Tierra de vino y sal 59
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Emilia no podía levantarse de la cama. Una fuerte migraña se había apoderado de ella y no era por el moscatel que hab ía tomado en la fiesta, aunque ella le había hecho creer a todo el mundo que sí.

Le costaba abrir los ojos, el menor resquicio de luz le molestaba y un dolor palpitante latía en sus sienes.

—Voy a decirle al señor que venga —determinó Francisca.

—¿Enrique sigue en la casa? Pensé que habrían partido temprano para Sevilla —dijo ella incorporándose de la cama, lo que le provoc ó un intenso mareo y la obligó a recostarse de nuevo.

—Sí, aquí sigue, y ahora mismo voy a buscarlo.

A Emilia no le apetecía enfrentar a su primo en esos momentos, es más, habría preferido que se hubiera marchado sin despedirse. Evocar la conversación de la noche anterior le provocaba una mezcla de vergüenza, arrepentimiento e indignación.

—Paca, no es necesario. Por favor, ya se me pasar á…—intentó, pero cuando al ama de llaves se le metía algo en la cabeza, era imparable.

—No diga tonterías, niña, que a su primo no le supone ningún esfuerzo. Espérese aquí.

Emilia resopló. ¿Acaso pod ía huir? En sus condiciones no llegaría muy lejos. Sentía los brazos adormecidos y tenía la visión borrosa, así que no le quedó más remedio que esperar. Enrique no tardó en entrar por la puerta con cara de preocupación.

—Sab ía que tenías algo. Llevas con mala cara desde ayer.

Arrimó la silla del tocador a la cama, colocó la palma de la mano sobre la frente de su prima y suspiró. Fiebre no tenía. Le sostuvo la muñeca con el ceño fruncido y consultó su reloj de bolsillo para tomarle el pulso; esta vez, de verdad.

—Necesito mi maletí n. Tengo uno de repuesto en el despacho. ¿Podría traérmelo, Paca? —pidió.

—Por supuesto, señor —dijo, y salió de la habitación como una exhalación.

La pareja se quedó a solas; una situaci ón del todo inapropiada, a pesar de que el caballero fuera médico, casado, y pariente de la señorita.

Con las pesadas cortinas echadas, solo el candil de la mesilla de noche arrojaba un leve fulgor, lo que creaba un ambiente demasiado íntimo.

Emilia se sintió desnuda con aquel camisón de encajes y tirantes de raso y se cubrió el pecho con la sábana.

—Oh, vamos. ¿Pudor ahora, Emilia? Nos bañá bamos juntos en el río.

—Éramos niños…

—No tanto. —Enrique pareció rememorar alguna escena en su mente y tragó saliva.

La muchacha bajó la sábana solo un poco y sacó los brazos.

—Ademá s, déjame aclararte que —continuó el caballero tomándola por la muñeca y el codo—, cuando estoy en mi faceta de facultativo, yo solo veo ligamentos anulares, flexores, palmares, tríceps y deltoides —fue diciendo al tiempo que ejercía una leve presión sobre los músculos que iba señalando —.

Y debajo de ellos: falanges, cúbito, radio, y húmero —añadió en referencia a los huesos.

Emilia negó con la cabeza y él le flexionó el codo varias veces como si jugara con un muñeco de laboratorio, lo que hizo aflorar en los labios de la dama una leve sonrisa.

Las manos de Enrique eran grandes y varoniles, pero sumamente suaves.

Las yemas de sus dedos eran las propias de alguien que solo habí a tocado libros, tinta e instrumental quirúrgico y distaban mucho de otras manos que ella añoraba, más ásperas y velludas; unas manos que la habían tocado fugazmente la noche anterior y con pasión hacía años.

—Aquí est á —anunció Francisca entrando en la habitación con el maletín—. Las nuevas criadas me tienen loca. Lo cambian todo de sitio.

—Gracias, Paca —contestó él, haciéndose con su instrumental.

Durante unos minutos nadie pronunció una palabra. El doctor se colocó las olivas del fonendoscopio en los oídos y acercó la campana al pecho de Emilia. El ama de llaves se asomó por encima del hombro del caballero y solo entonces murmuró para sí: «En esta casa no gana una para sustos».

—¿Hay mucho ruido ahí dentro? —logró bromear Emilia a pesar del dolor, pues el roce frío del instrumento sobre la piel la estaba poniendo nerviosa.

