Tierra de vino y sal 45 #2
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A la menor le siguieron la mediana, llamada Gertrudis como su madre —de seis años— y, por último, la mayor, su tocaya Emilia —de ocho—.

Cada vez que la escritora veía a la primogénita de Enrique se le encogía el corazón.

¿La habría llamado así por ella? La esposa de su primo le había referido en más de una ocasión que fue su marido quien eligió el nombre.

Emilia se acordaba entonces del ya difunto rey Alfonso XII, que bautizó a la primera hija que tuvo con doña Marí a Cristina de Habsburgo con el nombre de María de las Mercedes: su primera esposa y su único y gran amor.

¿Y si precisamente por eso la Condesita se empeñaba en dirigirse a su hija como «Mili» para distinguir a una de otra?

—Hola, niñas, ¡qué sorpresa! —dijo, y las abrazó y bes ó a las tres.

Adoraba a sus sobrinas segundas, pero su madre era otro cantar—.

Buenas tardes, Gertrudis —saludó a la dama, quien le devolvió una sonrisa impostada.

Finalmente hizo lo propio con madame Lini, que le contestó con un escueto « Bonjour »—.

No esperaba veros por aquí. ¿Cómo es que no hab éis ido al palacete?

—Llegamos anoche muy tarde y nos quedamos a dormir aquí. A mi marido le apetecía madrugar para montar a caballo —contestó la señora, como si Enrique fuera un extraño para Emilia—. Cuando vuelva de su paseo nos iremos directamente a Cádiz.

Enrique, que vivía en Sevilla, donde trabajaba como médico reputado, solí a venir una vez al mes a Chiclana —unas veces solo y otras acompañado de su esposa e hijas— para supervisar el estado de las cuentas de la casa, pasear por la finca, visitar el palacete y, en definitiva, para dejarse ver como cabeza de familia.

Casi siempre acudía los viernes o los sábados y los domingos se los pasaba de regreso a la ciudad del Guadalquivir, por eso a Emilia le había extrañado la visita de aquel día.

—¿A Cádiz? ¿Hoy?

—S í. Mi marido se va a tomar unos días de asueto. El trabajo en la ciudad lo tiene agotado —explicó la Condesita.

Emilia asintió.

—Madre, ¿podemos ir a dar un paseo con la tía? —preguntó la mayor de las niñas—. ¡Por favor por favor por favor!

La mujer volvi ó a sonreír con aquella mueca asqueada.

—Está bien, pero no os alejéis mucho. Vuestro padre tiene que estar al llegar.

Emilia salió de la casa de la mano de las dos más pequeñas, mientras que la mayor las seguía muy de cerca.

Dejaron atrás el enorme viñ edo y la antigua casa del administrador, que ahora ocupaba el capataz.

En los últimos años y desde que Diego Saucedo dejara su trabajo por otro mejor pagado, era Juan Morales el que se encargaba de todo, pues insistía en que había aprendido a llevar las cuentas.

Y, sin embargo, a Emilia ese tipo sudoroso nunca le había inspirado confianza.

Enrique, no obstante, le encomendaba todo el grueso del trabajo y nunca había relacionado la constante falta de beneficios a su mala gestión.

—Tía Emilia, ¿por qué no nos cuentas una de tus historias fantásticas? —le pidió Gertrudis, sacándola de sus oscuros pensamientos.

—Claro. Veamos… —improvisó la dama—. Érase una vez un hada que se llamaba…

Rosalía… no, Rosalba. Sí, eso es. Se llamaba Rosalba porque tenía los labios rosados y el cabello tan blanco como la espuma de mar.

Vivía en el tronco de un abeto porque era un hada de tipo dríade, es decir, un hada cuya vida estaba ligada a la vida del árbol…

Caminaron largo rato inmersas en las palabras de Emilia, que las hechizaba al hablarles de mundos maravillosos que coexistían con el mundo ordinario sin que nadie se percatara de ello.

El ambiente primaveral impregnaba el aire del olor de las flores que abrían sus pétalos al sol —peonías, acacias, clavelinas, margaritas—; los ruiseñ ores cantaban en las ramas; las abejas zumbaban.

Sin que la escritora fuera consciente de ello, un romance se fue abriendo paso en el relato y las niñas se entusiasmaron todavía más.

—Martín estaba perdidamente enamorado de Rosalba, pero sabía que su amor era imposible. ¿Cómo iban una dríade y un hombre a casarse? ¿ Dónde vivirían si lo hicieran? La mujer del bosque jamás podría apartarse del abeto; de lo contrario, moriría.

