Tierra de vino y sal 52
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Emilia y los Galván-Espinosa se subieron a la berlina que habían alquilado en Cádiz solo para la fiesta y Pascual enfiló por el Puente Grande hacia la otra orilla del río.

La impresionante casa palacio de los condes de las Cinco Torres se alzaba próxima al teatro al que solía acudir el difunto don Bernardo, en la calle García Gutiérrez, que en esos momentos era un hervidero de carruajes de los que se apeaban damas y caballeros elegantes.

Tanto así que Pascual tuvo que apostar el vehículo en la ví a contigua.

Emilia y su familia recorrieron los últimos metros a pie y, conforme se aproximaban, oían las risas, las voces y la música del interior. Todos parecían de muy buen humor y ella se dejó contagiar.

A través de las ventanas titilaban las luces de los candelabros y el dintel de la puerta principal estaba engalanado con adornos florales que esparcían un dulce aroma.

Una alfombra roja los condujo hacia el patio, donde los anfitriones, rodeados de columnas y colgaduras de jazmines, los recibieron con sonrisas y algún que otro bostezo disimulado.

A sus edades y después de m ás de una hora recibiendo invitados, no era para menos.

El conde lucía frac y un exagerado bigote canoso con las puntas rizadas hacia arriba con cera.

La condesa, de pequeños ojos inquisitivos, llevaba un elaborado recogido adornado con plumas y unos pendientes tan pesados que los lóbulos de las orejas casi le rozaban las clavículas.

Una vez en el salón, la mirada de Emilia se perdió en la enorme lámpara de araña del techo, cargada de velas en equilibrio.

La cascada de almendras de cristal producí a iridiscencias y creaba un ambiente tan mágico como los que ella imaginaba en sus cuentos de hadas.

Alzó la mano enguantada de blanco y observó aquella miríada de colores resbalando por su brazo como la curva de un arcoíris.

Sonrió. Y entonces, tras el guante: sus ojos.

Unos ojos oscuros que la observaban desde la otra punta del salón.

Álvaro.

La conexión dur ó apenas un instante, pero su corazón empezó a galopar como si acabara de bajar unas escaleras a la carrera.

—Emilia. ¡Emilia, querida! Ven a saludar a los Vega-Mugía. —La voz de la tía Prestola la sacó de su abstracción.

Mientras saludaban a sus conocidos y les presentaban a Isabel, Emilia no dejaba de mirar en derredor con disimulo.

Distinguió a Álvaro junto a uno de los ventanales, charlando con un matrimonio entrado en años que acababa de presentarle a su hija, y, desde la distancia, se recreó en su figura.

Vestía el uniforme azul de gala de la Infantería de Marina y le pareció más atractivo de lo que recordaba.

Más alto, más fuerte y aún m ás seguro de sí mismo.

Las charreteras doradas exaltaban la anchura de sus hombros, o quizás tuviera la espalda más fornida.

Dos largas patillas se unían a una barba recortada que cubría su mandíbula angulosa y ocultaba el hoyuelo de la barbilla; ese que Emilia conocía tan bien.

El cabello, algo más corto por los lados y más largo por arriba, lo llevaba peinado con pulcritud, pero sin aceites, y un mech ón caía con levedad sobre sus ojos profundos.

El tiempo lo había vuelto más hombre. La madurez le sentaba de maravilla.

Se preguntó entonces si la habría reconocido. Quizás ni siquiera se había percatado de su presencia y a ella solo le había parecido que miraba en su dirección.

Los minutos pasaban y los invitados al cumplea ños no dejaban de acercarse a Álvaro para conocerlo, pero, sobre todo, para presentarle a sus hijas, primas, hermanas o sobrinas.

A Emilia no le sorprendió que tantas damas casaderas, ataviadas con todo lujo y ornato, compitieran por llamar su atención.

Aunque ella no se quedaba atrás, con ese vestido rojo tan llamativo que provocó que muchos caballeros la contemplaran con lujuria, recorriéndola de pies a cabeza.

Sin embargo, ninguno se le acercó con intención de entablar conversació n, algo a lo que ya estaba acostumbrada.

Era lo habitual en las últimas reuniones.

A los hombres les gustaba su apariencia, pero no lo suficiente como para cortejarla; no lo suficiente como para ignorar las habladurías que decían que las damas Espinosa estaban enfermas, o, peor aún, que eran ligeras de cascos.

«Pobre Isabel», pensó. Ojalá no corriera su misma suerte y la sociedad fuera menos cruel con ella, que apenas empezaba a asomarse al mundo.

Los sirvientes de los condes repartieron exquisitos dulces en bandejas de plata: buñuelos de crema, pestiños, alfajores y bombones rellenos. Do ña Prestola y su marido se apresuraron a degustarlos, mientras que Emilia y su prima estaban tan exaltadas que apenas probaron bocado.

Cuanto más tiempo pasaba, más comprobaba Emilia que nadie iba a presentarle a Álvaro, y ella no se veía capaz de saludarlo.

Además, ¿qué le diría? No hab ía nada que decir.

En su último encuentro ya se lo había dejado todo claro.

