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Carmencita no hacía más que adular la labor de los militares destinados en las colonias españolas, lisonjeando a Á lvaro en particular y acercándose a él con coquetería.
Él parecía encantado con ella, a juzgar por cómo le seguía la conversación y le sonreía como un niñ o con un juguete nuevo.
Tanto, que Enrique se lo comentó en voz baja a su esposa.
—Vaya. Creo que tu hermana se ha ganado el corazón del comandante —le dijo.
Emilia no pudo soportarlo durante mucho rato.
Antes de que empezara el baile, abandonó el gran salón y cruzó a la carrera el suntuoso patio central, con aquellas columnas de jaspe engalanadas con lienzos blancos a las que ni siquiera prestó atención.
Se escabulló por un corredor y no se detuvo hasta llegar al jardí n trasero.
La atmósfera, embalsamada por las damas de noche, la relajó al instante.
Inspiró hondo mirando hacia las estrellas y se dirigió con paso lento hacia la fuente de mármol donde cinco tritones escupían agua con sus bocas abisales.
Se acordó de Roma, y no porque hubiera estado jamás, sino por una de las postales de la colecció n de su abuelo.
Sentada en el borde, se retiró el guante de seda donde Álvaro la había besado e introdujo la mano en el agua. La piel le ardía allí donde sus labios la habían tocado y el fresco la reconfortó.
En silencio, las lágrimas resbalaron por sus mejillas. Cómo deseaba volver a aquellos añ os en los que su única preocupación era curiosear entre las pertenencias de su abuelo o jugar a la comba con su hermana.
Apenas unos minutos después, alguien salió al exterior para reunirse con ella. Un hombre alto y bien parecido al que Emilia conocía muy bien, pero que no era a quien deseaba ver en esos momentos. Se secó las lágrimas antes de que él las viera.
—Se te ha olvidado esto en el tresillo —dijo su primo cubriéndole los hombros con el chal.
—Muy amable, Enrique —respondió todavía muy lejos de allí, en sus recuerdos de la infancia.
—¿Estás bien, Emilia? ¿Te ha sentado algo mal? Te veo desvaída.
Sin pedir permiso, el doctor sumergió la mano en el plato de la fuente y le rodeó la muñeca como si pretendiera tomarle el pulso. Sin embargo, solo le acarició las venas con la yema del pulgar.
La dama observó el punto de unión y levantó la mirada hacia él. Enrique vestía un frac negro de exquisita factura y se había peinado el cabello trigueño hacia atrás. Emilia tenía que reconocer que era un hombre atractivo; tanto como lo fue el abuelo Bernardo en su juventud.
—Enrique… —susurró .
—Dime —dijo él, acercándose en actitud confidente.
Ella rompió el contacto sacando la mano del agua. Se la secó en el chal.
—Da igual, es una tontería. —Negó con la cabeza.
—Por favor, nada de lo que tú digas es una tonterí a para mí. —La tomó de la barbilla, invitándola a mirarlo.
Emilia se sintió en confianza; o quizás el moscatel o la desesperación le soltaron la lengua. Sondeó sus ojos, esos iris que ambos compartían.
—¿Crees que tú y yo habr íamos sido felices si nos hubiéramos casado hace diez años, cuando me lo propusiste?
La pregunta lo pilló por sorpresa. Enrique tragó saliva sonoramente, y la nuez subió y bajó en su garganta.
Los ojos le brillaban a la luz de la luna y Emilia no supo si se debí a a la emoción del momento o a que las flores ya le estaban causando estragos.
Enrique posó la mano derecha sobre la mano izquierda de su prima, que reposaba en su muslo, y la estrechó con anhelo.
—Emilia… mi dulce Emilia… No me cabe duda de que tú y yo habríamos sido muy felices. —Se le quebró la voz y, de repente, empezó a temblar. É l, que tenía pulso de cirujano—. A veces desearía que fueras tú la madre de mis hijas.
Ante la inesperada efusividad de la respuesta, Emilia se arrepintió de la pregunta en el acto.
—No digas eso, por Dios, Enrique. Gertrudis es una gran dama.
—Sí, es una gran dama. Pero no eres tú. No tiene tus ojos, tus labios, tus maneras, tu voz, tu mente…
—Yo solo soy una mujer más —lo cortó.
—No es cierto. No te pareces a nadie que conozca.
Brillas con luz propia, sin necesidad de adornos.
Un caballero puede hablar contigo de igual a igual sobre cualquier tema, y de seguro tú sabr ías más que él.
