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Emilia se pasó todo el camino de vuelta a casa llorando mientras sus tíos y su prima no dejaban de preguntarle qu é le sucedía. Era como si alguien hubiera abierto unas compuertas y todas las lágrimas que había acumulado desde hacía años estuvieran saliendo lenta pero inexorablemente.
Prestola creía que su sobrina se encontraba en «esos días del mes» y le aconsej ó comer chocolate, pero nada más lejos de la realidad.
Por el contrario, Emilia estaba en su momento más fértil del ciclo, cuando las mujeres se volvían más hermosas para atraer al sexo opuesto.
Y, sin embargo, ella se percibía ajada y derrotada dentro de ese vestido que ahora le parecía extravagante y fuera de lugar.
Esa noche, sus tíos y su prima durmieron en las alcobas para invitados.
Emilia, a solas en su habitación, sinti ó que su cama con baldaquino era capaz de engullirla entera.
Despertó con los ojos hinchados y el relicario entre las manos.
Ahora, al diminuto retrato ovalado de su madre lo acompañaba uno de su padre.
Los contempló a los dos, y nuevos ríos de lágrimas corrieron por sus mejillas.
«Ojalá estuvieran vivos. Ojalá tuviera su amor », pensaba, porque, a pesar de ser una mujer adulta, se sentía huérfana y desamparada. Cuánto los echaba de menos.
«Basta ya de lamentos», se dijo.
Se levantó de la cama y, frente al palanganero, se lavó repetidamente el rostro con agua fría para espabilarse.
Los Galván-Espinosa habían planeado ir a El Puerto de Santa Mar ía para visitar a Juliana y ella se apuntó a ir con ellos.
En esos momentos, nada le apetecía más que alejarse de Chiclana y de él.
Usaron la berlina de alquiler para desplazarse y casi a la hora del almuerzo llegaron al palacete que los marqueses de Bermeja tenían en la ciudad.
Junto a ellos degustaron deliciosos pescados y mariscos cocinados en su punto, y a Emilia le sorprendió comprobar el decrépito estado en el que se encontraba su cuñado, que ya era un anciano.
Juliana prá cticamente le daba de comer, acercándole la cuchara a la boca y limpiándole la sopa sobrante de las comisuras de los labios.
Los últimos meses habían caído sobre él como una tromba.
Tras el almuerzo, los marqueses acostumbraban a pasear a diario, al menos hasta que llegaba la temporada estival y las altas temperaturas lo impedían, y ese día de primavera no fue diferente.
Salieron todos juntos a la calle y Juliana y su marido enlazaron sus brazos; el marqués apoyá ndose en el bastón y ella sosteniéndolo a él a pesar de sus propias dificultades para caminar.
El Paseo de la Victoria era un festín para los sentidos en esa época del año.
Presidían la entrada cuatro estatuas de terracota que representaban las estaciones, y el interior estaba atiborrado de flores de todas clases, especialmente rosas.
Atravesaron un sendero cubierto por un emparrado y don Marcos, agotado, se sentó en uno de los bancos de piedra.
Emilia y Juliana aprovecharon que el caballero andaba sumido en una animosa charla con el tío Avelino para continuar paseando un poco m ás y hablar a solas. Prestola e Isabel tomaron otro rumbo.
—¿Eres feliz, Juliana? —le preguntó Emilia sin rodeos. La marquesa de Bermeja no lo parecía, pero siempre había sido una mujer reservada y seria, por lo que era difícil imaginar lo que sentía por dentro.
—Claro que sí —contestó sin apartar la mirada de una esplendorosa fuente por la que discurría el agua clara.
—¿De verdad? ¿ No me estás engañando?
La otra seguía sin mirarla. Vestía ropas caras, pero anodinas. No le preocupaba demasiado seguir la moda y lucía joyas modestas, a pesar de que el marqués la había cubierto de oro, diamantes y perlas.
—Juliana, puedes confiar en mí… —insistió.
—¿Por qu é lo dudas, Emilia? —dijo enfrentándola por fin—. ¿Porque no tengo hijos? ¿Porque mi marido es mayor y está enfermo? Cuidarlo se ha convertido en mi felicidad. Me hace sentir útil. En cuanto a los hijos, no los echo en falta. Con los vástagos y los nietos de mi esposo tengo suficiente.
—Lo sé, pero tú aú n eres muy joven. Tienes toda la vida por delante —hizo notar Emilia.
—¿Toda la vida por delante? Eso no lo sabemos, hermana.
Recuerda que yo también estoy delicada de salud.
¿Por qué siempre te has creído con derecho a juzgar a los demás?
No existe una medida de la felicidad, ni una única forma de disfrutar de la vida —dijo.
Y Emilia evocó sus propias palabras en la conversación con el coronel Rodrí guez—. Dime, ¿eres tú feliz?
La dama clavó la mirada en el albero del suelo. ¿Lo era? Tenía su tertulia, pero solo acudían cuatro señoras. Escribí a, pero no le publicaban sus textos. Había vuelto a ver a Álvaro, pero él ya no parecía interesado en ella.
