56
El día de la fiesta en honor al doctor Velasco, Emilia planeaba quedarse en casa en bata y camisón, escribiendo.
Andaba enredada en una nueva novela que la tenía entusiasmada y, aunque no albergaba esperanza alguna de que se la publicaran, el mero hecho de levantarse todos los días con la ilusión de sentarse a su escritorio para seguir explorando los entresijos de aquella trama, ya merec ía la pena.
No obstante, el destino tenía otro plan preparado para ella.
Al mediodía sonó la campanilla de la puerta. Francisca fue a abrir. Enrique, Gertrudis, las tres niñas y Carmencita, la hermana menor de la Condesita, aún más presumida y arrogante que ella, hicieron su entrada en el palacete. Venían con baúles de equipaje.
—No los esperá bamos, señor. Si me disculpan, le diré a la señora Honoria que prepare más comida para el almuerzo —dijo Francisca.
—¡Tía Emilia! ¡Tía Emilia! ¡Nos vamos a quedar contigo! —gritaron las niñas antes de abrazarse a la dama.
La escritora les devolvió el abrazo y besó sus cabezas, a lo que Enrique sonrió con ternura.
La Condesita, en cambio, se limitó a observarlos desde el umbral con expresión taciturna.
Su rostro parecía de cera, y a pesar de que no era un día especialmente caluroso, no dejaba de abanicarse.
Junto a ella, su hermana Carmencita —de veintidós esplendorosos años— se mostraba de muy buen talante.
—Querida prima, ¿có mo estás? —la saludó el doctor, besándola en las mejillas—. Nos han invitado al baile de esta noche en honor al doctor Velasco y nuestra institutriz está indispuesta. Hemos pensado en dejarte a las niñas… Eres su tía favorita.
La sonrisa de Emilia se borró de golpe. Adoraba a las niñas y se habí a quedado con ellas en multitud de ocasiones, pero empezaba a molestarle que su primo diera por hecho que siempre estaba disponible para hacer de niñera.
Eran muchas las fiestas a las que él y su esposa habían asistido mientras ella se quedaba en casa.
Y ahora, encima, venían con Carmencita, que de seguro planeaba pescar a la presa más jugosa del baile.
—Enrique… lo siento, pero creo que en esta ocasión no voy a poder ayudaros —se oyó decir.
—¿Que no…? ¿Por qué ? —preguntó él alzando una ceja. Las niñas los observaron a uno y a otro sin comprender. Gertrudis y Carmencita se miraron entre sí.
—Porque a mí también me han invitado al baile.
Él se encogió de hombros.
—¿Y qué? Pues no vayas —dijo con desfachatez—. No te gustan las fiestas.
Emilia parpadeó con lentitud. Las pequeñas la observaban. Incluso las dos damas parec ían expectantes, con leves sonrisas maliciosas.
—Me apetece ir, e iré —determinó.
Enrique abrió la boca para protestar justo en el momento en el que Francisca llegaba desde la cocina.
—Señor Enrique, perdone que me inmiscuya, pero no he podido evitar oírlos. Si quiere yo me quedo con las niñas; ya sabe que tengo buena mano con ellas —se ofreció la mujer.
—Pero… —empezó a decir é l.
—Asunto arreglado —zanjó Emilia—. Muchas gracias, Paca. Eres maravillosa.
El ama de llaves inclinó la cabeza en señal de servidumbre, y Emilia, que de repente se sentía culpable por la decisión que había tomado, volvió a besar a las niñas y les prometió contarles muchos cuentos hasta que llegara la hora de acicalarse para el baile.
* **
Emilia no había preparado ningún vestido para esa noche, por lo que Araceli y ella tuvieron que hacerlo a la carrera; más aún después de que se entretuviera con sus sobrinas.
El modelo elegido fue un vestido en color lavanda que tenía más de ocho años: uno de los favoritos de la dama durante su juventud.
Lo sacudieron —no daba tiempo a lavarlo—, remendaron los peque ños descosidos, lo plancharon y la doncella, como si fuera un hada madrina, la ayudó a transformarse en una princesa de cuento.
Le recogió el cabello parcialmente con horquillas brillantes y le anudó al cuello un lazo de seda negra donde la dama había engarzado un corazón de amatista del joyero de su madre.
Al mirarse en el espejo, ella misma reconoció que estaba deslumbrante.
