Tierra de vino y sal 47
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Después de pasarse la tarde regando y trasplantando flores del invernadero, Emilia y su sobrina cenaron algo ligero, se asearon y se pusieron las ropas de dormir.

La niña se había venido sin equipaje, por lo que Emilia tuvo que prestarle uno de sus camisones más pequeños.

Apenas eran las nueve de la noche y ya se hab ían acostado juntas en la cama con dosel.

—Y entonces, Rosalba se tomó la pócima que la bruja le había dado y se convirtió en una mujer común. Así se pudo casar con Martín y vivir con él en la ciudad.

La niña hab ía insistido en que su tía terminara el cuento solo para ella, y a Emilia no le había quedado más remedio que inventar un final feliz. O eso creía ella, que era un final feliz. Su sobrina le hizo ver lo contrario.

—Pero tía… Es triste.

—¿Por qué, cariño? ¿No querías que la dr íade y el muchacho estuvieran juntos?

—Sí… pero no así. ¿Por qué ha tenido que renunciar ella a lo que es? Él se enamoró porque era una dríade y al final, Rosalba se ha tenido que sacrificar. No me parece justo.

Emilia se sorprendió ante la madurez de su sobrina.

—Tienes razón, Mili. Pero ¿qué podían hacer? Venían de mundos muy diferentes y uno de los dos debía sacrificarse por el otro.

La niña se quedó pensando.

—¿El amor es sacrificio? —preguntó—. Es lo que dice siempre el p árroco de nuestra iglesia de Sevilla.

La mayor sonrió y le pellizcó la mejilla con cariño.

—Eres una muchachita demasiado inteligente para la sociedad en la que nos ha tocado vivir a las mujeres —le dijo con una punzada de melancolía—.

Mi opinión es que no. El amor no es sacrificio.

El amor debería ser… fácil. —Se hizo el silencio unos segundos—.

Y ahora vamos a dormir, que tu padre vendr á a por ti mañana temprano.

Emilia se disponía a apagar el quinqué de la mesilla de noche cuando las palabras de su sobrina la hicieron detenerse.

—¿Sabes, tía? Cuando estamos en Sevilla, mi padre habla de ti a todas horas —comentó.

—¿En serio? ¿Y qué dice? — La dama se giró hacia ella con una sonrisa divertida—. ¿Que soy muy pesada con mis cuentos y que os lleno la cabeza de ideas absurdas?

—No. Dice que eres talentosa, virtuosa y la más bella de Cádiz. Creo que mi madre siente celos de ti y que por eso me odia a mí: porque me llamo como tú.

Emilia cambió su expresión divertida por una preocupada.

—Tu madre no te odia, cielo. No digas eso nunca más —le dijo acariciá ndole el cabello—. Es solo que… bueno, eres su hija mayor y quiere que te comportes bien y des ejemplo a tus hermanas.

La pequeña Mili negó con la cabeza y sus trenzas se movieron al compás.

—Si te cuento algo, ¿me guardarás el secreto?

De repente, Emilia sintió temor de lo que la niña pudiera decirle, pero no le quedó m ás remedio que aceptar.

—Claro que sí, tesoro.

—Tía Emilia es que yo… yo creo que mi padre está enamorado de ti.

Emilia soltó una carcajada nerviosa.

—No digas tonterías, Mili. Nos llevamos muy bien porque somos como hermanos. ¿Tu madre te ha dicho eso?

—No. Es algo que he pensado yo, aquí, dentro de mi cabeza —dijo señal ándose la sien—. He visto cómo te mira. A mi madre… A mi madre no la mira así. Se pasan la vida discutiendo. Estoy muy cansada. Ojalá tú fueras mi madre.

Emilia la abrazó con ternura y la besó en la frente repetidas veces.

—A mí me encantaría tener una hija como tú —admiti ó—, pero a lo mejor tendría que regañarte, como hace tu madre.

Las madres riñen a sus hijos para educarlos, para que sean personas de bien.

No la juzgues tan duramente. Además, todos los matrimonios discuten.

Es lo normal. Pero no tiene nada que ver contigo. No es tu culpa, ¿me has entendido?

—Sí, tía —concedió la niñ a, que le colocó la cabeza en el hombro.

—Y ahora, vamos a dormir.

Mili se recostó sobre la almohada, Emilia apagó el quinqué y las dos se acomodaron una junto a la otra. Cogidas de la mano, cerraron los ojos y empezaron a rezar un padrenuestro.

—¿Sabes, tía? —interrumpió la pequeña—. Mi padre tiene todos tus libros.

Emilia rio con suavidad.

— ¿Todos? ¿A qué te refieres, cielo? Yo solo he publicado una novela.

La niña no respondió y poco después cayó en un profundo sueño. Su respiración sosegada inundó la habitación; Emilia, sin embargo, no lograba relajarse.

¿ Qué había querido decir con eso de que su padre tenía «todos» sus libros?

Sin duda, la chiquilla la había confundido con otra autora más prolífica.

Por lo que sabía, Enrique habí a comprado su novela —puesto que él mismo se lo había dicho—, pero estaba segura de que lo había hecho por puro compromiso y de que ni siquiera la había leído.

Después de todo, sus textos siempre le parecieron «extravagancias», como solía decirle.