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Tía y sobrina se levantaron temprano y tomaron el desayuno favorito de Mili en primavera: fresas anegadas en un mar de nata y azúcar. Los frutos acababan de llegar, directos de la huerta chiclanera y tenían un aspecto rojo brillante y un sabor dulce que les embriagaba el paladar.
Las criadas eventuales que Francisca había contratado llevaban ya un buen rato limpiando el polvo de las lámparas, moviendo muebles, sacando brillo a la plata, sacudiendo las alfombras y fregando los suelos.
Así, de la noche a la mañana, el palacete se sentía lleno de vida.
Adem ás, la compañía de la niña y la luz del sol que se colaba por los ventanales que daban al jardín pusieron a Emilia de muy buen humor.
La negativa del Diario de Cádiz a publicar su último artículo había quedado en el m ás oscuro de los rincones de su mente y ni se acordaba ya.
—¿En serio, tía? ¿Hay señores que duermen con un molde en el bigote?
—¡Pues claro! Igual que muchas mujeres duermen con un gorrito para que no se les aplasten los tirabuzones. Yo solía colocarme lazos de tela cuando era jovencita.
Las dos Emilias se reían a carcajadas cuando Enrique entró en el comedor. Había venido solo, a caballo y más temprano de lo que esperaban. Vestí a un flamante traje de chaqueta a rayas y un sombrero canotier con el que parecía salido del último número de una revista de moda.
—Buenos días, mis bellas dríades —dijo muy sonriente, y besó las mejillas de una y de otra—. ¿Se puede saber qu é visita esperamos? ¿Va a venir la reina María Cristina en persona? —bromeó.
El caballero tomó asiento junto a ellas, le dio el sombrero a la doncella que había entrado tras él y robó una fresa del frutero.
—¡Cómo va a venir la reina, padre! —se mof ó la niña, que aprovechó para servirse más nata de la fuente de cristal—. Todo esto es por el nuevo vecino de la calle. Se lo he oído decir a la tía Emilia. ¿Verdad, tía?
Enrique alzó las cejas, que relucieron como el oro viejo bajo la luz del sol.
—¿Todo este revuelo por un vecino nuevo? Voy a tener que averiguar qui én es ese caballero a quien mi prima quiere impresionar. —Quiso que sonara a chanza, pero no lo consiguió.
—La idea de la limpieza a fondo es cosa de Paca —aclaró Emilia—. Y, en realidad, hacía falta. La casa estaba bastante abandonada. «Casi tanto como yo», pensó.
Enrique asintió, pero su rostro contraído reflejó una inquietud repentina. Se comió otra fresa de un solo bocado.
—¿Desea el señor que le sirva el desayuno? —preguntó la doncella, que había esperado pacientemente para poder hablar.
—Sí, un café solo, por favor —pidió él.
Mientras terminaban de desayunar, Enrique les habló de su madre, de la tía Prestola, del t ío Avelino y de Isabelita, que ya era toda una muchachita a la que pronto presentarían en sociedad.
Un rato más tarde, Mili fue con Francisca al cuarto de costura para que le cosiera un botón de la manga y los primos se quedaron a solas.
El silencio se instauró entre ellos durante unos instantes.
Ya ni siquiera se oía de fondo el alegre canto del canario y solo una jaula vacía atestiguaba su existencia.
—Y, cuéntame, ¿c ómo van tus tertulias, prima? —quiso saber el médico. Se llevó la mano bajo la nariz para atusarse el bigote y, de pronto, recordó que ya no tenía—. ¿Acuden muchas cacatúas a tus reuniones de los jueves?
Emilia se tragó una sonrisa y negó con la cabeza.
—Algunas… —reconoció—. En Chiclana estos asuntos cuestan m ás que en Cádiz capital.
No somos muchas, pero lo pasamos muy bien charlando sobre literatura, política y sociedad.
Los maridos de algunas creen que hablamos sobre telas, bordados y peinados, pero nada más lejos de la realidad.
Para eso ya existen otro tipo de encuentros.
—Lo sé. Siempre has sido muy diferente a las demás. Desde que eras niña preferías escuchar las conversaciones de los caballeros a las de las damas. Más de una vez te pill é espiando tras la puerta del salón azul.
—Y más de una vez me delataste —le reprochó medio en broma medio en serio—. Pero los tiempos están cambiando y, por fortuna, puedo tratar todas esas cuestiones en mis tertulias.
Enrique alargó una mano para tocar la suya, que reposaba sobre la mesa junto a la servilleta de encaje.
—A veces pienso que esta ciudad se ha perdido a una gran alcaldesa —dijo antes de guiñarle un ojo.
Ella sacó la mano de debajo de la del médico y le dio una palmada en el brazo.
—¡No te burles! —exclamó .
La relación entre los primos había mejorado en los últimos años y casi habían vuelto a ser los de antes, pero cuando Emilia lo tocaba y él se quedaba mirándola con ojos de cordero degollado, se reprendía a sí misma y se recordaba que debí a mantener las distancias.
—No me burlo, Emilia —contestó, turbado—. Lo digo con total convencimiento. Lástima que el mundo sea… bueno, el que es —terminó, como si él tampoco tuviera interés en cambiarlo.
La dama carraspeó y cambió de tema.
—¿Y tú cómo estás? Me dijo tu esposa que agotado de tanto trabajar. Supongo que te has convertido en alguien muy importante para la alta sociedad sevillana.
Él chasqueó la lengua.
—Más que cansado, estoy asqueado, Emilia. El trabajo en la consulta no es lo que había imaginado. Todas esas señoronas me tienen bastante harto. No era el futuro que deseaba cuando estudiaba la carrera. Debí ingresar en el ejército y hacer carrera militar. Necesito acción.
—¿Te parece poca acció n cuidar de tres niñas? —comentó ella para quitarle hierro al asunto.
Él sonrió, pero la sonrisa no le llegó a los ojos.
—Las niñas son lo de menos. Lo que me cansa es su madre. Es egocéntrica, vaga y quejica. —Suspiró.
Emilia se sintió incó moda ante la confesión. Enrique nunca se había expresado en esos términos delante de ella y le apenaba comprobar el hartazgo en sus palabras.
—Primo, por Dios. No hables así de tu esposa.
—Es la verdad.
Mili y Francisca regresaron del cuarto de la costura y la niña le rogó a su padre pasear un rato por el centro del pueblo.
Enrique accedió, a pesar de que le había prometido a Gertrudis que no se demorarían demasiado.
De hecho, la idea de retrasar el regreso a casa lo agradaba.
Aun así , le ordenó a Pascual que tuviese listo el carruaje a su vuelta.
Un rato después, los tres atravesaron la casapuerta en dirección al exterior.
Emilia, que todavía se sentía rara usando colores claros, lucía un vestido azul cerúleo, y tanto ella como la niña, se protegían del sol con sombrillas de encaje.
El mé dico las seguía muy de cerca con su sombrero de gondolero.