevaba un vestido a rayas blancas y azules y montaba sobre su caballo a horcajadas.

La forma de su cabeza, de su cuello y de su espalda le resultaban inconfundibles.

¿Qué hacía allí , en medio de la nada? Le ordenó a Miguel que detuviera el vehí culo y se apeó con resolución.

La lluvia arreciaba. La llamó dos veces, pero ella lo ignoró.

La vio desmontar de su caballo, aunque seguía dándole la espalda. Le dio alcance con unas pocas zancadas.

—Señorita Espinosa, ¿qué hace aquí sola en una tarde tan desapacible? Por favor, suba a mi calesa y la llevaré a su casa —ofreció con sincera preocupación.

Como respuesta, ella se dio la vuelta y lo enfrentó.

Un destello iluminó momentáneamente sus ojos, de un azul grisáceo difícil de olvidar. El vestido empapado se le pegaba al cuerpo, revelando su esbelta figura. Su mo ño se había deshecho y los bucles estirados le caían sobre el pecho, que ascendía y descendía con su respiración agitada.

Dios. Qué hermosa era. Con su sola mirada lo había desarmado por completo.

Por eso la había esquivado. Por eso habí a hecho un esfuerzo titánico por ignorarla.

Porque si ella lo miraba así, él no era más que un pelele en sus manos.

Porque si la oía pronunciar su nombre, sería capaz de ponerse de rodillas para suplicarle un beso.

«Imbécil», se reprochó .

—No hace falta, señor Alcázar. Estoy acostumbrada a pasear sola y unas cuantas nubes no me asustan. Sé dónde guarecerme hasta que pase la tormenta.

Sin añadir nada más, la dama siguió a pie por el sendero en dirección a la casa del salinero que se divisaba al fondo: un bloque hecho de piedra ostionera y mampostería encalada de blanco que aguantaba los vientos de levante gracias a gruesos contrafuertes.

Á lvaro, viendo que nada podía hacer para que la dama cambiara de opinión, ordenó al cochero que bajara del pescante y que se refugiara en el interior de la calesa hasta que él regresara.

Aceleró el paso y alcanzó a la señorita cuando trataba de abrir la puerta de la casa, desocupada en aquellos momentos.

Esta se resistía y él le pidió que se apartara.

Dio un fuerte empellón a la tabla de madera con el hombro y el pestillo cedió. Después, los dos pasaron al interior.

—Señorita Espinosa, debemos regresar —insistió Álvaro en la penumbra de la estancia principal: una especie de salón comedor en el que también había herramientas y utensilios salineros como palas, carretillas y angazos planos—. Este no es lugar para una dama.

Todavía restaban un par de horas para el atardecer, pero las tinieblas se habí an cernido sobre ellos y parecía que, de repente, fuera de noche. Emilia localizó un candil sobre una destartalada mesa de madera, alzó la tulipa de cristal y encendió la mecha. Después se volvió a mirarlo, desafiante.

—Yo decido si es lugar para una dama o no —dijo solamente.

A Álvaro le pareció que temblaba, tal vez de frío, o tal vez de algo má s.

No sabía si eran gotas de lluvia o lágrimas las que impregnaban sus pestañas, pero en ese momento no había nada que deseara más que abrazarla y cobijarla entre sus brazos; protegerla de la lluvia, de las bajas temperaturas, de todos los males del mundo.

—¿Hasta cuándo va a seguir así, comandante? —le preguntó sin dejar de clavarle sus iris inquisitivos.

—No sé a qu é se refiere, señorita.

Trató de mostrarse indiferente, pero su escudo de frialdad se fracturaba por momentos. Casi podía sentir el calor abrasador colándose por las grietas y haciendo bombear con fuerza su corazón congelado. La capa de hielo se resquebrajaba, se fundía. Si seguía así, perecerí a bajo las llamas.

—¿Hasta cuándo vas a seguir llamándome «señorita Espinosa»? ¡¿Hasta cuándo, maldita sea?! —la voz se le quebró. Parecía dolida, herida, triste. Casi tanto como una vez lo estuvo él. Casi tanto como todavía lo estaba él.

Y ya lo tuteaba. Que no pronunciara su nombre. Por favor, que no lo hiciera.

—¿Hasta cuándo vas a seguir fingiendo que no me conoces, Álvaro ?

Ya está. La armadura se rompió por completo y cayó a sus pies hecha añ icos.

La carne quedó expuesta. Las heridas estaban frescas.

Dolía, dolía, dolía. Por el demonio, cómo dolía.

Avanzó hacia ella con determinación y, para su sorpresa, Emilia caminó hacia atrás hasta que su espalda quedó pegada a la pared de la que colgaban cazos de latón.

Él apoyó una mano a cada lado de su rostro, reteniéndola en el hueco entre sus brazos igual que aquella vez, cuando la protegió de la ira de un toro, solo que ahora el toro era él.

Sus bocas estaban muy cerca. Sus vahos se entremezclaban.

—¿Qué esperabas… Emilia? —dijo con los ojos como ascuas, y ella se estremeció bajo sus brazos—.

¿Que te rogara como la última vez? ¿Que perdiera mi dignidad?

