Tierra de vino y sal 46
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—¿C ómo? ¿Qué ha estado aquí la señorita Espinosa? ¿Y me lo dices ahora, Bartolomé? ¿Cuál de ellas? ¡Habla, hombre!

—Disculpe, señor, pensaba que primero le apetecería comer algo. ¡Se fue tan temprano, y sin desayunar!

El amo de la casa negó con la cabeza.

—No tienes que llamarse señor si no hay nadie delante, Bartolom é. Y tampoco hace falta que me trates de usted ; te lo he dicho muchas veces. ¿O es que no somos amigos? —El mayordomo asintió y él le hizo un gesto con la mano, invitándolo a hablar—. Venga, cuéntamelo todo.

—Serían las once de la mañana cuando llamaron a la puerta dos señ oras. Una mayor y otra joven. Una vestida de negro y otra de gris. La más joven dijo que se llamaba Emilia Espinosa. —El corazón del señor de la casa se aceleró ante el sonido de aquel nombre—. La otra era su ama de llaves… Una tal…

—Francisca.

—Sí, eso. Francisca Gómez. Le trajeron una botella de vino y un bizcocho y la señorita le dejó esto. —El empleado extrajo entonces la tarjeta del bolsillo interior de su chaqueta y se la ofreció.

El caballero casi se la arrancó de las manos.

Sobre un papel de concha teñido de celeste pastel y enmarcado por grecas, se leía en letras rizadas:

Emilia Espinosa de los Monteros y Robles

e.p.

Otra vez el corazón del nuevo vecino se desbocó en el interior de su pecho. Las manos le sudaban. Trag ó saliva. «Deja de comportarte como un idiota», se regañó a sí mismo.

—¿Qué significa «e. p.»? —preguntó sin poder disimular su ansiedad.

—«En persona ». Eso fue lo que dijo ella.

El señor paseó las yemas de los dedos por encima del nombre que la señorita había escrito de su puño y letra y una súbita nostalgia se apoderó de él.

—¿Có mo la viste? Me refiero a si… no sé…

—Muy hermosa —contestó el otro, que sabía a lo que se refería su amo—. Como si el tiempo hubiera perfeccionado sus rasgos.

—Joder. Pues sí que debía de estar hermosa para hacerte a ti poeta.

Los dos rieron. El señor seguía sosteniendo la tarjeta entre sus manos y el sudor estaba empezando a arrugarla.

—Maldita sea, Bartolomé , vengo de un sitio en el que he sido un salvaje y se espera de mí que sea un caballero. ¿Cómo se supone que tengo que responder a esto?

—Creo… creo que tienes que devolverle la visita.

«¿Devolverle la visita? No puedo. No puedo verla todavía», se dijo con las pupilas dilatadas.

—Es demasiado pronto. Todavía no quiero que sepa quién soy. ¿Crees que te reconoció ?

El mayordomo, cansado de estar de pie, retiró una de las sillas de la mesa y se sentó de cualquier manera junto a su señor. Incapaz de mantener la fachada de sirviente ejemplar por mucho más tiempo, se retiró los guantes de las manos sudorosas.

—No creo, Alvarito. A mí nunca me prestó mucha atención y hace muchos años que no trabajo en la finca. Desde que… bueno… desde que te recog í medio muerto en el camino.

Álvaro, todavía pensativo, lo miró con una ceja alzada.

—¿Pasas de llamarme «señor» a decirme «Alvarito»? Un término medio, hombre — intentó bromear.

—Para mí siempre serás Alvarito, así te vistas de oro y púrpura —dijo el otro.

El caballero posó la mano en el hombro de su amigo y rieron. Algunas cosas no cambiaban nunca.

* **

Álvaro se dirigi ó a su despacho todavía con la tarjeta entre los dedos.

Le había arruinado las esquinas de tanto sostenerla.

Sacó una llave diminuta de un pequeño cofre y abrió un cajón de su escritorio de nogal de estilo inglés.

Oculta bajo una decena de documentos tenía una fotografía en la que se ve ía a una muchacha de unos veinte años de rostro ovalado, tirabuzones oscuros y ojos grandes y expresivos.

Por detrás se leía en letras impresas: «Rafael Rocafull.

Cádiz. Calle Ancha, n.º 24» y, debajo, había un breve mensaje escrito a pluma y tinta, que rezaba:

Para Álvaro, con todo mi amor,

Emilia.

Comparó la letra de la tarjeta con la de la fotografía y comprobó que pertenecían a la misma persona.

«Emilia».

La misma cuyos rasgos había desgastado de tanto mirar. La misma cuyo recuerdo lo había aferrado a la vida cuando habí a estado a punto de morir. La misma que le había roto el corazón en mil pedazos, hacía ya casi una década.

¿A qué sabrían sus labios ahora? ¿A qué olerí an su cabello y su cuello?

¿Qué sentiría al estrecharla entre sus brazos?

Tal vez nunca volviera a estar tan cerca de ella como para responder a estas preguntas.

Y, sin embargo, una breve llama de esperanza había prendido en él cuando se enteró de que no se había casado.

¿Y si no lo había olvidado, despué s de todo?

«Estúpido. Eres un estúpido», se fustigaba. Porque solo un estúpido pensaría tantas estupideces.

Por eso no podía verla. Aún no.

Tenía que construirse una coraza. Solo as í estaría a salvo.

Guardó la tarjeta junto a la foto en el mismo cajón y lo cerró con llave como si con ello cerrara también su corazón. Se asomó a la ventana. Desde allí pod ía ver el río y se preguntó si ella estaría mirando sus aguas plateadas en ese mismo momento.

Todo estaba saliendo según lo planeado. Con dinero, nada se interpondría entre él y sus objetivos.

Había comprado un espléndido palacete, muebles de alta calidad y ahora convertiría a sus amigos de anta ño en sus empleados de confianza.

Todavía tenía que buscar a Miguel. Y traerse a sus tíos de Medina, por supuesto.

Menos mal que la indisposición de su tío Román de aquella mañana fue solo eso, una indisposición.

El infarto de la ú ltima vez casi le arrancó la vida y no estaba dispuesto a permitir que el Altísimo se lo llevara tan pronto.

No ahora que por fin le podía devolver todo lo que había hecho por él. Le buscaría a los mejores médicos.

Se acercó a la librería, apart ó una decena de libros pesados y, con otra llave que llevaba siempre encima, abrió la caja de caudales oculta en la pared.

En el interior se amontonaban los fajos de billetes y eso no era nada en comparación con todo lo que tenía repartido en diferentes bancos: más fajos de billetes, lingotes de oro, acciones en la Bolsa de Madrid, documentos acreditativos de propiedades aquí y allende del mar.

Jamás había soñado con ser tan rico y solo se le ocurría una forma de emplear su dinero: ayudando a quienes se hab ían portado bien con él cuando no era nadie.

Para los demás, solo quedaba la venganza.