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Desde que se alistó en el ejército, Álvaro sentía la necesidad de realizar actividad física a diario, como si estar en buenas condiciones de salud fuera una obligación con la patria.
Por ello, cuando no sal ía a caminar o a montar a caballo, realizaba flexiones, levantaba mancuernas o se colgaba de dos anillas que había mandado instalar en el techo de su habitación.
Aprovechando que, tras el traslado, todavía no había tenido que incorporarse a su puesto, se pasó la mañana del lunes haciendo gimnasia.
Acabó sudando y sediento y le pidió a Bartolomé que le trajera una alcarraza con agua fresca.
Sin camisa y con el único adorno de su cruz de madera al cuello, abrió la puerta del balcón y se asomó.
Enseguida varias figuras llamaron su atención.
En un primer plano, una dama y una niña, cubiertas por sombrillas de encaje blanco, y, a unos pasos de ellas, un caballero joven con uno de esos atuendos a la última moda: sombrero de paja de copa recta y ala corta y traje beis a rayas. Un condenado lechuguino.
Algo en el grupo le impedía apartar la mirada y pronto averiguó qué. Las nubes encapotaron el cielo y la dama y la niña cerraron las sombrillas para caminar más cómodas.
Y entonces la vio.
Emilia.
Llevaba un sombrero también de paja, pero decorado con flores y, debajo, un moño informal del que escapaban algunos rizos castaños.
Álvaro entrecerró los ojos para apreciar su rostro.
Ya no era tan redondeado como anta ño, pero resultaba aún más hermoso si cabía, con aquellos ojos grandes y expresivos, la nariz ligeramente respingona y los labios todavía jugosos y rosados.
Maldita fuera. El bruto de Bartolomé estaba en lo cierto.
El cincel del tiempo había perfeccionado su belleza hasta volverla irresistible.
La niña se asomó al río y Emilia con ella.
Y, de pronto, aquella mano . El tipo del traje a rayas apoyó la mano en la espalda de la dama, justo en el hueco entre los omoplatos, y la deslizó despacio hasta ceñirle la cintura con aire posesivo.
Fingía mirar al río, como ellas, pero en realidad aprovechaba las circunstancias para manosearla.
¿No se suponía que Emilia seguía soltera? Era lo primero que había averiguado sobre ella. Entonces, ¿ quién era ese individuo rijoso al que de repente deseaba arrancarle de cuajo aquella mano resbaladiza?
—Aquí tienes el agua, Alvarito —anunció el mayordomo a su espalda, y al verlo con medio cuerpo desnudo y asomado al balcón, añadió—: Está saltando el viento de poniente, te vas a resfriar, hombre, que esto no es el Caribe.
Álvaro no lo escuchaba. Seguía absorto en aquella mano mientras apretaba el barandal del balcón con tanta fuerza que acabar ía por derretir el hierro forjado.
—Quién cojones ese ese imbécil —masculló.
Bartolomé se colocó a su altura.
—¿Quién?
—Ese pisaverde que le tiene la manaza puesta encima a la señorita Espinosa —se ñaló. ¿Cómo había podido vivir tanto tiempo sin saber quién se acercaba a la mujer a la que había amado? Ahora no soportaba la idea de ver a otro merodeándola, tocándola, besándola, o sabe Dios qu é cosas más.
El mayordomo aguzó la vista.
—Creo que es el señor Enrique Lara Espinosa, el cirujano.
—¿Un primo? —se sorprendió el capitán.
—Sí. Apenas aparecí a por la finca, pero yo diría que es él.
—No la toca como si fuera un puñetero primo… —rezongó.
—Los primos a veces se casan, Alvarito.
Los celos se abrieron paso a dentelladas en el estómago del militar.
—Cállate —dijo cortando esa posibilidad—. ¿Y la ni ña? ¿Quién es?
—Será una hija del señor.
Álvaro regresó a la calma. ¿Qué sentido tenía preocuparse por los pretendientes de Emilia despu és de tantos años?
