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Maldita fuera cien veces. Malditos fueran ella y ese vestido rojo que la hacía destacar.
Álvaro tenía que hacer esfuerzos titánicos por no mirar en su dirección, para no correr hacia ella, tomarla de la cintura y echársela al hombro para llevársela a otro lugar que no fuera aquella ridícula fiesta de cumpleañ os.
Cuanto más le asqueaban las conversaciones superfluas de los invitados, más sonreía. Cuanto más cansado se sentía, más simpático se mostraba. Menos mal que los dichosos pastelitos le estaban haciendo la noche más llevadera; de lo contrario, se habrí a volado la cabeza de un tiro.
Odiaba las celebraciones de los encopetados. Odiaba a esas mujeres estiradas y a esos petimetres que se creían los dueños del mundo. Odiaba a la clase alta a la que ahora pertenecía.
Sus ojos habían entrado en contacto con los de Emilia una sola vez en toda la noche y no podía dejar que volviera ocurrir.
Si ella lo observaba con esos dos lagos grises insondables, se olvidaría de las cicatrices que le cruzaban la espalda y el alma; de su sufrimiento, de todo lo que había vivido hasta convertirse en quien era ahora.
Lo dejaría todo atrás —incluyendo sus deseos de venganza— y correr ía a su lado.
«Idiota», se laceraba una y otra vez. «Solo es una engreída que te rompió el corazón».
—Capitán Alcázar, ¿cómo está usted? —le preguntó en ese momento un señor mayor de pelo cano y frondosas patillas—.
Sabemos que acaba de mudarse a la ciudad y nos gustaría presentarnos.
Somos la familia de los Tenorio. Yo soy Vicente; ella es mi mujer, Jimena, y esta es nuestra hija, Lucía, que acaba de cumplir los veinte años.
La muchacha, de cabello castaño claro y sonrisa amable, le dedic ó una leve reverencia. Era hermosa y, sin embargo, para él resultaba tan anodina como todas las demás. Una margarita en medio de un campo plagado de ellas.
Hablaron sobre los beneficios de la vida en Chiclana —co-mo si Álvaro fuera un foráneo que no conocía la ciudad— y de la situación política del país tras la muerte del joven rey Alfonso XII, con la regencia de doña Mar ía Cristina hasta que Alfonso XIII cumpliera la mayoría de edad.
En todo momento, el señor Tenorio ponía especial interés en que su hija participara en la conversación para que el nuevo vecino se fijara en ella.
—Así que ha pasado usted casi una década en Cuba —comentó la muchacha—. Pues no se le ha pegado el acento cubano — observó.
—He estado rodeado de españoles —contestó él fingiendo una sonrisa. Hablar de su vida en la colonia lo incomodaba, pero se obligó a disimular.
—Y dígame —siguió ella—, ¿es verdad que La Habana se parece tanto a Cádiz como dicen?
— Ningún otro lugar en el mundo es como Cádiz —aseveró él.
Lucía respondió con una carcajada exagerada y posó una mano en su hombro, coqueteando.
—Tiene usted razón, capitán —coincidi ó—. Tenemos mucha suerte de haber nacido en esta tierra. Pero ¿no le parece increíble que al otro lado del Atlántico las personas y las costumbres sean tan parecidas a las nuestras? ¡Nos separa un océano!
—Así es, hija —intervino el padre—, pero eso tiene una sencilla explicación: La Habana es una de las ciudades que fundó la Corona Españ ola; la sexta que construimos en Cuba, creo recordar.
Usted que ha estado allí como militar, díganos, ¿cómo cree que acabará el asunto de las sublevaciones por la independencia?
Él carraspeó, tenso. Dudaba entre expresar su verdadera opinión o decir lo que un caballero de la clase alta desearía oír. Su lado má s auténtico ganó la batalla y optó por lo primero.
—Creo que los cubanos están en su derecho de luchar por su libertad y, como pueblo, los admiro, aunque hayan acabado con la vida de muchos de los nuestros —confesó. Vicente Tenorio abrió los ojos de par en par.
—No me dirá usted que, siendo capitán de la Infanter ía de Marina española, la fuerza de combate más antigua y honorable del mundo, está a favor de esos negros salvajes y asesinos —se sorprendió el caballero.
—Negros, tostados o blancos; esclavos africanos, indígenas o criollos son personas iguales a nosotros los peninsulares, señor Tenorio —respondió con severidad—.
Por fortuna ya se aboli ó la esclavitud y, como ciudadanos libres, tienen derecho a hacer su lucha.
