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La migraña de Emilia pasó y también los d ías sin recibir una nueva invitación a otra fiesta.
O las damas casaderas de Chiclana se habían resignado a no llamar la atención del comandante Alcázar, o alguna de ellas ya la había llamado lo bastante como para que las demás hubieran perdido las esperanzas.
—Al parecer, la señorita Carmencita Núñez y Gil le cayó muy bien —coment ó la maestra en otra de las tertulias de los jueves—. Dicen que el militar estuvo hablando con ella durante toda la velada, que bailaron juntos y que es posible que hayan pactado un próximo encuentro.
Emilia, agitada, bebió de su taza de infusión de manzanilla. Las paredes de color ocre del saloncito le parecieron opresivas y se encogió en su asiento.
—¿No es esa la hermana de la Condesita, la esposa de tu señor primo? —preguntó la señora Fernández solo para tirarle de la lengua, pues de sobra conocí a la respuesta.
—Así es —respondió Emilia con su sonrisa más falsa.
—¿Y no tienes nada más que contarnos, mujer? Algo habrás oído en casa —insistió.
—Lo cierto es que no, Acadia. No acostumbro a escuchar conversaciones ajenas y, ademá s, el asunto no es de mi incumbencia.
La mujer, que se había llevado una pasta de té a la boca, se la tragó de un solo bocado.
—Ay, mujer —le espetó—, no te pongas así. Estamos entre amigas.
—Pues yo he oído que coincidieron en la capital hace unos días y que pasearon juntos por el paseo de las Delicias —apuntó doña Lorenza, la mujer del boticario.
Esta vez, en lugar de Emilia, fue Lidia —que tampoco pod ía soportar los cotilleos de marujas insidiosas— quien regañó a las damas, instándolas a tratar las cuestiones que solían.
Ese jueves les tocaba comentar sus últimas lecturas, así que hablaron de Fortunata y Jacinta , de Galdós; de La madre naturaleza , de Pardo Bazán y de El sombrero de copa , una obra de teatro de Vital Aza.
Emilia estaba leyendo El Anacronópete , de Rimbau, publicada en Barcelona un año antes.
—¿Y cuál es el argumento? —quiso saber Basilisa, la maestra.
—Trata sobre un inventor que, en la Exposición Universal de 1878, presentó una máquina del tiempo con forma de vehículo de hierro con ventanales de observació n para que los pasajeros contemplaran épocas pasadas.
—¿Y para qué querría alguien viajar al pasado; para ver a esos hombres de las cavernas que se parecían más a los monos que a nosotros? —comentó la señora Fernández—. Anda, déjalos allí , que bastante tenemos con nuestros maridos.
Las mujeres se carcajearon y Emilia se relajó. De nuevo la sala volvía a ser un lugar agradable.
—Bueno, Sindulfo no construyó la máquina solo para contemplar acontecimientos históricos, sino también para huir del presente.
El inventor estaba enamorado de su sobrina, Clara, pero ella lo había rechazado porque amaba a su primo Luis, con quien se veía a escondidas.
De modo que Sindulfo la secuestró para llevá rsela a una época remota.
—Qué turbio y qué retorcido todo —comentó Lidia—. Suerte que solo es ficción
A Emilia se le puso el vello de punta y sintió un extraño escalofrío. Se acordó de Enrique y de la incomprensible fijación que sentía por ella. A veces la realidad superaba a la ficción.
—¿Qué haríais vosotras si pudieseis viajar atrás en el tiempo? —se le ocurrió preguntar a Basilisa.
—Yo me quedar ía soltera —dijo sin dudar la señora Fernández.
Todas volvieron a reír.
—Yo estudiaría Medicina —imaginó la mujer del boticario.
—Yo no cambiaría nada de mi vida, pero sí de la sociedad —comentó Lidia con ojos brillantes—. Empezaría antes la lucha por la igualdad de la mujer; iría a conocer a grandes damas como Hipatia de Alejandría, Mary Wollstonecraft, Flora Tristán…
—Pues en mi caso, volvería a formarme como maestra. Es lo que más me gusta hacer —se enorgulleció Basilisa—. ¿Y tú, Emilia? ¿Qué harías?
—Yo… —Se quedó pensando.
¿Qué haría ella si pudiera retroceder unos años?
¿ Apostaría por el amor? ¿Se fugaría con Álvaro como hizo su prima Marga con aquel humilde herrero?
Si lo hubiera hecho, tal vez no tendría aquella tertulia, ni habría acabado su novela ni habría escrito la mayoría de sus artículos.
Tal vez la felicidad hubiese matado su creatividad, pues sus obras solí an ser producto de la frustración, del anhelo, de la incomprensión.
Tal vez en ese pasado alternativo no hubiera sentido la necesidad de expresarse con palabras porque ya lo habría hecho con caricias, abrazos y besos a su marido y a sus hijos.