Emilia se había sentado en un tronco caído con una amapola sobre la oreja derecha y las tres niñas, con sus respectivas flores adornándole s el cabello, la miraban embobadas desde la hierba.

Clarita hacía un buen rato que le había devuelto la muñeca de porcelana a su hermana mayor, harta de cargar con ella, y Mili la apretaba entre sus brazos mientras escuchaba compungida.

La magia las rodeaba de tal manera que parecía que a su alrededor aleteaban mariposas iridiscentes que dejaban un rastro satinado.

—¿Y por qué Rosalba no le hizo un hueco a Martín en el tronco del árbol? A lo mejor había sitio para los dos…

Emilia fue a contestar, pero no pudo terminar su cuento. De repente, se oyeron los cascos de dos caballos acercá ndose y las mariposas mágicas desaparecieron con un «¡plof!», como pompas de jabón al explotar.

En el primero de los corceles venía Enrique, que sonrió en cuanto divisó a sus hijas en tan agradable compañía, y en el segundo llegaba Juan Morales, resollando sobre su montura.

Enrique se apeó del animal con soltura. A sus treinta y tres añ os, se encontraba en plena forma física. Estaba en mangas de camisa y se había afeitado el bigote, lo que lo hacía parecer más joven.

Las niñas corrieron hacia él.

—¡Padre! ¡Padre! —dijo la menor—. ¡La tía Emilia nos estaba contando un cuento!

—Eso es estupendo. —Las abrazó con una sonrisa—. Divisé a un grupo de princesas desde lo alto de Relámpago y he tenido que detenerme a saludarlas.

—¡No somos princesas, somos dríades! —lo corrigió Gertrudis.

Las tres niñas se colgaron de sus brazos y Enrique caminó a trompicones hacia Emilia. Con el cabello revuelto por la cabalgada y sin el aceite de macasar con el que sol ía peinarlo hacia atrás, se veía más informal y espontáneo que de costumbre.

—Mi querida prima —dijo justo antes de besarle la mano—. Ilústrame. ¿Qué se supone que es una dríade?

—Una mujer del bosque — respondió ella, riéndose.

—Ah, comprendo. Pues entonces siempre hemos tenido a una de ellas en la familia.

La dama no pudo evitar sonrojarse y agachar la mirada. Cuando alzó los ojos, vio a Enrique demasiado cerca. No le había bastado con el primer saludo y se había acercado a besarle las mejillas. Emilia le correspondió a destiempo y sus labios casi se tocaron.

Se apartó de él dando un paso hacia atrás.

Enrique recolocó la flor sobre la oreja de Emilia sin importarle que sus ojos se volvieran vidriosos. Con la primavera en plenitud y las flores esparciendo el polen en todas direcciones, debía de pasarlo bastante mal, pero en ese instante sonreía como si fuera el hombre más feliz del mundo.

—Te favorece el color gris —dijo con voz nasal al tiempo que repasaba el atuendo de su prima con la mirada—. Me alegro de que por fin te hayas quitado el luto.

—Y a ti te favorece la ausencia de bigote —reconoció ella—. Me alegro de que por fin te lo hayas afeitado; aunque se te está hinchando la nariz…

—El polen y las malditas gramíneas —admitió.

Volvieron a reí rse como cuando eran niños y bromeaban sin parar hasta que la tía Augusta los regañaba. Sin embargo, un súbito carraspeo los devolvió a la realidad. No habían reparado en la presencia del capataz hasta ese momento.

—Señorita Espinosa, ¿có mo está usted? —la saludó ofreciéndole su mano enorme de dedos como morcillas—. Hacía tiempo que no la veía por aquí.

—Bien, gracias —respondió ella secamente.

—Le estaba diciendo al señor que este a ño se espera una buena cosecha de uva. Verá usted cómo la finca sale adelante y crecen los beneficios.

—Eso espero, señor Morales —apuntó—. Porque de seguir con pérdidas, tendremos que plantearnos medidas más drásticas. «Como despedirlo a usted y contratar a alguien má s competente», pensó, aunque no lo verbalizó.

Enrique le lanzó una mirada que encerraba una sonrisa velada.

—Yo lo que espero es que no llegue aquí esa plaga de filoxera que tanto daño ha causado a las cosechas francesas —comentó Enrique—. Tengo entendido que también la han sufrido en Málaga.

—No se preocupe, señ or. El Marco de Jerez ha quedado al margen, lo que incluye a Chiclana —lo tranquilizó—. Es más, aquí nos ha beneficiado el ataque del bicho y algunos como los Domeq y los Osborne están amasando grandes fortunas. ¿Por qué no los Espinosa?