Tierra de vino y sal 58
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—No. No. Corre. ¡Corre! —Álvaro se despertó con sus propios gritos. Las pesadillas lo atormentaban cada noche y había veces que le costaba distinguir lo que era real de lo que no.

Todas se parecían. La oscuridad extendiéndose como un manto negro sobre los soldados españoles.

Las voces de los mambises entre la maleza.

El brillo de la hoja de los machetes bajo la luz de la luna.

Y sangre, mucha sangre. A su mente le costaba olvidar lo que había vivido.

Pero, ademá s, a sus terribles sueños se había sumado ahora un nuevo rostro.

Veía a Emilia corriendo junto a él en las trincheras. La veía en el hospital, vestida de monja enfermera y tomándole la temperatura mientras él padecía las fiebres. La veía bailando en brazos de otro y carcajeá ndose.

—¿Estás bien, Álvarito? —preguntó el mayordomo después de llamar a la puerta y asomar la cabeza—. Te he oído gritar.

—Sí… Son las condenadas pesadillas, que no se van.

Bartolomé asintió.

—Tu t ía te ha preparado el desayuno —informó.

Álvaro negó con la cabeza.

—Le tengo dicho que no haga nada. Para eso tenemos a la cocinera y a las criadas.

El mayordomo se encogió de hombros.

—La señora insistió. Ya sabes cómo es.

—Está bien —aceptó—. Ahora bajaré.

—¿Te ayudo a vestirte?

—Que no.

Álvaro seguía negándose a tener un ayuda de cámara. Estaba acostumbrado a hacerlo todo por sí mismo y no comprendía a esos señ ores encopetados a los que sus lacayos no solo afeitaban y anudaban el corbatín, sino que hasta les cortaban los pelos de la nariz y las uñas de los pies.

Bartolomé cerró la puerta al salir y él se levantó de la cama.

Sudaba y las sábanas estaban empapadas. Se dirigió al palanganero y se echó agua frí a en la cara.

Ajustó el espejo basculante y se observó.

«¿Qué pensará Emilia de ti, imbécil?», se dijo.

«Que estás añ oso, barbudo y demacrado», le respondió su propia voz.

Le vino a la mente el instante en que besó su mano, cálida, trémula y pequeña. Evocó sus iris cristalinos, sus labios sonrosados, su cintura estrecha. Sintió que le hervía la sangre, que el cuerpo entero le ardí a. La deseaba incluso más que antes.

* **

Después de lavarse a jicarazos con agua fría, como hacía cuando vendimiaba, Álvaro bajó al comedor y se sentó a la mesa con sus tí os.

Todavía no se creía que hubiera logrado convencerlos para que se mudaran a vivir con él, pero no acababa de verlos cómodos en la casa.

Su tío se pasaba las horas mirando al río desde la ventana, tejiendo canastos de esparto y mascullando palabras de protesta.

Y su tía, arreglando cortinas, charlando con las doncellas o yendo al mercado a por viandas.

—Tía Manuela, le he dicho que usted es tan dueñ a de esta casa como yo. No tiene por qué cocinar, ni fregar, ni hacer nada más que descansar y dejarse cuidar.

La mujer, que bebía de su taza de café, se explicó.

—Álvaro, hijo, llevo toda la vida siendo una criada y ahora no sé ser otra cosa. ¿No lo comprendes?

—Por eso mismo. Ya ha trabajado usted bastante.

Don Román, que le quitaba las uvas pasas a un trozo de bizcocho, apenas prestaba atención a la conversació n.

—Tío. Llevo un tiempo queriendo preguntarle algo, pero no quería sacar el tema tan pronto. ¿Sabe qué ha sido de ese pérfido de Juan Morales? ¿Trabaja todavía para los Espinosa o ha puesto su gordo culo fuera de Chiclana?

El hombre dejó las pasas a un lado y miró a su sobrino, sentado al otro lado de la mesa.

—Seguro que t ú ya te has encargado de averiguarlo —contestó con voz taciturna.

Álvaro apretó las mandíbulas.

—En realidad, sí, pero quería oír su versión. Mis informantes me han dicho que no solo sigue trabajando para ellos, sino que ahora es tambié n el administrador. ¿Cómo puede alguien tan obtuso ocuparse de los negocios de la familia? No me extrañaría nada que los llevase a la ruina.

Manuela, que había oído chismes en el mercado, comentó:

—La familia se ha quedado sin hombres y con el primo de la señorita Emilia viviendo en Sevilla, dicen que el capataz campa a sus anchas y que hace y deshace como si fuera el dueño de todo. Pero, hijo, promé teme que te olvidarás de él, que no harás nada. Ese asunto ya no te incumbe.

—No me pida que le prometa algo que no cumpliré, tía.

Era domingo y de repente a Álvaro le apeteció salir a cabalgar.

Se levantó de la mesa y fue a buscar a su caballo, en la parte trasera de la casa.

«La familia se ha quedado sin hombres…».

Recordó a ese pisaverde de Enrique Lara Espinosa.

Cuando lo saludó en la fiesta de cumpleaños, con gusto le habría partido la mano.