Solo creo que se equivocan en dejarse ayudar por los Estados Unidos de América.
Vicente Tenorio se olvidó por completo de su hija Lucía. En su mirada solo había desconcierto. ¿Cómo podía un militar expresarse en esos términos? ¿Acaso no estaba del lado de los conservadores?
—Como caballero español y patriota, sus palabras me mortifican, capitán Alcázar. ¿Acaso cree usted que nuestra colonia acabará en manos de esos pistoleros yanquis?
—Sí, creo que es probable —reconoció—. Ninguna ayuda es gratuita, señor Tenorio. Sin duda, los norteamericanos sabrán sacar una buena tajada de todo esto y los veo demasiado interesados en el sector azucarero. Lo peor es que no tienen fama de ser unos patrones amigables.
—Válgame el Se ñor. —El encopetado caballero alzó los ojos al cielo—.
Como si no tuviéramos bastante en la península con esos liberales de Sagasta que nos gobiernan ahora, para que encima los norteamericanos se inmiscuyan en el asunto de Cuba.
El país necesita un Estado fuerte, unido y católico.
Dígame, Alcázar, ¿no simpatizará usted con los republicanos? O peor a ún, ¿con los anarquistas?
Álvaro frunció en el entrecejo.
—Señor Tenorio… detesto esa obsesión que tienen algunos por encasillar a todo el mundo, por dividir. Soy militar, obedezco órdenes y no entiendo de política. En lo personal, estoy del lado de la justicia y nada más.
La señora de la familia, que hab ía notado la tensión en la conversación, cambió de tercio alabando el buen gusto en la decoración de la casa; apreciación con la que su hija estuvo de acuerdo.
Álvaro, aburrido ante el nuevo tema de la charla, lanzó una mirada fugaz a Emilia aprovechando que la dama estaba de espaldas.
Vio su cuello pálido, el inicio de su espalda de aspecto suave, los tirabuzones castaños cayendo como una cascada entre sus omoplatos.
Se recre ó en la cintura estrecha, en las caderas que se adivinaban bajo su vestido.
La condenada era preciosa y, sin embargo, no era su físico lo que más le atraía.
Era el sonido de su risa, el sabor de sus labios, el fuego de su mirada, sus ideales —o los que él había creído que eran sus ideales—, su sentido del humor, su forma de ver la vida con ojos de escritora.
¿Habría cambiado mucho o seguiría siendo la misma so ñadora de antaño, capaz de reír y llorar ante un libro?
La oronda dama que la acompañaba y que debía de ser una de sus tías, llevaba un buen rato comiendo pestiños uno tras otro. En ese justo momento se atragantó, y Emilia, riendo, le palmeó la espalda. Qué bonita se ve ía. A él le hubiera gustado hacerla reír cada día de su vida.
«¿Por qué fuiste tan cruel, Emilia? ¿O fue cobardía? ¿Indecisión, tal vez? ¿Alguna vez me amaste de verdad? No puedo perdonarte. No puedo. No puedo ».
La fiesta siguió con un brindis y Álvaro sonrió como si fuera el hombre más dichoso sobre la faz de la tierra, alzando su copa y fingiendo ser uno más entre todos aquellos pingüinos estirados.
Cuando anunciaron el comienzo de los bailes, buscó a Emilia entre la multitud y la vio caminar hacia un sofá.
Él ya estaba bailando con una muchacha cuando se dio cuenta de que se hab ía acercado a ella ese viejo militar engreído frente a quien había tenido que cuadrarse por tener un rango mayor.
La dama parecía contrariada y se preguntó qué improperios le estaría soltando el tipo del peluquín.
¿Sería capaz de contenerse si ve ía que el desgraciado la acosaba?
Podría costarle su plan y hasta su puesto de trabajo y, sin embargo, estaba a punto de caminar hacia ellos cuando vio que el militar le hacía una reverencia y se despedía de ella.
Álvaro respiró tranquilo. Emilia volvía a estar sola.
¿Cómo era posible que nadie la invitara a bailar?
No lo comprendía. Se había preparado mentalmente para verla en brazos de uno y de otro se ñoritingo, bailando sin parar, y, sin embargo, allí estaba, sentada.
¿Qué les pasaba a todos? ¿Eran ciegos o imbéciles?
De pronto, con la visión periférica, captó un movimiento. Cuando volvi ó a posar sus ojos en el sofá, Emilia ya no estaba allí.
«¿Por qué te has ido tan pronto?», se preguntó.