Tierra de vino y sal 52 #2
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Eugenia se disponía a responder cuando las damas vieron caminar hacia a ellas al coronel Rodríguez. Se les acercó con una sonrisa en los labios y la pechera llena de medallas. Las saludó a las dos, pero se inclinó hacia Emilia.

—Señorita Espinosa, ¿me harí a el honor de anotar mi nombre en su carnet de baile?

Eugenia dejó escapar una risilla.

—Vaya, parece que algunas sí que van a bailar después de todo —le susurró antes de ponerse en pie para ceder su asiento al coronel—. Suerte —añadió con un guiño cómplice.

El viejo militar tomó asiento al lado de Emilia sin dudarlo. A causa del sudor, el peluqu ín que ocultaba su calva se había despegado y desplazado hacia la izquierda, lo que le otorgaba un aspecto ridículo.

—Es usted la única mujer de la fiesta que no se ha acercado a saludar a ese capitanucho de tres al cuarto que tanto revuelo ha causado en la fiesta —apreció—. Y él tampoco se ha acercado a usted, a pesar de que es la más hermosa con diferencia. ¿Me estoy perdiendo algo?

Emilia tembl ó por dentro. Pensaba que nadie se había dado cuenta de lo que sucedía entre ellos, pero se equivocaba.

—No es la fiesta de mi cumpleaños y no pretendo ser el centro de atención. Son muchos los caballeros que no se han acercado a mí esta noche, coronel Rodríguez —comentó con entereza.

—Unos idiotas todos ellos —apuntó él, que tomó su mano con delicadeza y le besó el dorso—. Por fortuna yo soy más sagaz, palomita, así que, ¿a qué espera para anotar mi nombre? —le preguntó como si estuviera perdonándole la vida.

Emilia le mostró su sonrisa más falsa.

—Le agradecería que no me llamara «palomita». Tengo un nombre, ¿sabe?

—Sí, sí, lo sé, querida. Se llama Emilia Espinosa, ¿quién no ha o ído hablar de las Espinosa? ¿No fue su prima aquella muchacha que se tuvo que casar a toda prisa para marcharse al norte? —le recordó.

Emilia respiró hondo.

—¿Sabe qué, señor Rodríguez? No me apetece bailar, y menos aún, con usted.

El hombre no se sintió ofendido. Todaví a.

—Por supuesto que desea bailar —musitó bajo su espeso bigote—. ¿O acaso las solteras no van a las fiestas para lucirse? ¿Para qué se ha puesto tan linda esta noche, entonces? ¿Para quedarse ahí sentada mientras los demás se divierten?

—El concepto de diversión varía mucho de una persona a otra —argument ó Emilia intentando no perder la compostura—. Quizás me apetezca más estar aquí sentada y ver a los demás bailar.

El hombre dejó escapar una risotada de incredulidad.

—¿Me va a decir que se ha puesto ese vestido rojo tan espectacular para esconderse detrás de una columna?

¿No cree usted que apreciaría m ás la esbeltez de su figura si se pusiera de pie?

¿No destacaría más su cintura estrecha, su delicado cuello y el ruedo del vestido que con tanto esmero habrá cosido su modista?

Emilia sonrió con malicia.

—Si se queda usted aquí sentado y salgo yo a bailar con otro caballero, tal vez pueda apreciar todos esos detalles. Me temo que se los perderí a si es usted el que baila conmigo… Estando tan cerca le resultaría imposible.

El caballero se levantó, visiblemente irritado.

—Ya me habían prevenido sobre usted y no quise hacer caso —confesó.

—Ah, ¿sí? ¿Y qué le habían dicho? Si se puede saber —lo retó .

—Que era usted una marisabidilla, y que en las distancias cortas no resulta atractiva a los hombres.

Las palabras del viejo militar —tan parecidas a las de su tía Augusta— le dejaron un regusto amargo, pero Emilia se obligó a sonreír.

—Sin duda quien le previno contra mí tenía razón —aceptó—. A hombres de poca inteligencia no podría gustarles jamás una dama de intelecto superior. Les har ía sentir inferiores.

El caballero, conteniendo su ira, inclinó la cabeza y se despidió con el desagrado pintado en la cara.

—Que pase una buena noche, señorita Espinosa.

Ella asintió.

—Adiós, señor Rodríguez.

Y, sin má s, el militar se marchó en busca de una presa más dócil.

* **

Emilia permaneció sentada un rato más. Quería aparentar fortaleza, pero su interior se derrumbaba poco a poco con cada giro, con cada vuelta que Álvaro daba de la mano de alguna de aquellas muchachas.

El olor a humo de los puros, la mú sica, las risas y las fragancias de los perfumes caros le embotaban los sentidos.

La angustia se había apoderado de ella y se esforzaba por retener las lágrimas.

¿Tenía razón el militar y se había vuelto una solterona amargada, una sabionda hosca y malcarada incapaz de concederle un baile a un caballero galante?

Así nunca se casaría, pero poco le importaba ya.

A estas alturas, solo deseaba una vida tranquila, papel, una pluma y tinta para escribir.

Álvaro seguía girando y girando. Cuando ya no pudo m ás, Emilia abandonó su asiento y el palacete sin mirar atrás.

Ni siquiera se molestó en buscar a sus tíos o a su prima.

Se había dejado el chal en la berlina y el frío de la noche la hizo estremecerse en cuanto pisó la calle.

Los pies le dolían y no era de tanto bailar.

Al contrario, se le habían entumecido de permanecer en la misma posici ón.

Caminó hasta la calle contigua y divisó a Pascual en el pescante de la berlina.

Arrebujado en su capa corta, el hombre se fumaba un cigarrillo.

«¿Ya terminó la fiesta, señorita?», le preguntó, pero ella no le contestó.

No podía. Un nudo se le había instalado en la garganta.

Abrió la portezuela sin esperar a que su cochero lo hiciera por ella y se refugió en el interior del vehículo mientras se consolaba a sí misma: «Ya pasó, Emilia. Ya pasó».