¿Que me arrastrara a tus pies? ¿Qué pasa?

¿Ahora sí soy digno de ti? ¿Ahora sí puedo comprarme una esposa como tú?

Porque eso es lo que hacen los de tu clase, ¿no es así?

¡Comprarse una esposa! —Emilia despegó los labios para responder, pero Álvaro no la dejó hablar.

Todas aquellas palabras llevaban demasiado tiempo guardadas en su coraz ón.

Sentía las venas de las sienes y del cuello inflamadas y la sangre fluía como una tromba por su cuerpo—.

¿Sabes cuántas muchachas casaderas me han presentado hoy?

¡Siete! Siete jovencitas que han desfilado frente a mí como dulces en una confitería, ofreciéndoseme con coquetería.

Siete chiquillas dispuestas a casarse conmigo, por gusto o empujadas por sus padres.

¡Porque ahora sí merezco la pena! ¡Yo, que soy el mismo de antes!

Pero claro, mira esto, Emilia. ¡Mira este uniforme!

¡Mira los galones! ¡Mira todas estas medallas!

—Se llevó un puño al pecho y se lo golpeó con fuerza repetidamente—.

Estas medallas me hacen ganar puntos ante vuestros ojos, ¿verdad?

¡Aunque detrás de cada una de ellas haya muerte, sangre, dolor, días de sufrimiento y hambre!

¡Qué importa! Soy un comandante, y encima, rico.

Un buen amigo que murió en mis brazos me legó su patrimonio.

¡La fortuna me ha sonreído! ¡Como me sonre ís todos vosotros ahora!

¡Hipócritas, falsos y mezquinos! —La saliva salía disparada de la boca de Álvaro en todas direcciones.

El dolor que sentía era palpable. Su ira, incontrolable.

Emilia intentó escapar, pero él se lo impidió.

—No sigas, por favor —le suplic ó cubriéndose el rostro.

Él se le acercó aún más. El flequillo mojado goteaba sobre su chaqueta. La punta de su nariz le rozaba la mejilla cuando le dijo al oído:

—¿Que no siga? ¿Por qué no, Emilia? ¿Te duele?

¿Te duele tanto como me dolieron a mí tus palabras?

¿Las recuerdas? ¿Cómo dijiste? Ah, sí… «Jamás podría casarme con alguien como tú…

No eres suficiente para m í». ¿Fue así? ¿Fue así, Emilia?

Vamos, siempre has tenido buena memoria.

No creo que hayas olvidado cómo le rompiste el corazón a un hombre.

¿O es que se lo has roto a tantos que ya ni te acuerdas?

Emilia hizo el intento de alzar la mano para guantearlo, pero, acorralada como estaba, le resultó imposible.

—Por favor, para… —musitó.

— No, Emilia. ¿No era esto lo que querías? ¿No querías que recordara el pasado? ¡Pues fíjate qué bien lo recuerdo!

—Basta, basta, te lo ruego… Álvaro…

Al sonido de su nombre, él se relajó. Emilia lloraba con aquellos ojos enormes de pestañ as largas y oscuras.

Y él, solo él, era el causante de sus lágrimas.

Ninguna criatura tan hermosa merecía llorar así.

¿En qué clase de demonio se había convertido?

¿Tanto lo habí a cambiado la guerra? Se vio tentado de enjugar sus lágrimas a besos y, en cambio, se alejó de ella, dándole la espalda.

Se tomó unos segundos para intentar recuperar los fragmentos de su armadura desperdigados por el suelo, pero eran demasiados y no lo lograría.

Su carne sangrante había quedado expuesta.

—Ya no eres el mismo. —La voz afligida de la dama lo hizo estremecer.

Respiró hondo tratando de serenarse y se giró hacia ella.

—Por supuesto que no soy el mismo, Emilia. Á lvaro está muerto. Murió cuando tú lo dejaste y volvió a morir en Cuba. Ahora solo soy el adinerado comandante Alcázar. Un buen partido, ¿no es así?

Emilia agachó la mirada. Le temblaba el labio inferior y él dese ó recorrer la distancia que los separaba y beber el néctar prohibido de su boca hasta apaciguar su sed de ella.

—Ya lo veo —respondió sin mirarlo—. Y ese comandante no tiene nada que ver conmigo. Es un completo desconocido.

Fuera, la lluvia había empezado a remitir y tímidos rayos de sol se abrían paso entre las nubes y se colaban por las ventanas. Ya no era necesario el candil. Emilia se acercó a la mesa y lo apagó de un soplido.

—Gracias por la compañía, se ñor Alcázar —dijo después, dedicándole apenas una mirada—. Pero como ve, ya ha pasado la tormenta.

Cuando pasó por su lado, Álvaro no la retuvo.

—Emilia… —se limitó a susurrar.

La dama no lo oyó, y si lo hizo, lo ingnoró. Abandonó la casa salinera con resolución y a él no le quedó más remedio que seguirla. Desde el umbral de la puerta la observó caminar hasta su caballo, subirse de un salto y espolear al animal con maestría.

«Testaruda», pensó mientras la veía alejarse al galope por el camino fangoso y lleno de charcos.