Tierra de vino y sal 45 #3
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—¡Padre, por favor! ¿Podemos seguir paseando con la tía? —intervino Mili, aburrida con la conversación de los mayores—. Tiene que contarnos el final del cuento.

—Debemos regresar, mi ni ña. Vuestra madre estará cansada —dijo él con resignación— y todavía tenemos que ir hasta Cádiz. Venga, vamos.

Caminaron de vuelta todos juntos. Las mujeres delante y los hombres detrás, tirando de los caballos y conversando.

Desde el sendero se divisaban los edificios de la cercana colonia vitícola de Campano e, inevitablemente, Emilia se acordó de aquellos días de 1883, cuando el jerezano Manuel José Bertemati, que había comprado la dehesa colindante, se paseaba de un lado a otro en compañía de su ingeniero agrónomo.

«No me gusta ese tipo», decía por entonces don Diego Saucedo.

«Ha venido a hacernos la competencia y tiene má s ganas y más medios».

Y, en efecto, el jerezano en poco tiempo había desecado las charcas infecciosas, transformado las tierras baldías en tierras de cultivo, sembrado sus propios eucaliptos, creado cauces, desagües e incluso comprado dos modernas máquinas de arado que funcionaban a vapor.

Su nombre apareció en el periódico El Guadalete y se convirtió en uno de los empresarios vinateros más aclamados, mientras que los Espinosa, año tras año, perdían no solo beneficios sino también fama.

El imperio de don Bernardo I se desmoronaba a pasos agigantados sin que sus descendientes hicieran nada para evitarlo y Emilia se sentía culpable.

«Qué buena familia, los Bertemati», comentaba a menudo su tía Augusta en las reuniones familiares.

«Un linaje de nobles, terratenientes y altos cargos políticos que ha sabido no solo preservar, sino aumentar su patrimonio.

Tengo entendido que don Manuel está casado con su prima Francisca», dejaba caer como por casualidad.

«Un gran enlace, sin duda. Así no se repartirán los bienes».

Y sí, los chismes de la alta sociedad afirmaban que el marqués de Bertemati se hab ía casado con su prima, para lo que había necesitado de una dispensa matrimonial.

La familia, de hecho, ya venía siendo un grupo endogámico desde varias generaciones atrás, pues los unos se casaban con los otros y la fortuna nunca se dividía.

A Emilia todo aquello le parecía digno de estudio, porque, a su juicio, el ser humano estaba hecho para mezclarse con los que eran distintos, y así fortalecerse, y aquellas relaciones consanguíneas solo tra ían enfermedades.

Llegaron a la casa de campo a la hora del almuerzo.

A Enrique y su familia se les había hecho demasiado tarde como para viajar a Cádiz, por lo que decidieron quedarse en la finca a almorzar, y a Emilia —que había pensado en comer algo de pan y queso a la sombra de una higuera— no le quedó más remedio que unirse a ellos.

Las empleadas enseguida fraguaron un caldo y unas berenjenas rebozadas con miel y las sirvieron poco después.

Comieron todos sentados a la gran mesa de roble rodeados de cornamentas de toros disecados, cráneos de ciervos y tapices que representaban escenas de caza.

Las niñas no dejaban de pelearse y la Condesita siempre rega ñaba a Mili, como si por ser la mayor, o tal vez por llamarse así, tuviera la culpa de todo.

—Cuando llegues a casa de tu abuela Augusta estarás castigada toda la tarde —sentenció.

—¡No es justo! —se defendió la chiquilla—. ¡Yo no tengo la culpa de que Clarita haya derramado el caldo! ¿Verdad que no, tía Emilia?

Esta asintió, d ándole la razón.

—Ha sido Gertrudis quien le ha quitado la cuchara a Mili —dijo después, ganándose una mirada helada por parte de la esposa de su primo.

—Emilia, querida, será mejor que no intervengas.

Otra vez esa sonrisa envenenada. Emilia preferiría mil veces su odio a esa falsa amistad que le ofrecía, pero nada podía hacer al respecto. Enrique, por su parte, negaba con la cabeza, asqueado.

Terminaron el almuerzo y la familia se preparó para subirse a la berlina. Mili insistió tanto en pasar la noche con su t ía Emilia en el palacete de Chiclana, que a sus padres no les quedó más remedio que aceptar.

—Espero que no sea ninguna molestia —le dijo Enrique a Emilia cuando su esposa, la institutriz y sus dos hijas menores ya habían ocupado sus respectivos asientos en el coche de caballos.

—Por favor, Enrique, Mili jamás sería una molestia para mí —le contestó con sinceridad—. Ya sabes que la adoro.

Él se quedó observándola con esa expresi ón bobalicona que Emilia conocía tan bien, y no pudo evitar ruborizarse y apartar la mirada.

—Sí, lo sé —reconoció él—. Y ella te adora a ti. —Le tomó las manos y depositó un beso suave en su mejilla—. Mañana a primera hora iré a recogerla. Que paséis una buena tarde y durm áis bien, Emilia.

—Hasta mañana, Enrique. Que tengáis un buen viaje.

Los cuatro caballos se pusieron en movimiento y las más pequeñas dijeron adiós con las manos desde las ventanillas. Emilia abrazó a su tocaya y la besó en la frente. Puede que se le hubiera dado bien eso de ser madre.