—Lo siento, Juliana —se disculpó, avergonzada—. Supongo que tienes razón. He venido aquí a pagar mis frustraciones contigo. La que se siente desgraciada soy yo.
Emilia se echó a llorar y su hermana la abrazó como cuando eran niñ as y sus brazos eran hogar. Le contó todo lo sucedido en los últimos días y Juliana la escuchó sin juzgarla. Poco después, Isabel y Prestola fueron a buscarlas para comprar un granizado en el puesto de las bebidas.
***
Don Román y doña Manuela no lograban disimular la incomodidad en sus respectivos asientos del canap é Luis XV que presidía el salón del palacete número 18 de la calle Ribera del Río.
Con sus ropas humildes, desentonaban tanto sobre la tapicería de terciopelo rojo como dos aperos de labranza entre cubiertos de plata.
—¿De verdad que todo esto es tuyo, hijo? —preguntó la señora sin dejar de repasar con la mirada la lujosa estancia en la que se encontraban.
Las paredes estaban cubiertas con un delicado papel de listones de flores de lis en tonos pardos; los espejos, los candelabros y los marcos de los cuadros relucían como el oro; en una esquina destacaba un piano que invitaba a tocar una canción de desamor y, junto a él y sobre una mesa velador, un busto de mármol de Marte, el dios romano de la guerra, les clavaba una mirada hueca.
—Por supuesto, tía —contestó Álvaro con una sonrisa radiante.
—Pero… ¿es legal? —insistió la mujer al tiempo que alzaba las puntas de sus alpargatas para contemplar los motivos geométricos de la alfombra caucásica que se extendía bajo sus pies.
—Es totalmente legal. El coronel Gandía me leg ó todo su patrimonio y, haciendo uso de él, he comprado todo esto. Esta es mi casa ahora, tía, y quiero que se vengan a vivir conmigo. Como ven, hay espacio de sobra.
Don Román negaba con la cabeza. No se había quitado la gorra ni había soltado su humilde maleta. Parecía encogido, o quizás había menguado con los años.
—No sé si seré capaz de volver a Chiclana —reconoció—. Los recuerdos me atormentan. Si cierro los ojos, veo las llamas. A veces tengo pesadillas en las que no logro apagar el fuego por más cubos de agua que acarree.
Álvaro, que permanecía de pie, apretó los puños a los costados mientras el pasado regresaba a su memoria.
Poco después de que él se fuera de la ciudad, tuvo noticia de que alguien empezó a hostigar a su tío desde las sombras.
Le robaban herramientas del cobertizo, le pisoteaban los sembrados…
hasta que un día le prendieron fuego al viñedo.
Lo perdió todo. Después de aquello, y gracias a sus ahorros, el matrimonio se trasladó al cercano pueblo de Medina Sidonia, donde residían desde entonces.
—Los que le hicieron tanto daño lo pagarán caro —sentenció el capitán, que durante un instante se quedó absorto en la tizona toledana que descansaba sobre la chimenea.
—Pero no sabemos quiénes fueron. —Doña Manuela lo observó con ojos suplicantes.
—¡Pues claro que lo sabemos, tía! —le respondió el sobrino con má s ímpetu del que le habría gustado. La mujer se encogió todavía más en su asiento y Álvaro siguió en un tono más bajo—. He vuelto para vengarme.
Don Román se puso de pie y la pequeña maleta cayó de su regazo, pero no la recogió. Pasó por encima y caminó hasta su sobrino.
—No te metas en líos, zagal. Fue hace mucho. —Posó una mano en su hombro—. Vende este palacete y cómprate una casa en otro lugar. Bú scate una esposa y sé feliz.
—¿Ser feliz? —Había sarcasmo en la voz de Álvaro.
¿Cómo podía él ser feliz ? Si a su tío lo atormentaban los recuerdos del fuego y a é l lo torturaban los de la guerra.
Esos rostros oscuros que, con ojos brillantes, lo observaban tras la maleza o desde los cañaverales, esperando el momento de hundirle un machete entre las costillas o de rebanarle el cuello; la angustia de las fiebres; aquel lazareto horrible en el que creyó que moriría y en el que, finalmente pereció su gran amigo, el coronel Gandía.
El hombre al que había salvado la vida en el campo de batalla y el mismo que, soltero y sin hijos, le había legado toda su fortuna.
Y no solo en agradecimiento por su divina intervención en la escaramuza contra el enemigo, sino tambié n por su presencia.
Por haberlo acompañado en sus últimos meses de vida, leyéndole, hablándole de España, de las playas y campos de Chiclana y de la mujer preciosa e inteligente a la que amaba.
«Qué suerte tienes de haber encontrado a una dama así, Álvaro.
Agárrala bien fuerte y no la sueltes jam ás.
¿Te estará esperando cuando vuelvas?», le preguntaba su amigo.
«Por supuesto que sí», le respondía él con amargura disfrazada de alegría.
«Y entonces me casar é con ella y tendremos una decena de hijos tan hermosos como su madre».
En este punto los dos hombres reían. Siempre terminaban riendo.
¿Ser feliz? ¿Podía ser feliz en un mundo donde Emilia y él no se entendieran? Estaba por verse.