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El trece de mayo, día del cumpleaños de do ña Florentina Benavides, la familia Galván-Espinosa al completo llegó temprano a Chiclana.
Almorzaron todos juntos en el comedor del palacete y se cuidaron de no merendar demasiado para dejar hueco a los suculentos entremeses que, de seguro, servirían en la fiesta.
El ama de llaves ayudó a doña Prestola a arreglarse, mientras que, jubilado el mayordomo, don Avelino tuvo que apañárselas solo.
En cuanto a Araceli, quien también hacía las veces de doncella personal desde que Marcela se fue, se pasó la tarde encerrada en el dormitorio con las dos solteras —Isabelita y Emilia—, que querían lucir esplendorosas aquella noche.
La primera, emocionada ante la perspectiva de su puesta de largo, y la segunda, con el corazón henchido solo de imaginar que volver ía a encontrarse con su primer y único amor.
Mientras Araceli terminaba de enrollarle el último mechón de pelo en las tenacillas, Emilia, que se contemplaba en el espejo ovalado del tocador, abrió el joyero y buscó unos pendientes de rubíes y perlas que combinarían a la perfección con su vestido.
Se untó carmín en las mejillas y en los labios y sonrió justo cuando el tirabuzón caliente cayó sobre su espalda con delicadeza.
Tanto Isabelita como la doncella dejaron escapar un suspiro.
—Parece usted otra, señorita —se asombró Araceli.
—Vaya… No sé si tomármelo como un cumplido o como todo lo contrario —brome ó la dama poniéndose en pie con el frufrú de su vestido de seda sobre el suelo.
—Me refiero a que… —empezó a explicarse la doncella—, en el tiempo que llevo trabajando para ustedes nunca la había visto tan bonita.
—Mi prima siempre ha sido muy bella —intervino Isabelita, quien había pedido que a partir de ese día la llamaran «Isabel»—, lo que sucede es que dejó de arreglarse desde la muerte de mi t ío.
La más joven lucía un vestido rosa palo y un coqueto moño aderezado con horquillas doradas en forma de flor.
A sus dieciséis años, se había convertido en una muchacha muy linda, aunque algo tímida, lo cual agradaba a la tía Augusta, que pensaba que así no seguiría los terribles pasos de su hermana.
Bastante tenían ya en la familia con soportar la «mala fama» que Margarita había dejado tras de sí como una estela imposible de borrar.
—Y ahora el toque final. —La doncella tomó del tocador un frasco de vidrio y roció de perfume el cuello y las muñecas de las dos invitadas a la fiesta.
Enseguida un sublime olor a azahar impregn ó la estancia, como si todos los naranjos de Sevilla hubieran florecido al mismo tiempo.
***
Álvaro se perfilaba la barba frente al espejo basculante evaluándose con la mirada. Se preguntaba si la humedad abrasadora del clima cubano lo habría corroído como al hierro, o si todavía quedaba en él algo del muchacho que fue.
El mayordomo, que contemplaba con atención los movimientos de la navaja, le dijo por ené sima vez:
—Debería ayudarte.
—Ya lo haces. Pásame la toalla —respondió.
—Se supone que soy tu hombre de confianza. Tendría que arreglarte —insistió—. Es lo que hacen los lacayos.
Álvaro puso los ojos en blanco mientras se limpiaba los restos de jabón de la cara.
—Siempre me he vestido solo y eso no va a cambiar ahora. —Dejó la navaja sobre el palanganero—. Pero, si insistes, tr áeme la chaqueta.
El caballero abrió los brazos en forma de cruz y esperó a que Bartolomé cogiera la prenda del galán de noche y se la colocara.
Después, los dos se asomaron a las puertas espejadas del armario de tres cuerpos y contemplaron su reflejo.
El brillo de la botonadura de oro y de los galones con las tres estrellas de capitán le conferían a Álvaro un aire aristocrático.
—Joder, pareces un puñetero príncipe —comentó el mayordomo.
—Esa boca, señor García —lo regañó de broma.
Era el turno de las medallas. Bartolomé las fue extrayendo del estuche de madera y terciopelo una a una para despu és prendérselas en el lado izquierdo del pecho, sobre el corazón. Cuando cogió la Cruz Laureada de San Fernando, 17 silbó.
—Esta parece importante.
—Lo es. Se trata de un reconocimiento al valor heroico. —Suspiró. Los recuerdos se amalgamaban en su mente. La oscuridad de la noche. Él solo arrastrando el cuerpo de un compañero. Las voces de los mambises pidiendo la sangre de los espa ñoles—. Mejor no me preguntes cómo la conseguí.
El otro asintió.
—Se supone que gracias a ella me van a ascender a comandante —siguió Álvaro—, aunque no sé si lo merezco.
—¡Por supuesto que te lo mereces! Bastante has hecho por la patria arriesgando tu vida allende del mar. Llegarás lejos. Siempre lo supe. Incluso cuanto te vi abandonado en la tierra con la espalda cosida a latigazos.
Álvaro torció el gesto ante el funesto recuerdo. Se colocó el cinto con el sable y la tela de la chaqueta cruji ó levemente bajo sus poderosos músculos.
—Estás hecho un toro —cambió de tercio Bartolomé—. Vas a tener que dejar de hacer tanto ejercicio o reventarás las mangas.
—Cállate, anda. —Le palmeó la mejilla y cogi ó sus guantes blancos de la cómoda—. Y ahora dile a Miguel que prepare el coche, que ya voy a salir.
—Sí, mi señor.
Bartolomé hizo una exagerada genuflexión y, sin dejar de reírse, abandonó la habitación. Poco después, Álvaro cruzó la casapuerta y salió al exterior, donde su nuevo empleado lo esperaba subido al pescante de un lujoso coche de caballos.
—¡Por las barbas de San José! —clamó el joven, cuyos modales eran aún peores que los de Bartolomé—. Las vas a enamorar a todas, macho. Si te sobran mujeres, compártelas, que sigo soltero. No seas egoísta, anda.
Esta vez, el capitán no pudo evitar contagiarse por la risa. Subió al landó y se dejó caer sobre el respaldo del asiento. Quizá pudiera enamorarlas a todas, pero a él solo le interesaba una.
17 . Esta condecoración, la más preciada en el Reino de España, se le concedió al capitán Enrique de las Morenas y Fossi, chiclanero de nacimiento y uno de los «Últimos de Filipinas».