Poco después se lo corroborarían en el patio, donde los demás invitados esperaban la llegada del carruaje.
—T ía Emilia, ¡qué guapa estás! —exclamó Mili, que no había querido irse a dormir tan pronto.
—Estás… descollante —aprobó Enrique, que se acerc ó a ella, le tomó la mano con delicadeza y se la besó.
Gertrudis y Carmencita, por descontado, se habían puesto sus mejores galas. La primera lucía un conjunto a la última moda, con varias piezas de color amarillo limón, y la segunda llevaba un vestido borgoña con un pronunciado escote que dejaba poco a la imaginación.
—Emilia, querida, se nota que llevabas mucho tiempo sin abrir el arcó n.
Ese modelo tan pomposo ya no se lleva. No sé si sabes que las faldas son cada vez más rectas y livianas —apuntó Gertrudis con una media sonrisa—.
Con ese vestido te sudarán las piernas. Si quieres, puedo prestarte alguno de los míos.
O quizás mi hermana, que tiene un talle más similar al tuyo. ¿Verdad, Carmencita?
Carmencita asintió con una risilla socarrona que disimuló bajo su mano cubierta de anillos de oro y pulseras tintineantes.
Enrique, obnubilado ante la presencia de su prima, apenas les dedicó una mirada de desagrado. Emilia, por su parte, sintió que habían herido su orgullo, pero no permitió que le afectara.
—Gracias, queridas, pero no me preocupa ir a la moda. Total, aunque la mona se vista de seda, mona se queda, ¿no? —bromeó para restarles importancia.
Las dos hermanas hicieron muecas de sonrisas y a Emilia le recordaron a las hermanastras de Cenicienta.
* **
Llevaban ya un buen rato degustando los canapé s y brindando en honor al doctor Velasco cuando este se les acercó para presentarles al nuevo vecino de Chiclana.
Álvaro lucía de nuevo su impecable uniforme militar y no le había dedicado a Emilia ni una sola mirada desde que hizo su entrada en el palacete.
Ahora tendría que hacerlo, le gustase o no.
El corazón de Emilia brincó en su pecho. Se preguntó qu é haría su antiguo novio. ¿Fingiría no conocerla? ¿Inventaría alguna excusa para no saludarla?
—Comandante Alcázar…
—Todavía soy capitá n, señor Velasco —lo corrigió el militar—. Al menos hasta que mi nuevo rango se publique en la Gaceta de Madrid. 18
—De eso nada, comandante. Disfrute de su ascenso, que bien merecido se lo tiene —insistió—.
Déjeme que le presente a esta buena familia.
Son grandes amigos míos. Este es el señor Enrique Lara Espinosa, un reputado colega afincado en Sevilla y sobrino del difunto vinatero don Bernardo Espinosa.
—Álvaro le estrechó la mano con cierta tensi ón en la mirada—.
Ella es su esposa, doña Gertrudis. Y la hermana menor de esta, la señorita Carmen.
—El joven militar besó la mano de cada dama con una sonrisa que a Emilia le resultó impostada—.
Y, por último, pero no menos importante, la señorita Emilia Espinosa, una de las hijas de don Bernardo.
Se miraron fijamente. Iris oscuros frente a iris claros. Hacía casi una dé cada que no se tocaban y ahora iban a hacerlo delante de todos. Los latidos del corazón de Emilia parecían golpes de tambor y temió que alguien más pudiera oírlos.
«Respira, tonta», se recordó.
—Buenas noches, señorita Espinosa —la saludó é l con la voz excepcionalmente ronca. Tomó la mano enguantada que ella le ofrecía y se la llevó a los labios con suavidad.
Un aroma amaderado con notas de menta y cedro llegó hasta la dama, que se estremeció bajo el contacto.
—Buenas noches, señor Alcázar —susurró casi sin aliento.
Álvaro la miró un segundo más. Solo un segundo que duró una eternidad. El aliento cálido abandonó su dorso enguantado demasiado pronto y Emilia sintió que se le desgarraba el alma. «Álvaro, soy yo. Soy Emilia. No me llames señorita Espinosa , por favor», pensó .
Tarde.
Él volvía a ignorarla. Y, sin embargo, su mandíbula cincelada en piedra y su postura rígida reflejaban la tormenta que acababa de desatarse en su interior.
18 . Actual Boletín Oficial del Estado (BOE).