A la dama le habría dado tiempo de conocer a cientos, y él, desde el otro lado del océano, poco podría haber hecho para espantarlos.
Además, siendo justos, él también se habí a relacionado con algunas mujeres en ese tiempo.
«Sí, pero solo fueron una distracción. No significaron nada», se dijo a sí mismo.
Porque, aunque le costara admitirlo, tenía la certeza de que, mientras Emilia existiera en el mundo —y aun cuando dejara de existir—, su mero recuerdo le impediría enamorarse de otra mujer.
Porque cuando un hombre como él había conocido el amor verdadero, dif ícilmente podía volver a sentirlo.
De repente, la niña lo señaló, y antes de que Emilia se volviese a mirarlo, se echó hacia atrás y quedó oculto tras las cortinas.
* **
—¡T ía Emilia! Había un hombre desnudo ahí, en ese balcón —señaló Mili.
—¿Desnudo? ¿Estás segura, cielo?
Enrique también se giró con las cejas alzadas.
Los tres habían estado contemplando a un charrán que hacía vuelos acrobáticos para atrapar a los peces que nadaban cerca de la superficie del río y solo la pequeña se había percatado de la presencia del individuo en el balcón.
—Bueno… no tenía camisa —concret ó la niña, que había visto a su padre sin ella en alguna ocasión. Sin embargo, nunca había contemplado un torso con una musculatura tan definida como la de aquel caballero.
—¿Quién vive ahí? —quiso saber Enrique—. ¿Es ese el nuevo vecino?
Emilia vacil ó.
—Sí, pero no sabemos quién es. Dicen que es un capitán español venido de Cuba.
El patriarca de los Espinosa negó repetidamente con la cabeza.
—Se le habrán pegado las costumbres de los indígenas — aventuró—. He oído que los cubanos se pasan el día desnudos, y tienen fama de ser ligeros de cascos.
—¿Qué significa ser «ligero de cascos»? —quiso saber Mili.
Su padre, de pronto consciente de su presencia, dijo:
—Nada que deba saber una niña de ocho años. Olvidemos el asunto.
Cruzaron la pasarela de madera y alcanzaron la esplendorosa Alameda de la Vera del Rí o, una zona ajardinada con bancos de lozas de Algeciras desde los que se podía contemplar, de un lado, el curso del agua, y del otro, los carruajes que pasaban por la vía principal.
En los últimos tiempos, La Alameda se había convertido en el lugar favorito de los solteros, donde paseaban y se lucían tanto los mozos como las mozas en busca de pareja.
A Mili, en cambio, lo que le gustaba de aquella explanada eran los barquillos de canela del puesto ambulante.
Enrique compró un par y las dos damas se los fueron comiendo a mordisquitos por el camino.
Pasearon por las calles del centro: de la Vega, Risso, Hormaza.
La niña los hizo subir hasta la ermita de Santa Ana y, desde lo alto, contemplaron toda la bahía de Cá diz y los campos y las arboledas que quedaban a sus pies.
En días despejados como aquel, se distinguía perfectamente el castillo de Sancti Petri, la vecina ciudad de San Fernando, Cádiz, Medina Sidonia y los montes de la sierra gaditana.
—¿Fue aquí donde los soldados de Napoleón colocaron sus cañones, tía Emilia? —preguntó la niña, a quien la escritora le hab ía contado la historia de la ocupación francesa de Chiclana en más de una ocasión.
—Así es —contestó la dama—. El cerro siempre ha sido un lugar estratégico.
—No pensemos más en esos tiempos —las cortó Enrique—, por fortuna, todo eso ya pasó y España es de los españoles.
—Para bien y para mal —puntualizó Emilia, y él la observó con suspicacia.
El sol del mediodía apretaba cuando los tres iniciaron el descenso del cerro para regresar al palacete.
Emilia se preguntó có mo había podido cabalgar su primo con aquel traje de chaqueta tan elegante, pero que parecía tan incómodo.
Aunque, se dijo, después de todo, las mujeres lo hacían con corsé y polisón.