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Fue en la tertulia de los jueves, en su propia casa, donde Emilia oy ó por primera vez el nombre y el apellido de su nuevo vecino.
«Es capitán de Infantería de Marina y se llama Álvaro Alcázar», había dicho Basilisa Arroyo, la directora y maestra de la Escuela Gratuita de Niñas. Ella era siempre la primera en enterarse de todos los chismes de la ciudad.
Emilia sinti ó que la sangre huía de su rostro; el ritmo de su corazón se descompasó y se vio obligada a toser.
—¿Qué te sucede, querida? Te has puesto pálida —le dijo la maestra.
¿Cuántos «Álvaro Alcázar» había en el mundo?
¿Cuántos que caminaran como lo hacía «su» Álvaro?
¿Cuántos tenían el porte de un Espartaco?
No pod ía haber dos iguales. Tenía que ser él.
Pero ¿cómo había llegado a ser capitán? Y lo más desconcertante, ¿cómo se hab ía hecho tan rico?
La herencia del padre era lo único que lo explicaría.
—Me habrá sentado mal el chocolate —se le ocurrió decir.
—Pues como decía —siguió la mujer, que se ajustó sus pequeñas gafas redondas a la nariz—, las que lo han visto dicen que es muy apuesto y que est á soltero. Así que ya imaginaréis como están las muchachas casaderas de la ciudad: deseando conocerlo.
—Esperemos que alguien organice pronto una fiesta para invitarlo… —comentó doña Lorenza Castro, la mujer del boticario.
En el salón amarillo olía a chocolate caliente y a bizcocho recién horneado.
La temperatura era agradable, y el ambiente, distendido; sin embargo, Emilia sentía que se ahogaba.
La idea de volver a ver a Álvaro la alteraba más de lo que hubiera imaginado.
Y aún más la idea de ver a Álvaro junto a otras damas.
«Sigue soltero» , se dijo a sí misma con una mezcla de miedo y anhelo.
¿Por qué había vuelto a Chiclana? ¿Para buscarla?
Ella ya no era la misma muchacha que conoció.
Carraspeó antes de lanzar a sus cuatro contertulias una pregunta.
—¿Se sabe de dónde le viene la fortuna? Es solo un capitán, ¿no es así?
—Mis informantes no han llegado a tanto, querida —apuntó Basilisa—.
Unos dicen que el caballero pertenece a una familia importante; al fin y al cabo, Alcázar suena a apellido de alcurnia.
—Bebió de su taza de chocolate y luego se limpió los labios a toquecitos con la servilleta de encaje, haciéndose la interesante—.
Otros afirman, por el contrario, que la fortuna le cayó del cielo al recibir una herencia inesperada.
Sea como fuere, el señor Alc ázar tiene fama de espléndido y de campechano.
La señora Acadia Fernández, que se disponía a morder un trozo de bizcocho con sus dientes equinos, comentó:
—Mi sobrina Lucía se muere de ganas de que se lo presenten y no me cabe duda de que, cuando la conozca, el capitán quedará impresionado. Es una chiquilla preciosa, de buenos modales y educació n exquisita. ¿Qué más podría pedir un soltero que andará ya por sus treinta y tantos años?
A Emilia le sobrevino otro acceso de tos.
—Bueno, señoras —dijo—, ¿por qué no dejamos los cotilleos para otras damas y nos centramos en los temas de nuestra tertulia? ¿Qué nos toca hoy? ¿Literatura? ¿Política? ¿Economía?
—El jueves pasado hablamos sobre los abusos de los terratenientes —recordó Lidia, la más joven y subversiva del grupo; una fiel seguidora de Rosa Marina—.
16 Pusimos de ejemplo la matanza de manifestantes en las explotaciones mineras de Riotinto, hace unos meses.
El mundo está cambiando y no debemos permitir tantos abusos.
Quizá podrías escribir un artículo sobre ello, Emilia —la animó.