Gozas de un cerebro privilegiado, de una sensibilidad especial, de un mundo interior al que me hubiera gustado entrar, si tú me lo hubieras permitido.
Sé que… —su voz se convirtió en un susurro—, sé que hace diez años no te traté como merecías.
Era joven, est úpido, acababa de terminar la carrera y me sentía superior a ti por el mero hecho de ser un hombre y de tener estudios.
Creía que tenía derecho sobre mi prima por ser el futuro patriarca de la familia.
Estaba muy equivocado. Lo siento tanto… Llevo años arrepintiéndome.
Ella le sonrió con tristeza y colocó la otra mano sobre la de él.
—Aprecio tus cumplidos.
La dama hab ía reparado de un plumazo una parte importante de su ego herido por Álvaro, pero a cambio había despertado en Enrique un anhelo que llevaba dormido en su corazón durante mucho tiempo. Se sentía culpable, pero no sabía cómo volver atrás.
—No son cumplidos —aseveró él—. Te juro que si fuera un hombre soltero me pondr ía de rodillas ante ti y te pediría aquí y ahora, Emilia Espinosa, que te casaras conmigo.
Ella negó con la cabeza, ruborizada.
—Olvida mi pregunta, te lo ruego, Enrique. Siento haber sacado a colación un asunto que ya no tiene caso.
El caballero le acarició la mejilla con deleite.
—¿Sientes algo por mí? Dímelo, por favor. Aunque nada pueda hacer al respecto, me gustaría saberlo; dormir esta noche sabiéndome amado por ti.
—¿ Qué? No. No, Enrique. —Ella se puso de pie—. Yo te quiero como te he querido siempre: como a un hermano. Solo ha sido una pregunta sin pretensiones. Perdóname, te lo ruego.
Él también se levantó. La tomó de los hombros y continuó en voz baja.
—No te preocupes. Sé que sería inapropiado decir lo contrario. No obstante, a buen entendedor, pocas palabras bastan.
Ella se liberó de su agarre y dio un paso atrás.
—Creo que te estás confundiendo, Enrique, yo no…
Él dio otro paso hacia ella. Parecía una caja de música a la que le acababan de dar cuerda y no se callaría hasta liberar la melodía que llevaba encerrada desde hacía mucho.
—Dime la verdad, cielo. ¿Soy algún personaje de tu novela?
Ese tal Ángel que se enamoró de la tal Elisa.
Yo soy él y tú eres ella, ¿verdad? Solo que en vez de decir que yo soy tu primo me transformaste en un simple vendimiador para representar un amor prohibido.
Por eso me rechazaste, ¿no es así? Porque pensabas que lo nuestro no podía ser por los lazos familiares que nos unen.
—¿Leíste La familia Estrada ? —se sorprendió ella.
Emilia creía que su primo jamás había leído sus textos, puesto que siempre le habían parecido supercherías, una pérdida de tiempo. Y resulta que conocía al dedillo a los personajes de su novela. Y no solo eso, sino que se habí a entretenido en conjeturar y analizarlos.
—Pues claro —confesó—. He leído todo lo que has publicado. Es así como he llegado a conocerte más, como me he enamorado más de ti.
Ella, abrumada y sobrepasada por la confesión, abrió la boca para decir algo, pero volvió a cerrarla.
—Nuestras circunstancias son las que son —determinó él, con seriedad—.
Estoy casado en santo sacramento y me debo a mi esposa y a mis hijas, pero te prometo, no, te juro, que estaré pendiente de ti toda la vida, que nunca te faltará de nada.
Te cuidaré, me preocuparé por tu bienestar.
Te amaré en silencio. Te doy mi palabra —prometió llevándose una mano de ella al corazón.
Las palabras de Enrique, aunque amables, le dejaron un regusto amargo. Daba por hecho que ella nunca se casar ía, que nadie estaría dispuesto a poner en riesgo su reputación por unirse a una dama echada a perder.
—Gracias… primo. Sé que puedo contar contigo, pero no te preocupes por mí, porque sé apañármelas sola. —Con suavidad, pero con contundencia, se liberó de su agarre—. Y, ahora, si me disculpas, me retiro; tení as razón cuando dijiste que estaba pálida. Creo que el vino dulce no me ha sentado bien.
Emilia pasó por su lado en dirección a la salida y la mano de él resbaló por su falda igual que la última vez, cuando le pidió matrimonio hacía casi dos lustros.