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Pasaron un par de semanas hasta que una nueva invitación llegó a manos de Emilia.
Esta vez se trataba de un baile en honor a don Francisco Velasco, un m édico muy reputado que acababa de jubilarse y a quien el Cabildo chiclanero había otorgado un premio por su entrega y dedicación a los vecinos de la ciudad, al menos, hacia los vecinos pudientes, puesto que los más humildes tenían que conformarse con el escaso tiempo que les dedicaban los médicos de la beneficencia.
Según los chismes que le había trasmitido la maestra de escuela dos jueves atrás, el capitá n Alcázar había sido amable y galante con todas las damas que le habían presentado; sin embargo, no había mostrado predilección por ninguna de ellas, así que todas mantenían la esperanza.
Tal vez el caballero necesitara un segundo encuentro para convencerse de que iba a encontrar la esposa perfecta en Chiclana.
¿Qué debía hacer? ¿Asistir a la velada en honor al doctor Velasco?
¿Para qué? ¿ Para ser ignorada por todo el mundo?
¿Para «hacer tapicería» y compartir unas risas de consternación con su nueva amiga, Eugenia Tejada?
Rompió la cartulina en varios pedazos y los arrojó al río.
Las aguas se los llevaron junto a su anhelo de volver a ver a Álvaro.
* **
Sentado al escritorio de su despacho en el edificio de Capitanía, en la vecina ciudad de San Fernando, Álvaro contemplaba la invitación con incertidumbre.
La había encontrado entre su correspondencia aquella mañana antes de salir de casa y se la había guardado en el bolsillo del uniforme para postergar su decisión.
Los vecinos de Chiclana otra vez reclamaban su presencia; de seguro para presentarle a m ás jovencitas casaderas.
A él, a quien años atrás ninguna de ellas hubiera mirado mientras se deslomaba arrancando uvas de las cepas en cuclillas.
¿Qué haría? No le apetecía asistir a otra de aquellas ridículas celebraciones, pero era la única manera de volver a ver a Emilia. A no ser que accediera a devolverle la visita y le llevara una botella de su mejor vino, cosa que, de momento, no planeaba hacer.
De repente, alguien llam ó a la puerta y el capitán escondió la invitación bajo la pila de documentos de su escritorio.
—Adelante —dijo con voz enérgica.
Un soldado franqueó la entrada y, con la palma hacia abajo, se llevó la mano derecha a la sien. Después mantuvo la posición de firme hasta que su superior le indicó que le transmitiera el mensaje.
—Mi capitán: el coronel Bolaños quiere verlo —anunció.
—Está bien, soldado Benítez, dígale que me reuniré con él en seguida.
El soldado volvió a hacerle el saludo militar.
—A sus órdenes, mi capitán. —Y se marchó.
Álvaro sabía para qué lo requerían. Había llegado la hora de su ascenso a comandante. Sin embargo, él solo podía pensar en si acudiría o no a esa maldita velada.