Emilia sufría en silencio, y en cambio, su tía, que parecía haber olvidado el nombre de ese vendimiador del que su sobrina anduvo enamoriscada —y del que Augusta terminó por hablarle—, gozaba de la fiesta como nunca.

¿Cómo iba a imaginar que aquel humilde jornalero era ahora un capitán poseedor de una cuantiosa fortuna?

El reloj de pie de una esquina del gran sal ón marcó una hora más con su péndulo de latón.

Álvaro seguía ignorándola. A Emilia no le quedó má s remedio que asumir que no quería saber nada de ella, porque tal desprecio no podía ser fruto del despiste, sino de la premeditación.

O la odiaba por el daño que le había infligido en el pasado, o le resultaba indiferente, o, peor aún, le parecía vieja y fea después de tantos añ os.

Incluso podía ser que hubiera llegado a sus oídos la mala fama de las Espinosa y ahora que pertenecía a la clase alta, no quisiera relacionarse con ella.

«Estúpido», lo insultó mentalmente su lado más avieso.

Y, en cambio, el corazón le daba un vuelco cada vez que cre ía verlo caminar en su dirección, o cada vez que alguien, sin querer, lo acercaba un paso más hacia ella.

«Álvaro, estoy aquí. Mírame», le decía bajito con su voz más candorosa. «Soy Emilia. ¿Ya no me recuerdas? ». Él no dejaba de sonreír mostrando sus dientes perlados a las damas que lo rodeaban, degustaba los dulces con exquisitos modales o bebía de su copa de champán en actitud relajada.

Los invitados brindaron por la anfitriona y esta anunció el comienzo del baile justo en el momento en que Emilia se quedó sola.

Sus tíos y su prima se habían perdido en el interior de la casa en busca de los aseos y la dama no supo d ónde refugiarse.

Divisó entonces un sofá semioculto tras una columna flanqueado por dos mesas veladores con floridas jardineras, y se dirigió hacia allí con la intención de pasar desapercibida hasta que su familia regresara.

Bebió un pequeño sorbo de su copa de champán y vio a Álvaro sacar a bailar a una joven dama de sonrisa perenne. Con la mano libre acarici ó la suave tapicería dorada del asiento.

—Al final te acostumbras —dijo una voz aguda. Y alguien se sentó a su lado.

Emilia descubrió a su izquierda a Eugenia Tejada, que esa noche vestía de verde esmeralda y lucía joyas de perlas negras.

Hacía meses que no la veía, y menos tan de cerca.

Dos leves patas de gallo adornaban ahora los extremos de sus ojos y alguna que otra cana le salpicaba las sienes.

Sabía que la dama le sacaba unos pocos añ os, pero se preguntó si ella luciría igual; si el tiempo también le habría dejado su impronta en la piel y en el cabello.

La próxima vez se observaría con más detenimiento en el espejo…

—Buenas noches, Geni —la saludó—. Perdona, ¿ qué decías?

—Pues que al final te acostumbras a eso de «hacer tapicería». —Ella también bebió de su copa.

—Supongo que sí —coincidió Emilia, que se conform ó con pensar aquello de «Mal de muchos, consuelo de tontos»—. ¿Cómo estás? —preguntó.

—Soltera —respondió la otra. Rieron.

— Ya somos dos.

Volvieron a reír, e incluso se permitieron entrechocar las copas: «¡Por las solteronas!», exclamaron.

—¿Sabes, Emilia? Te confieso que hace unos años te odiaba con todas mis fuerzas.

—Las cejas de Emilia se alzaron; no porque no lo supiera, sino por la inesperada confesión—.

Perdona que sea tan franca, pero era así.

Te odiaba por tu belleza y por tu intelecto, pero, sobre todo, porque creía que Enrique estaba enamorado de ti.

Sin embargo, todo eso ya pasó. Tu primo se casó con la Condesita y es padre de familia mientras que t ú y yo estamos aquí sentadas, viendo cómo todas esas señoritas lozanas y turgentes acaparan la atención de los caballeros más apuestos.

Las damas clavaron la mirada en Álvaro, que asía de la cintura a su pareja de baile, encantada con la situación.

—¿Sabes? —sigui ó diciendo Eugenia—. Después de tantos años, mi forma de ver la vida ha cambiado.

Creo que la envidia entre las mujeres no tiene sentido y que deberíamos ser aliadas y no enemigas.

Si no nos ayudamos entre nosotras, ¿quién lo hará?

—Bebió otro sorbo de champán y luego disimuló un hipido cubriéndose la boca con su mano enguantada—.

Perdona, he bebido unas copas de más y estoy achispada. Digo muchas bobadas…

Emilia le sonrió.

—No son bobadas, Geni. Has hablado con propiedad. Es absurdo competir por un hombre —coincidió—. De hecho, ¿no te parece injusto que nuestra única misión en la vida sea buscar un buen marido?

—Y que lo digas. —Rio la otra—. Por mí, que prendan fuego a todos los buenos partidos.

Rieron juntas otra vez.

—Geni, no sé si sabes que tengo una tertulia los jueves, a lo mejor te gustarí a unirte a nosotras…