—Respira, Emilia —orden ó él, concentrado. Pasados unos segundos, le pidió que se diera la vuelta para repetir la acción en la espalda y se tomó la libertad de retirarle la melena a un lado con extrema delicadeza. Dio por terminado el examen y guardó el aparato.

—¿Y bien? ¿Qué es lo que tiene esta niña? —quiso saber Francisca, que se colocó a los pies de la cama para observarla.

El doctor emitió su diagnóstico:

—Cansancio. —Y agregó mirando solo a su prima—: Piensas demasiado, Emilia, sobreexcitas la mente.

—Ay, esta chiquilla. Si es que no para de escribir. Todos los días con sus cuadernos de acá para allá —rezongó Francisca—. ¿Qué podemos hacer por ella, adem ás de amarrarla a la cama?

Emilia puso los ojos en blanco y Enrique esbozó una sonrisa.

—Pida que le preparen una tisana y colóquele un paño empapado en vinagre sobre la frente.

Por lo demás, debería evitar los ruidos y la luz solar hasta que se le pase.

—Se humedeció los labios, la miró con intensidad y añadió—: Ser ía recomendable que alguien le diera un masaje en las piernas y le lavara los pies con agua caliente.

Ya sabe, para que la presión sanguínea baje de la cabeza.

—Muy bien, señor. Ahora mismo le prepararemos los remedios y una palangana con agua caliente —resolvió la mujer—. Yo misma le daré el masaje.

—Claro… —Se puso de pie—. Ahora debo retirarme.

—¿El señor se marcha a Sevilla? —se interesó Francisca—. Disculpe usted. Lo pregunto por si tengo que ordenar alguna tarea a la doncella o al cochero.

—Me iré mañana —respondió, y una expresión mortificada se dibujó en su rostro—.

Pero en unos días estaré de vuelta. De hecho…

estoy barajando la posibilidad de trasladar mi consulta a Cádiz.

Así estaré más cerca de vosotras y podré hacerme cargo de las tierras.

El señor Morales no ha demostrado ser lo buen administrador que esperábamos y me gustaría tenerlo vigilado.

—¡Eso sería maravilloso, señor! —opinó Francisca tom ándose las licencias a las que estaba acostumbrada—.

La señorita Emilia está muy sola en Chiclana.

Desde que el señor Martínez se retiró, el único hombre de la casa es Pascual, que anda medio sordo.

El resto del servicio, como usted sabe, lo conformamos unas pobres mujeres.

—Negó con la cabeza—. Siempre lo digo: cualquier día bajar án de la sierra unos bandoleros y entrarán a robar, o a solo Dios sabe qué.

Esta familia necesita la presencia de un caballero joven y vigoroso como usted.

«Cállate, Paca», pensó Emilia, que se recostó sobre la almohada y cerró los ojos. Quería responder, pero su cuerpo le ped ía descanso.

—Bueno, aún no lo he hablado con Gertrudis. No sé cómo se lo tomará. Le gusta estar cerca de su familia y más ahora que… —titubeó— que estamos esperando otro hijo.

Emilia abrió los ojos de golpe. Así que, mientras su primo se dedicaba a cortejarla, a hablarle de su amor frustrado, no perd ía el tiempo con su esposa y se dedicaba a engendrar un hijo detrás de otro. Si bien era cierto que el acto de engendrar al hijo había tenido que suceder unas semanas atrás.

—¡Ay, no me diga, señor! ¡Otro retoño! ¡Qué alegría! Estoy segura de que esta vez será un varoncito.

—Dios la oiga, Paca.

El patriarca de las Espinosa lanzó una breve mirada a Emilia, que le decía: «Tú podrías haber sido la madre de mis hijos». Se acercó a ella y le bes ó el dorso de la mano.

—Cuídate, por favor —le susurró.

Después, el caballero se marchó de la habitación sin mirar atrás y Francisca se acercó a Emilia en actitud confidente.

—El señor Enrique vale oro, niñ a. Tan bien plantado, talentoso y educado. Qué suerte tenerlo en la familia —comentó con la mirada perdida más allá de la puerta, en el pasillo que se bifurcaba hacia otras estancias.

—Sí, mucha suerte —murmuró Emilia con ironía, y dejó que la almohada la engullera.

Solo quería volver a dormir. Perder la consciencia. Perderse a sí misma. Desaparecer. Pero antes, el ama de llaves, que sabía demasiado sobre su historia, le clavó la estocada final.

—Qué buen partido se perdió, chiquilla.