—Claro que puedo; otra cosa es que me lo publiquen. —Suspiró, resignada.
—Yo estoy de acuerdo en que los trabajadores hacen bien en luchar por sus derechos, pero creo que deberíamos apoyarlos desde la sombra y no de cara —difirió la señora Fernández—. Al fin y al cabo, nuestros padres, maridos o hijos son terratenientes. ¡Sería echarnos tierra encima!
Poco a poco, las damas regresaron a los temas políticos y literarios, pero lo hicieron de mala gana.
El chismorreo sobre el capitán Alcázar estaba demasiado fresco, y aunque se considerasen distintas a esas alcahuetas que se pasaban la vida destripando a unos y a otros con sus habladurías, nadie era capaz de resistirse a lo nuevo.
* **
La fiesta que todas anhelaban que se celebrase no tardó en llegar.
A los pocos días de su tertulia, a Emilia no le sorprendió encontrar entre la correspondencia una tarjeta de invitación al cumpleaños de doña Florentina Benavides, la condesa de las Cinco Torres.
La señora no tenía por costumbre celebrarlo, pero había cambiado convenientemente de opini ón; seguro que alentada por alguna conocida.
Emilia no albergaba duda de que invitarían al señor Alcázar.
¿Qué haría ella? ¿Acudirí a a la fiesta? No recibía demasiadas invitaciones en los últimos tiempos y le apetecía divertirse. Por otra parte, por qué negarlo, deseaba volver a ver a Álvaro. Lo deseaba tanto como lo temía.
¿Cómo reaccionarían? ¿ Qué se dirían?
La invitación era extensible a toda su familia, por lo que Emilia decidió enviarle un telegrama a la tía Prestola para que trajera a Isabelita.
Era una ocasión inmejorable para presentar a la chiquilla en sociedad y, además, así no acudiría sola a la fiesta.
Juliana se comportaba como una monja de clausura desde que se cas ó y no solía acudir a ningún evento, ya fuera porque se encontraba indispuesta ella o su marido. No podía contar con su hermana.
Si iba, ¿qué se pondría? Hacía mucho que no encargaba la confección de nuevos vestidos al modisto.
Se pasó la tarde entre el armario y el baúl.
Los vestidos de fiesta se encontraban en el fondo y el más moderno tenía casi cinco años.
Se trataba de un modelo celeste empolvado que le cosieron para el baile de compromiso de Coquito con la señorita Luisa María Moya, pero que no llegó a estrenar por el repentino fallecimiento de su padre.
Lo sacó y se lo pegó al cuerpo al tiempo que contemplaba su reflejo en el espejo de pie.
« No. Demasiado apagado y serio. Este no», se dijo, absorta en los malos recuerdos.
Y entonces, en el fondo del baúl, encontró un traje que había pertenecido a su madre y que, desde niña, le había gustado tanto que decidió conservarlo.
Era de seda rojo, muy escotado y con tirantes de perlas que caían sobre los hombros.
La falda, amplia y voluminosa, era de las que requerían uno de aquellos cancanes de amplio ruedo que resaltaban la estrechez de la cintura y manten ían a distancia a los pesados.
Estaba tan arrugado como un acordeón, y, aun así, resultaba espectacular.
«¿Rojo, Emilia? ¿No es muy pronto para el rojo?», se preguntó en la soledad de su habitación.
Una vocecilla diablesca susurró en su mente: «Tienes casi treinta años, ¿a qué vas a esperar para ponértelo? ¿A estar más arrugada que esa tela?».
Aunque nunca lo confesaría en voz alta, la parte más irracional de sí misma deseaba impresionar a su antiguo amor. Sali ó de la habitación y bajó la escalera de mármol a toda prisa mientras decía a voz en grito:
—¡Araceli! ¡Araceli! Necesito tu ayuda.
16 . Autora de la famosa obra La mujer y la sociedad , considerada el primer manifiesto español “feminista” (1857).