—Emilia, que nos dormimos —la apremió Lidia, y las demás rieron.
—No sé lo que haría —admitió finalmente—. Por suerte, el tiempo solo puede ir en una direcci ón: hacia adelante.
* **
Y hacia adelante fue Emilia aquella tarde. Solo hacia adelante. Cabalgando a horcajadas y espoleando a su caballo.
«Más rápido. Más lejos. Más inalcanzable», se decía a sí misma mientras dejaba atr ás las verdes huertas de la Alameda de Solano, las norias que giraban y giraban en su eterno ciclo, los álamos blancos y la salina de Bartivás con su perfume salobre.
Cuando se quiso dar cuenta, había recorrido el Camino de Chiclana en dirección hacia el puente del Duque de la Victoria y solo tendría que cruzarlo para alcanzar la vecina ciudad de San Fernando.
«¿Adónde va usted, niña? ¡Está loca! », le dijo una voz que le recordaba demasiado a la de Paca. «Los caminos están llenos de bandoleros sin escrúpulos». Y después: «Las mujeres no somos como los hombres, niña. Una mujer sola es una presa fácil para los desalmados».
Se dio media vuelta antes de que su montura pusiera las herraduras sobre el pont ón y con el sonido del fluir del caño Zurraque, regresó al trote.
Los últimos días habían sido un martirio para ella.
El malestar y la tristeza la gobernaban.
Solo quería escapar, huir de sí misma y de su propia mente, que no dejaba de atormentarla.
«¿Por qu é has vuelto, Álvaro? ¿Para torturarme?
¿Para vengarte? Pues hazlo de una vez y márchate, pero no me condenes a tu indiferencia.
Eso no». Los recuerdos más recientes se entremezclaban con las vivencias del pasado en una amalgama que desfilaba ante ella en un bucle sin fin y sentía que le iba a estallar la cabeza.
«La señorita Carmencita le cay ó muy bien…». Ahora era Basilisa quien le hablaba.
Estaba tan absorta en sus pensamientos que avanzaba sin prestar atención a los cambios que se estaban produciendo en las alturas.
Las nubes dispersas, poco a poco, se acercaron una a la otra hasta que comenzaron a deshilacharse en una fina lluvia de finales de primavera, que empezó a humedecerle el pelo y la ropa.
En poco tiempo, el suelo se convirtió en una capa de fango bajo los cascos del caballo.
La oscuridad se cernía sobre Chiclana y la cortina de agua le impedía avanzar.
Qué insensata.
Cómo se le habí a ocurrido alejarse tanto del centro de la ciudad. Si continuaba mucho rato a la intemperie, el agua acabaría calándole hasta los huesos y una neumonía la mantendría en cama durante días, si es que no se la llevaba al otro mundo.
Suspiró, resentida. A su alma poco le importaba su suerte en aquellos momentos, pero el cuerpo, hecho para sobrevivir, enseguida pensó en un posible refugio: la casa del salinero de Rubial Chico, que se divisaba a unos veinte metros a la izquierda del camino.
Las eras ya estaban preparadas para la inminente cristalización de la sal 19 y la ú nica forma de llegar a la vivienda era por el sendero de albero que daba a la misma puerta.
Emilia tiró de las bridas y dirigió hacia allí a su montura justo en el momento en que oyó las ruedas de un carruaje rodando sobre los charcos.
El cochero tiró de las riendas para detener el vehículo y los caballos emitieron un quejido. Alguien abrió la portezuela y descendió por la escalerilla. Un par de pies grandes dieron unos pasos hacia ella.
—Señorita Espinosa, ¿ es usted? —oyó que decía un hombre en voz baja.
Lo ignoró. Lo ignoró como él llevaba haciendo con ella desde que había vuelto a su vida.
—¡Señorita Espinosa! —gritó esta vez el viajero. Casi parec ía enfadado.
Emilia se detuvo y, apoyándose en el estribo, bajó del corcel de un salto ágil. No obstante, permaneció de espaldas junto al animal. La lluvia era ya una tormenta en toda regla, con relámpagos que de tanto en tanto iluminaban el horizonte. No se dio la vuelta. Todavía no.
El viajero caminó hacia ella con paso decidido y ené rgico. Cuando estuvo tan cerca que con solo alargar el brazo podría tocarla, le dijo, con la dificultad que entrañaba hablar en tales circunstancias:
—Señorita Espinosa, ¿qué hace aquí sola en una tarde tan desapacible? Por favor, suba a mi calesa y la llevaré a su casa.
Como respuesta, ella se giró para enfrentarlo.
19 . En Chiclana, la recolección de la sal se suele realizar de mediados de junio a mediados de septiembre, cuando las altas temperaturas hacen que el agua se evapore en las eras y cristalice la sal.